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EL DISCURSO ANTIPOLÍTICO RINDE…Y DESPUÉS?

LA OPCIÓN DISRUPTIVA

“La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde”

William Faulkner

*La desconfianza social en la élite política antes desembocaba en golpes de estado. Hoy, los discursos demagógicos de la antipolítica son los caminos que la sociedad encuentra conducentes para conjurar la frustración. Pero hay que gobernar, y allí pueden venir los desencantos.           

**La solución disruptiva chilena, luego de 30 años de alternancia entre la centroizquierda y la centroderecha, cae aceleradamente en la consideración pública.

***La ineficiencia y la corrupción son los datos centrales de la decadencia de la democracia.

                               La decadencia de la política como instrumento de la democracia es evidente en todo el mundo. En la concepción de los ciudadanos, en lugar de representar la solución para los problemas diarios que afronta una nación, los políticos son parte del problema.

                               La falta de credibilidad pública, que por momentos parece cubrir con espesa niebla los anchos campos de la democracia, tienen, a mi juicio, una doble base. Una moral, que son los contraejemplos que la clase dirigente muestra en su accionar diario, haciendo lo opuesto a lo que predica. Otra instrumental, la ineficacia para generar acciones y planes que resuelvan los problemas principales de los dirigidos.

                               Por momentos, los dirigentes políticos, en especial los que manejan el gobierno, parecieran estar en otro plano distinto al del ciudadano común. Cuando grandes sectores sociales sufren por la inflación, la pobreza, la falta de trabajo, los bajos salarios y jubilaciones, la agenda legislativa está dedicada al cambio del número de los miembros de la Corte.

                               Se advierte, allí, que las urgencias del poder no son las urgencias de la sociedad, el cruel contraste entre un gobierno que prefiere solucionar los problemas de sus integrantes, a costa de un desentendimiento absoluto de la caliente realidad de sus gobernados.

                               El desaliento social que los poderosos construyen ladrillo a ladrillo con porfiada insistencia, tiene el peligroso resultado de instalar en el imaginario general lo opuesto de aquello que dijo un gran demócrata, Raúl Alfonsín.  Es que hoy, con Alberto y Cristina en el poder, con la democracia no se come, no se cura ni se educa. Por lo menos no como debería, y en el “debe” suman también administraciones de otros signos políticos.

                               ¿Resultado? Descreimiento en el sistema y en sus operadores, los políticos. ¿Solución? Antes, en otros tiempos, los golpes militares. Ahora, los manosantas de la política.

                               La ciudadanía, entonces, comienza a simpatizar con propuestas que vienen desde tradicionales sectores extremistas o desde los nuevos manipuladores de conciencias al estilo Cositorto. Las opciones disruptivas comienzan a ganar terreno.

                               Sin embargo, con la instalación de nuevas expectativas en los sillones del mando, más temprano que tarde la realidad golpea a nuestras puertas, y las fantasías e ilusiones comienzan a diluirse como el agua entre los dedos. No es matemático, sí altamente probable. Es que, hay que entender, no existen milagros en la gestión gubernamental, tampoco “Maradonas” del poder

                               No es un problema exclusivo de la Argentina, es del mundo y en particular de Sudamérica. Tal vez dos ejemplos, cercanos en tiempo y lugar, nos den algún sentido de realidad.

                               En Chile, un casi marginal Gabriel Boric gana las elecciones como resultado del hartazgo de gran parte de la población chilena al sistema imperante de las opciones políticas de centroizquierda y centroderecha que se alternaban en el poder. Luego de revueltas dramáticas, se convocó a la redacción de una nueva Constitución y ganó la opción izquierdista surgida de la movida estudiantil.

                               A tres meses de su asunción, se le terminó a Boric su “luna de miel”, su imagen negativa ya supera a la positiva, la nueva Constitución que debe someterse a referéndum en setiembre tiene amplas posibilidades de no aprobarse, y, con el conflicto mapuche, hizo lo contrario de lo que pregonó en campaña: la militarización de la región.

                               En Colombia, luego de varios años de un oficialismo de tendencia de centro derecha (si vale todavía la calificación), con un estallido social no tan grave como el chileno, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 29 de mayo, el primer lugar fue ocupado por Gustavo Petro, un exguerrillero filochavista. Competirá en segunda vuelta con Rodolfo Hernández, un populista de discurso contradictorio, parecido a Trump en sus mensajes, que vocifera contra la casta, al estilo Milei.

                               En ambos casos, en la nación cafetera la opción no fue la centrista, sino aquélla de los extremos populistas que prometen cambios que engordan la fantasía pública.

                               Pero, es el caso que, después de ganar las elecciones, hay que gobernar, y es el momento en que los hechos golpean a la puerta, las promesas desaparecen y la demagogia deja paso a la realidad.

                               En los casos mencionados, como sucede generalmente, a la dificultad de hacer concretas las fantasías preelectorales, se agrega un problema grave de gobernabilidad, porque los ganadores disruptivos asumen con minorías legislativas marcadas.

                               En nuestro país estamos transitando el preludio de algo parecido, tal vez no con revueltas, controladas por los pactos entre el poder kirchnerista y los cabecillas de los movimientos sociales. Sentimos que la corporación política está acabada y no tiene soluciones.

                               Se respira una especie de fin de ciclo, por darle algún nombre, se hace presente la segunda temporada de la saga “que se vayan todos”. Y si, simbólicamente, se van todos, ¿quién viene? En 2001 fueron los Kirchner, hoy la disrupción viene desde la vereda aparentemente liberal, una mezcla rara de ideas libertarias, discursos hegemónicos e intemperancia expositiva.

                               Nuestro país padece de graves problemas, algunos de ellos estructurales. Pero la expectativa de la gente está puesta en los pases mágicos que algunos dirigentes disruptivos pretenden instalar como solución a nuestras desgracias.

                               Para cuando nos damos cuenta, tenemos a los manosantas instalados en el gobierno y sus promesas y fantasías comenzarán a hacer agua, para desesperanza y nuevas frustraciones colectivas.

                               El frente fiscal es uno de los principales problemas de nuestro país, el estado gasta más de lo que recauda, déficit creciente. Los nuevos gurúes prometen menos impuestos y la desaparición del estado o su disminución al mínimo.

                               Sin embargo, cuando se consulta a la gente, teniendo en cuenta que para conjurar el déficit deben desaparecer los subsidios a la luz, el agua, el gas y los planes sociales, una gran mayoría rechaza esas medidas.

                               Conclusión: parece que el estado nos agobia, que llegó el momento de cambiarlo a su mínimo posible. Pero cuando se conoce que la única manera de hacerlo es bajar los gastos en subsidios, allí desaparecen nuestros entusiasmos, no nos gustan esos sacrificios. No lo digo yo, lo dicen las encuestas.

                               También hay un problema de credibilidad. Aunque los gastos de la “casta” no son decisivos para resolver el problema, sí en cambio constituyen decisivos disparadores. ¿Está la política dispuesta a dar el ejemplo? Creo que no.

                               La otra cuestión es la doble moral de los discursos “anti casta”, que aprovechan por lo bajo los privilegios de la casta para tener pasajes gratis, no rendir los gastos de campaña y otras prerrogativas dinerarias. La verdad, dan vergüenza.

                                Entonces, todo vuelve a los ciudadanos de a pie. Casta o anti casta, cantos de sirena o racionalidad, magia o planes, fantasías disruptivas o moderación, realidad o ficción. Parecieran interrogantes relativamente fáciles de resolver, pero no, no con nuestros protagonistas.

                               Es para pensar: los discursos de la antipolítica rinden…y después?

                            Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

 

 

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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