
GEORGIEVA EN EL GABINETE
“El PBI lo mide casi todo, menos aquello que hace que la vida valga la pena”
(Robert F. Kennedy, 1968)
***La estabilidad económica es indispensable, pero no suficiente. La visita de Kristalina Georgieva reabre una pregunta que trasciende los indicadores macroeconómicos: ¿para quién gobierna un gobierno cuando las planillas de Excel no logran llenar la heladera de las familias? Es una pregunta oportuna, ante la participación de la directora del FMI en la reunión de gabinete del gobierno argentino.
La visita de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, dejó una imagen que trasciende el protocolo. No solo se reunió con el presidente Javier Milei: participó de una reunión del gabinete nacional, el ámbito donde se coordinan las decisiones estratégicas del Gobierno.
Habrá quienes interpreten esa presencia como una señal de confianza internacional hacia la Argentina. Es una lectura posible.
Pero también habilita otra. El Fondo Monetario no es un observador neutral de la economía mundial. Es el principal acreedor externo de la Argentina. Su función consiste en prestar dinero y asegurarse de que ese dinero sea recuperado.
Esa es la lógica de cualquier acreedor y, en sí misma, no merece reproche alguno. Precisamente por eso condiciona sus préstamos al cumplimiento de metas fiscales, monetarias y financieras.
Lo novedoso no son esas condiciones, sino la imagen de la directora del organismo participando de la mesa donde se deliberan las principales decisiones del Gobierno.
Durante décadas se habló en la Argentina de un supuesto “cogobierno” del Fondo. Era una expresión utilizada para describir la influencia que los acuerdos con el organismo ejercían sobre las políticas económicas de distintos gobiernos. Una influencia muchas veces denunciada, otras relativizada, pero casi siempre ejercida con discreción.
La escena de esta semana parece correr ese velo. No porque el Fondo gobierne la Argentina, afirmación tan exagerada como difícil de demostrar. Pero sí porque el propio Gobierno decidió exhibir una cercanía institucional inédita entre el principal acreedor del país y la mesa donde se toman las decisiones políticas más importantes.
Los símbolos importan. Y en política suelen comunicar tanto como las palabras.
“Toda democracia tiene un solo mandante: su pueblo. Todo acreedor tiene un solo interés: cobrar. El desafío consiste en no invertir ese orden de prioridades.”
Cumplir las obligaciones financieras del Estado fortalece la credibilidad de un país. Pero un gobierno democrático tiene responsabilidades que van mucho más allá de honrar sus deudas.
El Fondo responde a la lógica de un acreedor: reducir riesgos y garantizar el recupero de los préstamos. Un gobierno democrático responde a otra lógica: preservar la estabilidad económica sin perder de vista el empleo, los salarios, la movilidad social y las condiciones de vida de quienes lo eligieron.
Paradójicamente, fue la propia Kristalina Georgieva quien introdujo el elemento más revelador del debate. Después de destacar la reducción de la inflación, la recuperación de las reservas y el ordenamiento macroeconómico, reconoció que esos avances todavía no llegan plenamente a las familias y que el crecimiento debe traducirse en una mejora concreta del bienestar.
La observación no deja de ser llamativa. Porque pone en evidencia una realidad que los argentinos experimentan desde hace tiempo. La inflación baja. Pero la heladera no siempre se llena.
Durante meses hemos discutido la inflación como si fuera el único indicador capaz de definir el éxito o el fracaso de una política económica. Sin duda, reducirla era una condición indispensable. Ningún país puede desarrollarse con una moneda que pierde valor todos los días.
“La inflación baja puede ordenar la economía. Pero el verdadero éxito comienza cuando ese orden también mejora la vida cotidiana de las personas.”
Los argentinos no hacen las compras con el índice de inflación. No pagan las cuentas con el superávit fiscal. No alimentan a sus hijos con las reservas del Banco Central. La economía real se juega en el salario que alcanza o no alcanza, en el empleo que aparece o desaparece y en la posibilidad de llegar a fin de mes sin endeudarse para comprar alimentos.
A ello se suma un cambio estructural que suele pasar inadvertido. Los sectores que hoy impulsan el crecimiento argentino -la energía, la minería y la economía del conocimiento- generan inversiones, productividad y divisas, pero demandan relativamente poca mano de obra. Son actividades intensivas en capital y tecnología.
Pueden mejorar la macroeconomía sin producir, por sí solas, un aumento significativo del empleo ni del poder adquisitivo de la mayoría.

Por eso, la vieja teoría del “derrame” encuentra crecientes dificultades para verificarse. El desafío ya no consiste solamente en crecer, sino en lograr que ese crecimiento llegue efectivamente a la vida cotidiana de las personas.
“Lo dijo el presidente: el Banco Central no podrá transferir un solo peso al Tesoro para gastos del Estado, “salvo para pagar deuda pública”
Al final, toda política económica desemboca en una pregunta mucho más profunda que cualquier indicador macroeconómico: ¿Para quién gobierna un gobierno?
Si la respuesta termina siendo únicamente los mercados, los acreedores o las planillas de cálculo, la democracia pierde parte de su sentido.
Si la respuesta sigue siendo las personas, entonces la estabilidad económica deja de ser un fin y recupera su verdadero valor: convertirse en una herramienta para mejorar la vida de quienes depositaron su confianza en las urnas.
La respuesta parece estar en el entrelíneas del mensaje presidencial del jueves por la noche, respecto a la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central.
Dijo Milei que los beneficios que se generen en la entidad no podrán transferirse al Tesoro para financiar gastos del Estado, “salvo para cancelar deuda pública”.
Con ello está todo dicho. El gobierno gobierna para el FMI. Georgieva puede irse tranquila.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
