#COLUMNASIMONETTI algoritmo ira presidente Milei

IRA MÁS ALGORITMO

ESTRATEGIA O PATOLOGÍA

“Podría tener puestos de menor responsabilidad: ser cajero de un supermercado o de un banco, portero o encargado de un edificio. Pero, jamás aprobaría un examen para ser piloto de avión”

José Abásolo, Psiquiatra

                   La enfermedad psiquiátrica es descripta como componente habitual en la política, un activo importante para el liderazgo. Rasgos de psicopatía, narcisismo, mesianismo, fueron comunes en gobernantes intensos que se han adentrado o bordeado los límites de autocracias dictatoriales.

                   El psicólogo y psiquiatra polaco Andrej Lobaczewski (1921/2007), en su obra “La Ponerología política”, acuñó el término “patocracia” (del griego “pathos”: enfermedad y “kratos”: gobierno), es decir el gobierno de la enfermedad, dónde un líder o una pequeña minoría patológica toma el control de una sociedad de personas normales y ajusta la realidad a sus propias carencias.

                   La tesis de Giuliano da Empoli, especialmente desarrollada en sus libros “Los ingenieros del caos” y “El Mago del Kremlin”, sostiene que la política moderna ha abandonado la búsqueda de soluciones racionales para basarse en una fórmula matemática y emocional: ira más algoritmo.

                   Da Empoli hace una analogía histórica: así como Lenin decía que el comunismo era “soviets más electricidad”, el nuevo populismo es “ira más algoritmo”.

                   El objetivo político es, entonces, que la ira no debe ser calmada sino canalizada para captar el resentimiento existente. El algoritmo encuentra a los ciudadanos más enojados y les ofrece exactamente lo que quieren escuchar, creando una cámara de eco a través de las redes sociales.

                   Y aquí viene la pregunta del millón: ¿El gobierno de Javier Milei es el gobierno de la enfermedad como patología o, simplemente, el gobierno de la estrategia de la enfermedad como cálculo? ¿Se simula la patología del gobernante para captar el resentimiento social o se está frente a una minoría patológica que nos maneja? ¿Es la patocracia de Lobaczewski o la estrategia de la ira más el algoritmo de Da Empoli?

“Es la enfermedad en el poder o es la explotación de la enfermedad como activo electoral”

                   Hay una tercera posibilidad: una combinación de ambas cosas. Un líder con un temperamento disruptivo y rasgos de personalidad particulares (la patología) que, al encontrarse con un sistema algorítmico que premia precisamente esos rasgos, genera una simbiosis perfecta. Es la “simbiocracia”.

                   En este escenario, el algoritmo no solo difunde el mensaje, sino que valida la patología, convirtiendo lo que en otro tiempo sería un impedimento para gobernar en su mayor activo electoral.

                   Nuestro sistema no está contemplado para verificar el estado psíquico de quienes ejercerán los cargos de representación más importantes del país.

                   El interrogante podría ser claro, corto, directo: ¿subiría a un avión piloteado por Javier Milei? Las especulaciones son válidas para escudriñar en la personalidad de nuestros gobernantes y su equilibrio mental.

                   José Abasolo, un médico especialista, perito judicial durante 32 años, Jefe de la Guardia del Hospital Borda durante 7 años, docente de la UBA y la UCA, que trabajó en casos resonantes como el caso “Cabezas”, fue contundente al calificar al gobierno de Milei como “un compendio de psiquiatría”.

                   Dos aclaraciones, para ser serios: desde la teoría no podemos calificar a la presente gestión como “un gobierno de enfermos”, y a nuestro Presidente como incapacitado psíquico, pero tampoco simular una normalidad que está muy lejos de existir desde el punto de vista del ejercicio del poder.

                   Históricamente, los sistemas democráticos operaban como filtros de contención. La institucionalidad era, en teoría, un examen psicotécnico invisible. Pero hoy, ese dique parece haber colapsado ante una combinación letal: el impulso incontenible del líder y la arquitectura algorítmica de nuestra comunicación.

“El comunismo, para Lenin, era “soviets más electricidad”. Hoy, para Da Empoli, el populismo es “ira más algoritmo”

                   Ya no estamos solo ante la “ira y el algoritmo” que describe Giuliano da Empoli. En su tesis, los estrategas -los ingenieros del caos- calculan el odio como un activo de marketing.

                   Lo que observamos en la realidad argentina parece ser algo distinto, más primario. No se trata de un frío cálculo táctico, sino de un impulso incontenible. Un desborde emocional que, por una coincidencia trágica de la historia, ha encontrado en las redes sociales su hábitat perfecto.

                   El sistema digital no está diseñado para la moderación ni para la verdad, sino para la interacción. Y nada genera más interacción que el conflicto, la descalificación y el estallido. Aquí es donde ocurre la simbiosis: el líder no “actúa” de forma disruptiva para ganar votos; es disruptivo por naturaleza, y el sistema, al detectar que ese impulso genera métricas imbatibles, decide monetizarlo.

                   La patología, lejos de ser un impedimento para el ascenso al poder, se convierte en el insumo principal de su éxito.

                   En esta nueva configuración, el “loco” ya no necesita la máscara del cuerdo para integrarse. Al contrario, la sociedad -exhausta y frustrada- interpreta ese impulso patológico como “autenticidad”. La falta de filtro moral es vista como valentía, y la agresión al adversario como una forma de justicia rápida.

                    El psicópata moderno no engaña a las masas con un discurso de bondad; las seduce validando los instintos más bajos que el algoritmo se encarga de amplificar día y noche.

“¿Cuenta la democracia con instrumentos institucionales para defenderse del fenómeno de manipulación de los instintos sociales y de la utilización de la patología como insumo estratégico?”

                   La pregunta que nos queda, y que flota con pesadez sobre el futuro de nuestras instituciones, es si la democracia tiene herramientas para defenderse de este fenómeno. Las normas electorales exigen antecedentes penales o residencias mínimas, pero nadie exige un certificado de idoneidad mental para quien tendrá en sus manos el destino de millones.

                   Recientemente, han surgido proyectos para implementar exámenes psicotécnicos obligatorios a candidatos, pero en un clima de polarización extrema, cualquier intento de poner ciencia sobre la mesa es tildado de “persecución política”.

                   Estamos ante la paradoja del siglo XXI: el sistema que creamos para conectarnos -internet y sus algoritmos- ha terminado por abrirle la puerta grande a aquellos rasgos de personalidad que la civilización, durante siglos, intentó mantener al margen de las decisiones colectivas.

                    Hoy pareciera que la política se reduce a la monetización de la ira impulsiva, con el riesgo de dejar de ser una democracia para convertirnos definitivamente en una patocracia digital.

                   El desafío para el ciudadano es aprender a distinguir entre el líder que propone un camino y el líder que simplemente proyecta su patología en el espejo de nuestro propio enojo.

                   Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

 

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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