#COLUMNASIMONETTI generaciones sacrificar a una generación

¿ES MORALMENTE ADMISIBLE SACRIFICAR A UNA GENERACIÓN ?

PROGRAMA LIBERTARIO

“¿Dónde hay un mango viejo Gómez, que los financistas, ni los periodistas, ni perros, ni gatos, noticias, ni datos de su paradero, no me saben dar?”

“Dónde hay un mango”, tango de Cannaro y Pelay (1933)

***El presidente Milei mide en décadas el tiempo en que su programa económico dará resultados. Incompatible con la vida del ser humano. En el mientras tanto, “el mayor ajuste del mundo” está destrozando la economía doméstica de toda una generación, que pierde cada vez más poder de compra, endeudándose hasta para comprar alimentos. La mora deudora crece y no se vislumbran caminos de reactivación. Los índices macroeconómicos no están dando de comer.

                   Hay una pregunta que debería estar en el centro de cualquier discusión económica, mucho más allá de los déficits, la inflación o las tasas de crecimiento: ¿es moralmente admisible que un gobierno someta a quienes viven hoy a un deterioro de sus condiciones de vida con la promesa de que las generaciones futuras vivirán mejor?

                   El interrogante adquiere particular actualidad en la Argentina de Javier Milei, que está alcanzando los tres años de gobierno con un pobre resultado en la economía doméstica. Pocas veces, como ahora, se nota en la calle, en los locales desocupados, en los comercios vacíos de compradores, la “mishiadura”.

                   Desde el inicio de su mandato, el presidente argentino fue pródigo en hacer vaticinios de mejora que se miden en décadas.

                   “En 35 años Argentina podría ser una potencia mundial”, “en 20 años podemos ser como Alemania”, “se necesitan tres décadas de estabilidad para erradicar la pobreza”, entre otras afirmaciones similares pronunciadas por el primer mandatario, muestran que su programa de gobierno no se evalúa en los tiempos de vida concretos de la población actual. Además, se trata de promesas cuya verificación excede los plazos razonables de evaluación política.

“Una democracia puede comprometer una parte de su presente para construir un futuro mejor. Lo que no debería hacer es sacrificar el presente entero en nombre de una promesa”

                                       Quienes tienen 70 años hoy probablemente no estarán para comprobar una promesa a cuarenta años. Quienes tienen 40 tendrán 80. Quienes tienen 20 tendrán 60. Y quienes todavía no nacieron serán, eventualmente, los principales beneficiarios.

                               ¿Cuánto presente puede sacrificarse legítimamente en nombre de un futuro que nadie está en condiciones de garantizar? La filosofía ofrece distintas respuestas.

                   El propio filósofo político austríaco, Karl Popper, advirtió contra la “ingeniería social utópica”. Popper sostenía que ningún gobierno tiene la capacidad ni el conocimiento para garantizar el resultado de planes a tan largo plazo. Exigir un sacrificio real y presente a cambio de una promesa futura e incierta es éticamente problemático, pues el costo es 100% seguro mientras que el beneficio es puramente hipotético.

                   El utilitarismo de Jeremy Bentham o John Stuart Mill, podría admitir que un sufrimiento presente sea justificable si produce un bienestar futuro mucho mayor. Pero aparece inmediatamente una dificultad: ¿quién determina que ese futuro llegará? ¿Quién establece cuánto sufrimiento es razonable soportar? ¿Y qué sucede si el resultado prometido no se produce?

                   Kant introduce un límite más fuerte: las personas no deben ser utilizadas simplemente como medios para alcanzar determinados fines. Aplicado a la política, significa que quienes viven hoy no pueden convertirse en piezas sacrificables de un proyecto histórico. Tienen dignidad y derechos independientemente de los beneficios que eventualmente reciban sus hijos o nietos.

                   John Rawls agrega otra perspectiva. Si pudiéramos establecer las reglas de la sociedad sin saber en qué época nos tocaría nacer, ¿aceptaríamos una sociedad en la que quienes viven durante determinado período estuvieran condenados a sacrificarse para que otros vivieran mejor? Probablemente no, porque nadie sabe si le tocará pertenecer a la generación beneficiada o a la que soportará el costo.

“No se trata de una generación contra otra, sino del presente frente al futuro y de los límites éticos que deberían existir para decidir cuánto bienestar presente puede resignarse en nombre de un futuro que nadie puede garantizar”

                               Autores contemporáneos en ética intergeneracional argumentan que cada generación tiene la obligación de legar condiciones sostenibles, pero no al costo de reducir a la miseria o privar de derechos básicos a la población actual. La justicia requiere un equilibrio, no la inmolación de una época en favor de otra.

                   Véase que no se trata de exigirle sacrificios a una generación, sino algo que fonéticamente puede sonar similar pero es absolutamente distinto: se trata de sacrificar a una generación.

                   El interrogante siguiente consiste en determinar quién podría estar legitimado para adoptar una decisión de semejante alcance.

                   En primer lugar, no parece admisible que el gobierno se atribuya por sí solo esa potestad. La experiencia histórica muestra que muchas tragedias socioeconómicas surgieron de gobiernos que invocaron un supuesto destino superior para justificar el sacrificio presente de sus pueblos.

                   En segundo lugar, el voto democrático constituye una fuente esencial de legitimidad, pero no habilita un mandato ilimitado para afectar derechos básicos de las minorías o de los sectores más vulnerables.

                   En tercer lugar, corresponde reconocer que existen límites morales inviolables que ninguna mayoría circunstancial ni ningún programa de gobierno deberían desconocer.

“El voto otorga legitimidad política para pedirle esfuerzos a la ciudadanía. Lo que no confiere es legitimidad moral para sacrificar a toda una generación”

                                       Y hay otra pregunta que no puede omitirse: ¿quién paga? No es lo mismo que toda la sociedad soporte un esfuerzo distribuido razonablemente que los sectores más débiles carguen con la mayor parte del costo mientras otros conservan o incrementan sus beneficios.

                   Porque el problema ético no está solamente en cuánto se sacrifica, sino también en quién se sacrifica y quién recibe los beneficios.

                   En definitiva, un gobierno puede pedirle a la sociedad que haga un esfuerzo en nombre del futuro. Lo que no debería poder hacer es disponer de quienes viven hoy como instrumentos para construir ese futuro de concreción incomprobable.

                   La función primordial de la política es resolver los problemas estructurales redistribuyendo las cargas de forma equitativa y protegiendo la dignidad humana, no imponiendo el sufrimiento como un peaje obligatorio hacia el progreso.

                                       Existe una frontera que ningún gobierno debería cruzar: pedirle sacrificios a una generación puede ser necesario; en cambio, sacrificar una generación, nunca debería ser una política de Estado.

                                       El tiempo de una persona no es recuperable.

                   Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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