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LA DESALFONSINIZACIÓN RADICAL: DEL PARTIDO DE MASAS AL ARCHIPIÉLAGO PROVINCIAL

CRISIS DE IDENTIDAD

“Que se rompa, pero que no se doble”

Leandro N. Alem

***El siglo XXI marcó para el radicalismo, un proceso de progresiva pérdida de identidad política. Su republicanismo cómo núcleo distintivo de su vigencia en el universo de propuestas políticas, se fue diluyendo lentamente, para convertirse en un actor secundario de coaliciones de derecha y de centro derecha. Su pragmatismo de negociación, hoy lo presenta como un archipiélago de demandas provinciales, sin propuesta nacional.

                     Hay partidos que pierden elecciones y partidos que pierden la razón histórica que los hizo necesarios.

                     La Unión Cívica Radical (UCR) atraviesa una crisis de identidad que amenaza con reconfigurar definitivamente su lugar en el mapa político argentino.

                     El partido que nació a fines del siglo XIX como la primera expresión política de masas del país, canalizando las demandas de las clases medias emergentes frente al régimen oligárquico, hoy se debate en una incómoda posición de soporte legislativo atomizado.

                     Aquella UCR tenía una identidad nítida. Podía discutir métodos, dirigentes y políticas, pero representaba una determinada concepción de la Argentina: sufragio universal, institucionalidad, movilidad social y un Estado que debía garantizar derechos y oportunidades.

                     En ese tránsito secular, la UCR parece haber completado un ciclo de mutación profunda: el abandono de su histórica matriz y la adopción de una retórica del pragmatismo de mercado que erosiona su centralidad nacional.

                     Para entender la magnitud de esta metamorfosis, es imperioso volver al origen. La UCR de Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen inauguró la política moderna en Argentina al estructurarse como un movimiento popular con arraigo territorial e identidad doctrinaria indivisible. Su bandera era la intransigencia ética frente a los privilegios.

“Fue el primer partido de masas con Alem e Irigoyen, su momento de mayor densidad histórica fue con la socialdemocracia de Alfonsín, hoy está atado al carro de coaliciones de derecha y al federalismo de negociación”

                     Casi un siglo después, Raúl Alfonsín refundó el partido bajo la premisa de que “con la democracia se come, se cura y se educa”, dotándolo de un perfil socialdemócrata, institucionalista y fuertemente comprometido con el rol regulador del Estado y la justicia social.

                     Fue su momento de mayor densidad histórica. En 1983, después de la dictadura, el radicalismo volvió a presentarse como mucho más que una opción electoral.

                     Alfonsín encarnó la recuperación democrática. El “Nunca Más”, el juicio a las juntas y la reconstrucción institucional otorgaron al partido una identidad que combinaba republicanismo, derechos humanos, democracia política y una sensibilidad socialdemócrata.

                        El alfonsinismo no era solo una corriente interna; era el ADN de un radicalismo que se autopercibía como la contracara progresista y republicana del peronismo.

                     Hoy, ese edificio conceptual muestra fisuras estructurales. El proceso de “desalfonsinización” no es casual, sino el resultado de sucesivos traumas de gestión -las crisis de 1989 y 2001- y de un giro cultural profundo en su base electoral tradicional.

                     El votante radical histórico, de fuerte impronta antiperonista, migró gradualmente hacia posiciones más conservadoras en lo económico y demandantes de orden fiscal.

                     La experiencia como socio menor dentro de la coalición Juntos por el Cambio aceleró este proceso: el PRO hegemonizó la conducción política y la narrativa económica, obligando a la UCR a asimilar los postulados de la eficiencia privada y la reducción del gasto público para no perder sintonía con sus propios votantes.

“Conserva su presencia territorial, una estructura importante y dirigentes de valía, pero está perdiendo un mensaje político propio y diferencial que constituya su identidad”

                     Ante el actual fenómeno político liberal-libertario, esta tensión ideológica alcanzó su punto de máxima ebullición. El radicalismo ya no funciona como un partido orgánico de alcance nacional, sino como un archipiélago de estrategias provinciales.

                     Desprovisto de liderazgos nacionales con peso propio, el poder real se trasladó a los gobernadores e intendentes. Para estos jefes territoriales, la supervivencia de sus distritos depende de una negociación pragmática y directa con la Casa Rosada por recursos, obras e incentivos fiscales. La gestión local devoró a la doctrina nacional.

                     Esta lógica de la fragmentación se refleja nítidamente en un Congreso de la Nación partido en mil pedazos. Mientras el ala “dialoguista” asume un rol de cooperación asimétrica con el oficialismo nacional bajo el argumento de garantizar la gobernabilidad, un menguante sector crítico intenta sostener las banderas históricas de la educación pública y el republicanismo institucional.

                     El dilema es paralizante: la resistencia abierta los expone al estigma de la “obstaculización” ante una sociedad impaciente, mientras que el alineamiento total acelera su mimetización con la agenda gubernamental.

                     El peligro inminente para la UCR no es la desaparición física, garantizada por su notable despliegue territorial, sino su irrelevancia conceptual.

                     La histórica pregunta “¿qué representa la UCR?” dejó de tener una respuesta evidente. ¿Es socialdemócrata? ¿Es liberal? ¿Es republicana por encima de todo? ¿Es una fuerza de centro? ¿Es una confederación de partidos provinciales que negocian su posición de acuerdo con las circunstancias?

“La pregunta clave es: ¿para qué existe hoy la UCR? Porque si sólo es una versión moderada de LLA, el votante preferirá el original y no la copia”

                     Tal vez sea un poco de todo eso. Y precisamente allí reside el problema. La política admite pragmatismo, pero un partido sin principios reconocibles termina convirtiendo el pragmatismo en identidad. Y cuando todo puede ser negociado, también puede ser sustituido.

                     La paradoja es que la UCR conserva muchos de los atributos que alguna vez constituyeron su fortaleza: presencia territorial, dirigentes experimentados, una historia centenaria y una estructura partidaria extendida.

                     Lo que parece haber perdido es aquello que permitía transformar esos recursos en una oferta política nacional. El radicalismo no necesita volver al pasado. Nadie puede reconstruir la Argentina de Yrigoyen ni la de Alfonsín.

                     Pero sí debería recuperar una pregunta que parece haber quedado extraviada: ¿para qué existe hoy la UCR?

                     Porque una cosa es modernizar una identidad y otra muy diferente abandonarla.

                     El mercado puede formar parte de una concepción radical moderna. La responsabilidad fiscal también. La iniciativa privada, la competencia y la apertura económica no son incompatibles, en sí mismas, con una democracia social.

                      Pero si esas ideas aparecen desprovistas de la tradición republicana, igualitaria y progresista que históricamente distinguió al radicalismo, la UCR corre el riesgo de convertirse simplemente en una versión moderada de la LLA. Y nadie vota a una copia cuando puede votar al original.

                     Aquel viejo partido de masas que nació para democratizar la república corre el riesgo de transformarse de forma definitiva en una federación de administradores provinciales, eficaces para retener el poder local pero despojados de la vocación colectiva de modelar el destino de la nación.

                     Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

 

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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