
SIMULACIÓN
“Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”.
Groucho Marx
***El gobierno cometió un grave error al subestimar la inteligencia de la sociedad. El público argentino aprueba contundentemente que se frene el avance petrolero británico, pero “no come vidrio”. Según la Consultora MYF, el 61,1% de los encuestados consideraron que el giro discursivo responde a oportunismo político.
En el indescifrable dialecto de las redes sociales, ese ecosistema flotante donde se gestó, financió y viralizó el milagro político de La Libertad Avanza, existe una expresión que se ha convertido en la ley de gravedad para la generación Z: “farmear aura”.
El término, prestado de las fatigosas dinámicas de los videojuegos de rol, describe el acto de realizar tareas repetitivas o adoptar poses calculadas con el único fin de acumular puntos simbólicos de carisma, mística, autoridad y respeto.
En este curioso sistema de medición digital, el aura no es algo que se pueda comprar con pauta oficial, ni se convalida en las encuestas tradicionales de imagen positiva.
En la implacable métrica de internet, el aura se tiene o se destruye. Un líder suma miles de puntos cuando se mantiene fiel a su esencia dogmática sin que le importe el costo político, cuando resiste la presión del consenso con total estoicismo y cuando demuestra una autenticidad tan destructiva como fascinante.
Por el contrario, resta puntos de forma masiva -quedando en el subsuelo de la vergüenza ajena- cuando actúa con una visible desesperación por agradar, cuando comete un error burdo intentando parecer rudo y, el peor de los pecados imaginables en el ciberespacio, cuando rompe su propio “lore”.
En la jerga, romper el lore significa traicionar la coherencia de tu propio personaje de ficción para abrazar, por pura conveniencia coyuntural, los modales del enemigo que juraste aniquilar.
“En el tribunal de la cultura digital, el aura no se compra con pauta oficial; exige una autenticidad absoluta e inmune a las presiones externas”
Hasta hace apenas unas semanas, Javier Milei era un acumulador profesional de aura. Su mística radicaba, precisamente, en su incorruptibilidad discursiva.
Podía declararse admirador confeso de Margaret Thatcher en pleno debate presidencial televisado ante millones de argentinos, o defender una vía puramente comercial, pragmática e individualista respecto a los isleños de Malvinas.
Gustara o no, cayera bien en los cuarteles o reventara los nervios de las asociaciones de veteranos, esa terquedad doctrinaria configuraba el aura de un cruzado.
Era el líder indomable que prefería caminar solo antes que arrodillarse ante la corrección política del nacionalismo tradicional. Su público lo amaba por eso: porque el León no negociaba sus obsesiones ideológicas con la liturgia de la vieja política.
Sin embargo, el reciente y asombroso giro discursivo del mandatario respecto al conflicto de soberanía en el Atlántico Sur ha venido a dinamitar esa cuidadosa construcción estética.
De la noche a la mañana, el profeta del libre mercado decidió archivar la frialdad diplomática globalista para enfundarse el gastado traje de un nacionalismo populista de manual.
La avanzada del consorcio petrolero integrado por la firma israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper Exploration en el yacimiento Sea Lion, al norte de las islas, que ya se había iniciado en 2010, no mereció antes una reacción del mismo calibre. El detonante fue la mención de Trump de hace un par de semanas.
Ante un escenario que requería una fina arquitectura legal o una silenciosa estrategia geopolítica, la respuesta oficial fue una cadena nacional cargada de adjetivos rimbombantes y amenazas de sanciones severas dignas de la era dorada del kirchnerismo más fervoroso.
“El León abandonó el libre mercado para refugiarse en el viejo manual del nacionalismo, transformándose en lo que tanto juró combatir”
¿Por qué este enérgico movimiento de timón le restó al Presidente un puntaje verdaderamente catastrófico de aura? Básicamente, porque las audiencias digitales, al igual que el electorado más agudo y desconfiado de las provincias, huelen la desesperación a kilómetros de distancia.
Durante meses enteros, el avance silencioso de las corporaciones internacionales en las aguas en disputa fue recibido por los despachos de la Casa Rosada con una pasividad pasmosa, casi contemplativa.
Reaccionar de golpe con un tono beligerante, agitando banderas que antes se tildaban de colectivistas, se percibió de inmediato como una burda maniobra táctica. Un manotazo de ahogado diseñado en los laboratorios de comunicación para desviar la atención pública de las urgencias de la gestión interna, las disputas legislativas y una economía que no termina de arrancar para el ciudadano de a pie.
Para colmo de males, las leyes del aura dictan que tus amenazas deben infundir un respeto reverencial en el adversario; de lo contrario, el efecto se invierte de inmediato. Y el escenario internacional no tardó en devolver un reflejo implacable.
Desde Londres, la respuesta británica rozó la displicencia irónica: un recordatorio seco de que sus fuerzas armadas están “en alerta las 24 horas” para proteger las islas.
Los principales tabloides ingleses, rápidos de reflejos, no dudaron en calificar al mandatario argentino como un “tigre de papel”, una caricatura ruidosa que recurre al viejo truco de la causa Malvinas para tapar sus fisuras domésticas.
Cuando amenazas con el trueno y tu rival te responde con un bostezo y un té de las cinco de la tarde, tu capital de respeto internacional retrocede casilleros a velocidad de crucero.
“Cuando tus amenazas son respondidas con un bostezo diplomático, la mística del líder indomable se evapora, revelando un simple tigre de papel”
La jugada tampoco encontró validación en el plano interno, donde el radar de la sospecha está siempre encendido. Las propias organizaciones de excombatientes y veteranos de guerra salieron a cruzar el discurso oficial con una frialdad notable, advirtiendo, con justa razón, que la causa Malvinas no debe ser utilizada jamás como una herramienta electoralista de distracción masiva.
Cuando ni siquiera aquellos ciudadanos que entregaron su juventud en las islas compran tu repentina conversión patriótica, el marcador de aura se tiñe de un rojo irreversible.
Javier Milei intentó salir a “farmear aura” apelando al más viejo y gastado de los trucos de la política tradicional: sobreactuar soberanía para maquillar las debilidades del presente.
En el implacable tribunal de la coherencia política, esa mutación se paga con el desprecio de los ajenos y el desconcierto de los propios. Al final del día, los puntos perdidos no se recuperan con un tuit.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
