
2023-2026
“¡Resignación! ¡Qué triste palabra! Y sin embargo, es el único refugio que nos queda”
Beethoven
***Si en 2023 los ciudadanos reaccionaron votando a un antisistema, Javier Milei, lo hicieron motivados por un sentimiento de bronca. Hoy, con un panorama verdaderamente desolador para la economía doméstica, y sin opciones electorales a la vista que instalen la esperanza de un salvavidas social, la gente ha ingresado en una especie de parálisis anímica. No es para menos, la energía está totalmente volcada a buscar los modos de subsistencia.
Resulta útil preguntarse cuál es el sentimiento predominante en la sociedad. Es un interrogante que mide muchas variantes, y que se asocia a encuestas sobre la marcha de un gobierno.
En este artículo, me toca contrastar el ánimo social, en realidad el de la mayoría, con dos sentimientos que están separados por apenas tres años: bronca y resignación.
¿Qué sentía la gente en 2023? Bronca, pura y sencillamente bronca. Venía desde lejos. No fue suficiente la corrupción sistémica del kirchnerismo, que arrasó con las cajas más jugosas del Estado, especialmente la de la obra pública.
A ello se agregó una patética incapacidad albertiana para gobernar, el hartazgo por la ocupación de la vía pública ante la mirada indolente de la autoridad, la cartelización de la ayuda social por los gerentes de la pobreza, el gasto indiscriminado e irresponsable de Massa para fortalecer sus chances electorales, y siguen las firmas.
El sentimiento de bronca fue el combustible social que promueve el puño apretado y la acción correctiva. Una sociedad dispuesta a hacer por ella misma, lo que no pudieron, no supieron o no quisieron, más de veinte años de kirchnerismo.
El sentimiento social predominante en 2023 fue la bronca, que permitió que la mayoría de los argentinos buscaran reaccionar a través del apoyo a una figura antisistema: Javier Milei. A tres años, la resignación parece ser la fuerza que nos aplasta”
La opción fue votar a un antisistema, se daban las condiciones subjetivas para apoyar a un líder disruptivo que prometiera romper con la inercia populista. El enemigo fue identificado como “la casta”, y Milei arremetió con su política de endiosamiento del mercado.
No demasiado tiempo necesitamos para advertir que su liberalismo supuesto en realidad era un libertarismo autoritario, que embestía con la motosierra sin fijarse en nimiedades como jubilaciones, salarios, comida.
Hoy, aquí y ahora, temo decir que el grueso de la gente ha trocado el sentimiento de bronca por el de desesperanza o desaliento.
Tres años después, en este 2026, el paisaje sonoro de la sociedad argentina ha cambiado drásticamente. El ruido se ha convertido en un murmullo espeso y sordo. Lo que hoy se respira en las paradas de colectivo, en los comercios vacíos y en los hogares no es furia. Es algo más profundo, gris y difícil de revertir: es tristeza.
Cuando una sociedad comienza a sumirse en la tristeza, los sociólogos y psicólogos sociales hablan de un fenómeno de fatiga colectiva, anomia o desesperanza aprendida.
A nivel social, la transición de la “bronca” o el “enojo” hacia la “tristeza” y la “resignación” suele indicar que el tejido social ha agotado su energía combativa. El enojo es una emoción activa que exige respuestas; la tristeza, en cambio, es pasiva y surge cuando la población siente que, independientemente del esfuerzo que realice, las condiciones estructurales (bajos salarios, incertidumbre, desempleo) no van a mejorar.
“La bronca o el enojo es una emoción activa, que impulsa a la acción. La tristeza o la resignación aplasta los espíritus, que se ven desposeídos de la energía transformadora”
Según el Índice de Felicidad de Ipsos, la insatisfacción con el rumbo del país arrastra el ánimo general, posicionando a la Argentina en el último lugar de Latinoamérica en cuanto a felicidad declarada, por detrás de países como Brasil, Chile o Colombia.
Hugo Haime & Asociados señalan que el 76% de los argentinos manifiesta sentirse triste o desanimado.
Mediciones de Management & Fit y analistas como Jorge Giacobbe coinciden en que la preocupación y la tristeza han desplazado casi por completo a la “esperanza”, que había tenido un breve repunte meses atrás. Hoy, las emociones ligadas a la incertidumbre y el agobio superan ampliamente el 60% en los sondeos.
Los estudios de la Facultad de Psicología de la UBA y de la Universidad Siglo 21 advierten sobre una preocupante crisis de salud mental. Casi un 24% de la población activa presenta síntomas de burnout (agotamiento mental crónico).
Mientras que en años anteriores el gran enemigo psicológico era la inflación, los sondeos actuales de firmas como Opina Argentina y QSocial muestran que el eje del malestar mutó hacia el temor al desempleo, la caída del consumo y los salarios insuficientes.
Como contracara de este panorama sombrío, el informe de Ipsos resalta un rasgo de resiliencia cultural típicamente argentino: ante el desierto afectivo y la frustración con la esfera pública y económica, las personas se están volcando intensamente hacia el plano micro.
“La calma chicha que parecen atravesar pueblos y ciudades, no es el de la conformidad. Antes bien, es la calma de los cementerios. El desierto anímico de una sociedad resignada”
Las principales fuentes de contención y los pocos focos de felicidad registrados se anclan de forma casi exclusiva en la familia, los hijos y el sostén de las amistades, que funcionan como el último escudo emocional de la sociedad.
Sería intelectualmente deshonesto atribuirle la paternidad absoluta de este desierto anímico al actual gobierno. La Argentina arrastra una decadencia estructural de décadas, un péndulo traumático de promesas rotas y frustraciones acumuladas que dinamitaron la salud mental de varias generaciones.
Pero Milei tampoco es inocente de todas inocencia. Es más, su falta de empatía hacia los sectores más postergados, nos alejan más de esa Argentina que supo ostentar orgullos de clase media y vitalidad cultural, y que hoy arrastra los pies en el último vagón de los índices de bienestar emocional de la región.
Pareciera que hemos ingresado en un estado de aceptación, descripto por el Dalai Lama: “Acepta. No es resignación, pero nada te hace perder más energía que el resistir y pelear por una situación que no puedes cambiar”.
Las calles no están tranquilas por una súbita conversión ideológica hacia el ascetismo económico; están silenciosas porque la población padece un cuadro de burnout colectivo, un agotamiento crónico que absorbe hasta la última gota de energía en la mera subsistencia.
Para la épica y la movilización se necesita un excedente vital que hoy escasea en los hogares argentinos.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
