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A NO VENDER LA GARRAFA

GASODUCTO NÉSTOR KIRCHNER

“Algo huele mal en Dinamarca”

Shakespeare, en “Hamlet”

*Pagamos miles de millones de dólares para importar gas y gasoil. La construcción de un gasoducto nos ahorrará el tremendo drenaje de divisas, pero sigue en veremos. Inoperancia y corrupción. Los correntinos seguiremos mucho tiempo con garrafas.

**La corrupción y la falta de una visión estratégica nos está impidiendo salir del lodo sobre el que patinamos.

***El todopoderoso nos premió con riquezas naturales, la élite dirigencial se encarga de ocultarlo.

                        El gas natural es inodoro, es decir no tiene olor. Sin embargo, para que sea más fácil detectar una fuga, se le agrega “mercaptano”, una sustancia química que tiene un característico olor a huevo podrido.

                        Mencionar el texto de Shakespeare en Hamlet, “algo huele mal en Dinamarca”, es hoy una metáfora sobre la corrupción en el estado.

                         En estos días, un fuerte aroma desagradable invadió a todo el país. Sin que todavía comience a construirse el gasoducto que llevará el combustible gaseoso de Vaca Muerta al área metropolitana, la interna del gobierno nuevamente estalló y el ambiente se llenó de mal olor.

                        Las riendas quedaron antiguas como simbolismo del ejercicio del mando. En tiempos de la democracia 4.0, los tuits son la manera de expresión de la voluntad de autoridad, por lo menos en la Argentina.

                        Desde Juncal al 1300, Cristina le daba a Alberto un tuitazo en relación con la licitación del gasoducto Néstor Kirchner. El impacto se equiparó con un misil.  Alberto, fiel a su estilo, capitulaba por enésima vez, echando a su amigo el Ministro Kulfas.

                        El gasoducto en cuestión, que no por casualidad se denomina Néstor Kirchner, constituye el paradigma más contundente del fracaso de las élites políticas argentinas. Debió ser el producto de políticas públicas consensuadas, pero es hoy la piedra del escándalo en la interna oficialista.

                        Los combustibles, y en especial el gas, constituyen el eje embarazoso de la Argentina distópica. Forman parte del problema principal y, a la vez, de la solución esos mismos problemas.

                        La cronicidad de la falta de reservas en dólares en el Banco Central, que a su vez empuja el encadenamiento de un sinfín de dificultades económicas, tiene en los combustibles su determinante principal.

                        La Argentina se comprometió con el Fondo Monetario Internacional a un cronograma de recomposición de reservas, que cada vez está más lejos de cumplirse.

                        Con todas las variantes a favor, en un año sin pagos importantes de la deuda externa, con niveles récord en exportaciones, con superávit en la balanza comercial, en los mejores de meses de las liquidaciones agropecuarias, sin embargo nuestro país se está quedando aceleradamente sin reservas.

                        Gran parte de la explicación es la importación de los combustibles, que para colmo de males subieron sus precios internacionales como consecuencia de la invasión rusa a Ucrania. Este año, nuestro país debe desembolsar para ello 13.000 millones de dólares. El gasoducto en cuestión sale entre 2 y 3.000 millones de dólares.

                        Lo insólito es que nuestro país no es un territorio que carezca de reservas petrolíferas y gasíferas, las tiene en cantidad y calidad. Vaca Muerta es un testimonio absoluto. Pero el problema es, ya no tanto la extracción sino el transporte, sobre todo respecto al gas. No tenemos gasoductos suficientes.

                        Simple: el elevadísimo drenaje de dólares que supone la importación de gas, debería solucionarse con el gasoducto para transportar el gas. De ahí que es el problema, pero también la solución de gran parte de nuestras penurias económicas.

