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BRASIL PUEDE SER UN ESPEJO PARA LA ARGENTINA

ELECCIONES

“Nadie es imprescindible en la democracia. La alternancia es lo que fortalece a las instituciones”

Raúl Alfonsín

***La primera vuelta brasileña deja mucho más que un resultado electoral. Expone el crecimiento de las derechas, pero también un fenómeno más amplio: el creciente voto de castigo a los gobiernos de turno. Brasil vuelve a plantear una pregunta que Argentina deberá responder en 2027: ¿se vota por una alternativa o contra quién gobierna?

                   Brasil 2026 puede resultar un espejo para la Argentina 2027. No porque haya una simetría absoluta en los procesos políticos de ambos países, tampoco porque la comparación entre las economías y sus resultados en el ámbito doméstico los muestre idénticos. No lo son.

                   Nuevamente las encuestas fallaron. Alguien podría decirme que los resultados electorales en el gigante sudamericano pueden entrar en el margen de error (más-menos) de este tipo de trabajos de campo. Y no le faltaría razón.

                   Sin embargo, también debemos decir que en Brasil, desde que existe el sistema de doble vuelta, siempre ganó el que obtuvo el primer lugar en la primera. Así las cosas, el veterano petista no está lejos de hacer las valijas.

                   La primera vuelta brasileña dejó una fotografía estrecha: Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Lula el 45,16%. Nunca, desde la redemocratización, la distancia entre los dos primeros había sido tan corta.

                   El 25 de octubre volverán a verse las caras en el balotaje. Pero lo más interesante no es quién quedó primero. Es por qué. Y aquí es dónde los argentinos debemos poner atención.

“El elector no necesariamente se hizo de derecha. Quizás se volvió más impaciente. Cuando un gobierno decepciona, la oposición puede convertirse en el vehículo del cambio”

                   La lectura de primera mano habla de un giro a la derecha. Algo de eso hay: procesos recientes en Ecuador, Chile, Perú, Colombia y otros países latinoamericanos, alimentan la tesis.

                   Pero convertir cada elección en una conversión ideológica de las sociedades es, a esta altura, una simplificación intelectual.

                   Existe una hipótesis más incómoda: los electores no se hicieron de derecha. Se hicieron impacientes. Entre 2018 y 2023, la oposición ganó 19 de las 21 elecciones presidenciales competitivas de la región, al punto de que los analistas hablaron de una “ola antiincumbente”.

                   Después hubo excepciones, lo que demuestra que tampoco se trata de una ley de hierro. Pero el patrón es elocuente: si la ideología explicara todo, no se entendería que triunfen signos opuestos en pocos años.

                   Lo que se repite no es el signo, es el castigo. Ésa es, en esencia, la advertencia que Ignacio Labaqui nos lo dice: no hay giro a la derecha en América Latina. Lo que hay es alternancia, la derecha ocupando el espacio que el descontento deja libre.

                   Y es también la vieja intuición de Przeworski: la democracia es el sistema en el que los partidos pierden elecciones. En nuestra región, últimamente, las pierden con notable frecuencia.

                   La razón es una asimetría que la ciencia política conoce bien. Quien gobierna debe explicar el presente: la inflación, el empleo, la seguridad, los impuestos, los servicios y, lo más difícil de medir, cómo se siente la gente que lo vive.

“Quien gobierna debe explicar el presente. Quien está en la oposición solamente necesita explicar por qué ese presente no alcanza. Esa diferencia puede ser decisiva”

                   Quien está en la oposición solo necesita explicar por qué ese presente no alcanza. Cada problema se convierte en argumento. Por eso toda elección presidencial tiene algo de plebiscito, aunque no sea solamente eso.

                   Hay quienes sostienen, con cierta razón, que en una elección sólo se juzga el desempeño del gobierno, se está a favor o en contra de éste, independientemente de las razones que pudiera esgrimir la oposición.

                   Flávio entendió esa asimetría. Recogió el voto bolsonarista, pero también el de quien reclama seguridad, el de quien siente el costo de vida y el de quien simplemente quiere otra cosa.

                   Ganó en São Paulo, con 51,93% contra 38,20%, y en Río de Janeiro, con 53,01% contra 39,41%. Además, recibió una derecha fragmentada y la convirtió en voto útil: los candidatos menores quedaron con porcentajes mínimos.

                   El bolsonarismo no se fue con Jair. Pero conviene no exagerar su alcance. Ése 47% no equivale a una adhesión íntegra a un programa. Es una mayoría circunstancial que encontró un vehículo para su descontento.

                   Y la abstención, superior al 21%, más de 33 millones de brasileños que no concurrieron a votar, aconseja prudencia a quien pretenda extraer de las urnas un mandato ideológico.

                   Aquí es donde Brasil empieza a interesarnos. En 2023, Milei llegó a la Presidencia, entre otras razones, por el rechazo a la continuidad del gobierno de Alberto Fernández. En 2027 el mecanismo puede invertirse, y no necesariamente porque el país vuelva al peronismo ni porque abandone las ideas libertarias.

“En 2027, Argentina también enfrentará su propio plebiscito: no será solamente elegir entre candidatos, sino responder cómo se vivió después de cuatro años de Milei”

                   La pregunta del elector será más simple y más dura: ¿cómo estaba yo cuando este gobierno llegó y cómo estoy ahora? Si encuentra una inflación mucho más baja, salarios que se recuperan, empleo e inversión, el oficialismo tendrá argumentos. Si encuentra estabilidad macroeconómica pero un bolsillo que no respira, trabajo precario y servicios deteriorados, la oposición tendrá su oportunidad.

                   Los gobiernos se evalúan con estadísticas; las elecciones se deciden con percepciones. Una economía puede crecer y una familia sentir que está peor. Un Estado puede exhibir equilibrio fiscal y un ciudadano preguntarse qué recibió a cambio.

                   Las elecciones, además, empiezan mucho antes de que se presenten las candidaturas. Comienzan en la experiencia cotidiana de la gente.

                   Cada gobierno construye su propia elección durante cuatro años y, sin saberlo, también la campaña de su adversario.

                   Brasil no debe mirarse para copiar su resultado, sino para entender su mecanismo. La política no se vota en una planilla de Excel. Se vota en la mesa de la cocina, y ningún relato, por sólido que parezca, resiste mucho tiempo el veredicto silencioso de una heladera a medio llenar.

                   Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

 

 

 

 

 

 

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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