
LA REPÚBLICA ACOSADA
“@Javier Milei. AQUÍ BASURA INMUNDA DE NUEVO MINTIENDO. Obviamente esas mentiras están avaladas por editores delincuentes y dueños de moral cuestionable. CIAO”
Presidente Milei, en X
El título del artículo parece sensacionalista, pero no lo es. Jorge Liotti, periodista correntino, editor Jefe de la Sección Política del prestigioso diario La Nación, autor dominical de una columna política, por su artículo del domingo pasado fue objeto de una descalificación presidencial a través de la red X, reposteando un mensaje del Ministro de Economía Luis Caputo.
En realidad, Liotti es la enésima víctima de los insultos y descalificaciones presidenciales para con el periodismo. Un mojón más en esta delirante cruzada del gobierno libertario contra todo lo que sea, parezca o huela a disenso o simple opinión diferente.
La escena se repite con una persistencia inquietante: el Presidente Javier Milei reaccionando frente a la crítica no con argumentos, sino con descalificaciones. No con razones, sino con furia.
Esta vez, le tocó a Jorge Liotti, un periodista que difícilmente pueda ser encasillado en el caricaturesco molde del “enemigo” que el oficialismo suele construir para justificar sus embates. Prudente, equilibrado, consistente, Liotti representa precisamente aquello que incomoda a un poder insano: la crítica razonada.
Desde Israel -en una escena que mezcla lo institucional con lo impulsivo- Milei descargó su ira a través de la red X, con un mensaje que no resiste el menor análisis institucional: insultos, acusaciones sin sustento y un tono que degrada la investidura presidencial.
No se trató solo de Liotti; también alcanzó al diario La Nación y a su editor, Fernán Saguier. El blanco, en definitiva, fue el periodismo como institución. Lo preocupante no es el exabrupto en sí mismo -aunque en rigor lo sea- sino su reiteración.
No estamos ante un hecho aislado, ni ante un desliz producto del temperamento. Hay una matriz de conducta, un patrón reconocible: todo aquello que cuestione, incomode o simplemente disienta, es etiquetado como enemigo. Y al enemigo, en la lógica del Presidente, no se lo debate: se lo destruye.
Esta concepción binaria del poder -amigos o enemigos, leales o traidores- es incompatible con la esencia misma de la democracia.
Gobernar implica tolerar la crítica, incluso la injusta; implica convivir con la disidencia y, sobre todo, entender que el periodismo no es un actor subordinado, sino un contrapoder necesario. Cuando ese equilibrio se rompe, lo que se erosiona no es la imagen de un periodista o de un medio, sino la calidad institucional de todo un país.
Milei no oculta su desprecio por la prensa. Aquella frase -“no odiamos lo suficiente a los periodistas”- no fue un exceso retórico, sino una declaración de principios. Y como toda declaración de principios, tiene consecuencias.
La más evidente es la naturalización de la violencia verbal desde la cúspide del poder. La más grave, la habilitación implícita a que ese tono se reproduzca hacia abajo, contaminando el debate público.
Pero hay otra dimensión, quizás más silenciosa y por eso más peligrosa: la reacción -o la falta de ella- de quienes deberían poner límites. Las asociaciones periodísticas, los colegios profesionales, los espacios institucionales que nuclean a la prensa, responden con tibieza, cuando no con silencio. Y en ese silencio hay una forma de convalidación. No se trata de corporativismo, sino de defensa institucional.
Cuando un presidente insulta a un periodista por una opinión, no está atacando a una persona: está deslegitimando la función misma del periodismo. Y si esa deslegitimación se vuelve costumbre, el daño ya no es episódico, sino estructural.
También hay responsabilidad social. La ciudadanía -nosotros- hemos empezado a convivir con estos episodios como si fueran parte del paisaje. Como si la violencia fuera un rasgo pintoresco del carácter presidencial, una excentricidad más en un tiempo de excentricidades. Pero no lo es. Cada insulto que no se condena, cada agravio que se relativiza, va corriendo el límite de lo aceptable.
La pregunta, entonces, no es solo por Milei. Es por nosotros. ¿En qué momento dejamos de exigir que quien ejerce la máxima magistratura lo haga con la templanza que el cargo exige? ¿Cuándo normalizamos que el poder se exprese en términos cloacales?
El problema no es ideológico. No importa si se coincide o no con el rumbo económico, con las reformas, con la narrativa oficial. El problema es institucional. Porque un Presidente que no tolera la crítica es un Presidente que no reconoce límites. Y un poder sin límites es, por definición, un riesgo para la democracia.
La historia argentina -y la de tantos otros países- ofrece suficientes ejemplos de cómo empieza este tipo de degradación. Nunca es de golpe. Siempre es por acumulación. Un insulto hoy, otro mañana, una descalificación más adelante. Y cuando se quiere reaccionar, el deterioro ya es profundo.
No se trata de dramatizar, sino de advertir. La libertad de expresión no se pierde de un día para otro: se erosiona. Y cada episodio como el protagonizado por Milei contribuye a esa erosión.
Tal vez sea momento de recuperar algo que parece en desuso: el sentido del límite. No como una imposición externa, sino como una convicción interna de que el poder, para ser legítimo, debe ser también responsable.
Porque si todo vale, si todo se justifica en nombre de la pasión o de la convicción, entonces lo que está en juego ya no es un periodista ni un diario. Es algo mucho más delicado: la calidad de nuestra vida democrática.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