                        En julio de 2019, el entonces presidente Macri dictó un decreto de convocatoria a licitación pública nacional e internacional para la construcción de un gasoducto que conecte la Subzona Neuquén (Tratayén) con la localidad de Salliqueló (Provincia de Buenos Aires) y con las Subzonas Gran Buenos Aires y Litoral.

                        La fecha de apertura de ofertas fue prorrogada tres veces, dos por Macri y una por Fernández, que llevó el plazo finalmente al 30 de diciembre de 2020. Finalmente, luego de una parálisis de 18 meses, el actual presidente anuló la inicial convocatoria y llamó a nueva licitación días pasados.

                        Dijimos que los problemas principales de la democracia son dos: la ineficiencia y la corrupción. El primero quedó demostrado con las dos administraciones sucesivas que no fueron capaces de concretar una licitación válida para construir el gasoducto.

                        El segundo apareció cuando menos se lo esperaba, e insólitamente desde los vericuetos del poder vigente. En “off”, el Ministro Kulfas hizo trascender la posibilidad de arreglos “non sanctos” en las condiciones de la licitación, cuyo resultado aparentemente estaba direccionado a una empresa en particular.

                        La respuesta no se hizo esperar. Como la empresa pública a cargo de la licitación está comandada por integrantes de La Cámpora, Cristina lo tomó como una afrenta y con un tuitazo hizo blanco en la santa bárbara de Alberto.

                        El presidente, como capitulador serial que se precie, echó al Ministro Kulfas y se inclinó por enésima vez ante su vicepresidenta. Sin investigar las denuncias, sin analizar los argumentos y las pruebas, simplemente con la queja tuitera. No le costó mucho reemplazarlo, aunque debió echar a casi el único ministro propio. Es que, como es la historia política del otrora motonauta, Daniel Scioli estaba recién bañadito y perfumado, presto para asumir.

                        A todo esto, con la desatada interna que inunda de mal olor el escenario gubernamental, las reservas siguen disminuyendo por el pago de las importaciones, y el gas continúa, lo más orondo, guardado en las profundidades de la tierra.

                        Con los reiterados fracasos de la licitación del gasoducto se configura, con patética contundencia, la metáfora de la parálisis de la gestión gubernamental y de la autodestrucción, con el manto de la duda sobre la corrección de los procedimientos.

                        Hoy por hoy, los argentinos tuvimos que enterarnos que Vaca Muerta extrae más gas que lo que podemos usar, pero no tenemos tubos para transportarlo, ni los tendremos no sé por cuánto tiempo. No están los caños, no están las válvulas, no está la obra civil, está, solamente, la inoperancia y la corrupción.

                        Pero si de algo sirvió el entredicho interno, es el de sacar a la luz la ficción de la construcción del gasoducto que el presidente Fernández anunció con bombos y platillos. No lo estamos haciendo.

                         Si hay a alguien a quién no debemos echarle la culpa de nuestras desventuras es a la naturaleza y al todopoderoso. Argentina fue beneficiada con todo tipo de riquezas naturales, expuestas o bajo la tierra. Con sólo decir que Vaca Muerta es la segunda reserva de gas no convencional del mundo, y que el petróleo está allí acumulado.

                        Tenemos todo, pero no fuimos capaces de construir políticas públicas que apunten a la resolución de nuestros principales problemas. Todo es internismo, peleas inoficiosas, corrupción e ineficiencia. La importación de gas se está llevando todas nuestras reservas en dólares, porque no podemos construir 570 kilómetros de gasoducto. Otro tanto pasa con el gasoil, que está en faltante.

                        Y a todo esto, el gobierno ni siquiera atina a reaccionar con la urgencia que le imponen sus propias circunstancias, porque populismo sin dólares es un problema para el cual no han hallado todavía solución.

                        Por las dudas, doña, no venda todavía su garrafa, la necesitará por mucho tiempo. Si ya lo hizo, pues a juntar leña para prender el fueguito. Le servirá para calentarse y cocinar, como antes, ¿vio?

                     Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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