
BUSCANDO LA SALIDA
“El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”
León XIV
***La política exterior de los Estados Unidos en tiempos de Donald Trump, ha adquirido la dinámica propia del presidente. Primero la lógica de la amenaza, el apriete, los misiles, es decir la prepotencia, para luego sentarse a negociar. El problema que le aparece al tornasolado mandatario es que los adversarios no le están cediendo a la primera bravata. Entonces, allí sigue la impotencia, la improvisación, el desconcierto. Sus descalificadoras palabras contra León XIV lo demuestran.
La escena es reveladora: Donald Trump arremetiendo contra Papa León XIV, acusándolo de débil, casi de funcional a los enemigos de Occidente. Del otro lado, un Papa que no grita, pero tampoco retrocede: “no tengo miedo”, “el corazón no está con los malvados, con los prepotentes, con los soberbios”, dice, y en esa frase hay más poder que en cualquier bravata.
Trump juega a ser fuerte. Siempre lo hizo. Su narrativa política se apoya en una estética de la dominación: el muro, la sanción, el castigo, la amenaza. En su mundo, la política exterior es una extensión del negocio inmobiliario: se negocia desde la presión, se impone desde la ventaja, se humilla para cerrar trato.
Pero cada exceso de fuerza suele esconder su contracara: la impotencia. Porque lo que irrita a Trump del Papa no es su debilidad -como pretende instalar- sino su autoridad moral. Una autoridad que no necesita votos, ni ejércitos, ni mercados. Que no depende de encuestas ni de algoritmos. Y que, precisamente por eso, no puede ser disciplinada.
Cuando el Papa cuestiona la guerra, no está disputando poder: está cuestionando su legitimidad. Y ahí es donde el liderazgo de Trump muestra su límite. Puede imponer condiciones, pero no puede construir consenso moral. Puede ganar elecciones, pero no puede ganar ese terreno más esquivo donde se define lo justo y lo injusto.
“El contexto internacional es un caos. Sin la mediación de los organismos multilaterales, y con un Estados Unidos que hace tiempo renunció a ser un faro de equilibrio en el mundo, todo está sujeto a las reglas de la fuerza”
Por eso reacciona cómo reacciona: descalificando, simplificando, personalizando el conflicto. Llamar “débil” al Papa no es un argumento, es un reflejo. El reflejo de quien necesita reducir al otro para no enfrentarse a lo que el otro representa.
Hay, además, un dato incómodo: este no es cualquier pontífice. Es un Papa nacido en el mismo país que Trump pretende encarnar. Un Papa que habla desde adentro, no desde una periferia distante. Y eso vuelve más difícil la caricatura, más ineficaz el ataque.
En ese cruce se condensan dos formas de entender el poder. La de Trump, que necesita mostrarse para existir. Y la del Papa, que se afirma incluso en la sobriedad.
Prepotencia e impotencia no son opuestos: muchas veces son fases del mismo fenómeno. La necesidad de imponerse suele crecer cuando se debilita la capacidad de persuadir. Y en ese terreno -el de la persuasión profunda, la que no se mide en votos sino en sentido- Trump parece encontrar un límite que no puede negociar.
El Salón Oval siempre ha sido un escenario de proyecciones de poder, pero bajo la administración de Donald Trump, la política exterior de los Estados Unidos ha mutado en una suerte de psicodrama donde la diplomacia se confunde con la extorsión.
El método es tan previsible como peligroso: una coreografía que oscila violentamente entre la prepotencia de la amenaza y, cada vez con mayor frecuencia, la mudez de la impotencia.
Desde que asumió el mando, Trump ha intentado refundar el orden global bajo la lógica del “trato”. Para él, el mundo no es una red de alianzas estratégicas o valores compartidos, sino un tablero de suma cero donde solo se gana si el otro se arrodilla.
Esta prepotencia no es casual; es una herramienta de demolición. El libreto se repite con una monotonía técnica: primero llega el estruendo de los tambores de guerra, el despliegue de portaaviones o la asfixia mediante sanciones económicas que pretenden ser quirúrgicas pero terminan siendo devastadoras para los pueblos.
“El Papa León XIV no necesitó de amenazas ni misiles para expresar con autoridad moral el camino del entendimiento por encima de la guerra”
En zonas de alto interés estratégico, la administración Trump ha hecho de la imprevisibilidad su bandera. Al elevar la tensión al borde del abismo, el presidente busca forzar una negociación desde una posición de dominio absoluto.

Lo vimos con China, donde los aranceles se usaron como misiles comerciales, y lo vemos en su retórica hacia Irán o Corea del Norte.
La lógica es simple: golpear primero, gritar más fuerte y luego sentarse a la mesa a ofrecer “la paz” que él mismo puso en riesgo.
Sin embargo, este ejercicio de musculatura política está encontrando límites severos. La prepotencia, para ser efectiva, requiere de un seguimiento creíble. Y es aquí donde la arquitectura de Trump comienza a mostrar sus grietas. Cuando el adversario no cede al primer envite, cuando el “muro” de resistencia no se desploma ante el tuit incendiario, la prepotencia se transmuta rápidamente en una paralizante impotencia.
Esta dualidad entre la soberbia del ataque y la incapacidad de gestión del conflicto está reconfigurando el rol de Washington en el mundo. El sistema internacional, acostumbrado a un Estados Unidos que -con sus luces y sombras- actuaba como un ancla de estabilidad, hoy observa con desconfianza a un actor volátil.
La impotencia de Trump nace, paradójicamente, de su exceso de confianza en la fuerza bruta. Al despreciar el multilateralismo y las estructuras diplomáticas tradicionales, se ha quedado sin herramientas intermedias. Solo tiene el mazo de las sanciones y el botón de los misiles; cuando ninguno de los dos funciona para doblar la voluntad de un adversario, el presidente queda expuesto en su fragilidad.
“Un mundo tallado a martillazos por los poderosos, no parece ser el camino para la construcción de un orden universal justo y pacífico”
En definitiva, Donald Trump habita ese incómodo espacio donde el matón del barrio se da cuenta de que sus amenazas ya no asustan a todos por igual. Entre la prepotencia de sus anuncios y la impotencia de sus resultados, la política exterior estadounidense navega hoy a la deriva, demostrando que gritar “Estados Unidos primero” no sirve de nada si no se sabe hacia dónde se está caminando.
La historia suele ser implacable con quienes confunden el ruido con el poder: al final del día, la realidad siempre termina imponiendo sus propias reglas, muy a pesar de los caprichos del ocupante de la Casa Blanca.
Tal vez por eso grita. Y tal vez, por eso mismo, del otro lado no hace falta levantar la voz.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
