
RACISMO
“La superioridad moral suele ser el disfraz más elegante de la soberbia”
Aforismo
***La Argentina tiene defectos suficientes como para no necesitar que le inventen otros. Pero cuando algunos de los países que escribieron los capítulos más oscuros de la discriminación humana pretenden darnos lecciones definitivas sobre convivencia, conviene recordar una vieja verdad: Quién se cree moralmente superior no acompaña: vigila. No escucha: sentencia. No transforma: impone.
¿Es Argentina un país racista? No. ¿Existe racismo en la Argentina? Sí. Pareciera una contradicción, pero no la es. La discriminación tiene múltiples caras, el racismo es una de ellas.
El derecho antidiscriminatorio y la sociología distinguen, entre otras: xenofobia (rechazo al extranjero), clasismo, discriminación religiosa, por orientación sexual e identidad de género, por discapacidad, por edad (edadismo), por género, por aspecto físico o “corporalidades”, y la discriminación ideológica o política.
Durante el Mundial, Argentina volvió a sentarse en el banquillo de los acusados. El cargo: racismo.
Celebridades, artistas, influencers y comentaristas de distintos países se sumaron a una suerte de tribunal global que, con la velocidad característica de las redes sociales, resolvió que los argentinos somos, poco menos, una anomalía moral del planeta.
Entre quienes amplificaron esa visión aparecieron figuras de enorme influencia internacional, como el actor estadounidense Samuel L. Jackson o la cantante española Rosalía.
“La hipocresía del acusador no vuelve inocente al acusado; simplemente vuelve sospechoso el juicio”
No se trata de discutir su derecho a opinar. Lo tienen, como cualquiera. El problema es otro: la facilidad con la que una opinión emitida desde la fama puede convertirse en una verdad aceptada sin matices ni contexto. Porque una cosa es condenar una expresión discriminatoria -y corresponde hacerlo- y otra muy distinta es convertir a una sociedad entera en objeto de sospecha colectiva.
Lo llamativo es que buena parte de estos fiscales culturales provienen de países que arrastran algunas de las historias más pesadas de racismo, colonialismo y xenofobia de la humanidad. Países que construyeron imperios sobre la explotación de otros pueblos, que practicaron la esclavitud durante siglos, que institucionalizaron la segregación racial o que todavía enfrentan graves conflictos vinculados a la inmigración y la discriminación.
Sin embargo, pocas veces parecen dispuestos a someter su propia historia al mismo juicio implacable que aplican sobre una canción de cancha, un festejo desafortunado o un episodio aislado ocurrido a miles de kilómetros de distancia.
La asimetría moral aparece, aquí, con toda su carga de doble vara, que persiste en encontrar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Los datos disponibles ofrecen una imagen bastante menos dramática que la difundida por las redes sociales. La Encuesta Mundial de Valores, uno de los relevamientos internacionales más importantes sobre tolerancia y convivencia, ubica habitualmente a la Argentina entre las sociedades relativamente abiertas hacia personas de distinto origen racial o nacional.

No aparece entre los países con mayores niveles de rechazo al diferente. Más bien sucede lo contrario. Ello no significa que no existan expresiones racistas en nuestro país. Existen y deben ser combatidas. Nuestros vecinos, el “bolita” y el “paragua” lo saben, y ello debe ser objeto de condena y erradicación.
Pero reconocer un problema no obliga a aceptar una caricatura. De hecho, los estudios sobre discriminación realizados en la Argentina muestran una realidad más compleja.
“Lo que en Europa y los Estados Unidos fue doctrina de expansión, en América Latina fue idioma de independencia”
El fenómeno existe, pero no encaja cómodamente en la simplificación que hoy circula por el mundo. Hay algo más profundo detrás de esta discusión. Algo que excede al fútbol.
Da la impresión de que ciertos sectores internacionales observan con incomodidad cualquier manifestación de orgullo nacional proveniente de los países periféricos.
Aunque la mayoría de los estados europeos no recopilan datos sobre la discriminación racial, algunos informes dan una idea de la magnitud del problema.
Según lo expresa Dunja Mijatovic, comisaria de Derechos Humanos del Consejo de Europa, una encuesta de la autoridad independiente Defenseur de Droits (Defensor de los Derechos) mostró que los jóvenes de ascendencia árabe y africana tenían 20 veces más posibilidades de ser detenidos y registrados que cualquier otro grupo masculino.
Se han identificado problemas similares en otros países, incluídos Bélgica, Dinamarca, Chipre, Irlanda, Italia, España y el Reino Unido, según Equinet, la Red Europea de Organismos de Igualdad. Los “sudacas” en España pueden dar testimonio.
Cuando el nacionalismo nació en Europa, sirvió muchas veces para construir imperios, expandir fronteras y justificar dominaciones. Cuando apareció en América Latina, fue frecuentemente una herramienta para resistirlas.
Por eso resulta curioso que algunos europeos o norteamericanos interpreten toda expresión de identidad nacional a través de sus propios fantasmas históricos. Lo que para ellos evoca expansionismo, para nosotros suele remitir a independencia. Lo que para ellos recuerda dominación, para nosotros recuerda emancipación.
Quizás por eso el fútbol funcione apenas como una excusa. Lo que realmente parece irritar a algunos observadores no es una canción ni un festejo. Es la persistencia de una identidad colectiva que no solicita autorización externa para existir.
La hipocresía contemporánea ya no consiste en ocultar los propios defectos. Consiste en exhibir una superioridad moral que evita hablar de ellos. Y las celebridades globales se han convertido en los sacerdotes de esa nueva religión secular. Reparten certificados de virtud desde sociedades que todavía conviven con problemas que jamás aceptarían que otros utilizaran para definirlas por completo.
“Ese orgullo sin permiso es, probablemente, la verdadera acusación que el tribunal internacional no perdona”
La Argentina no necesita declararse inocente de todos sus defectos. Ninguna sociedad lo es. Pero tampoco tiene por qué aceptar que la juzguen mediante estándares que sus propios acusadores jamás aplican sobre sí mismos.
Quizás lo que de verdad molesta no sea el racismo argentino, sino la desobediencia argentina: la de un país que pierde una final y, en lugar de pedir perdón por existir, canta.
Que no necesita el certificado de buena conducta de Londres, París o Nueva York para sentirse orgulloso, ni en la victoria ni en la derrota. Ese orgullo sin permiso es, probablemente, la verdadera acusación.
Y frente a eso, la única respuesta razonable es la misma que valdría puertas adentro: examinar los propios prejuicios sin necesitar que nadie más los señale primero y sin esperar tampoco a que nadie más nos absuelva.
Durante siglos, los imperios enviaban soldados, funcionarios o administradores para disciplinar a las periferias. En el siglo XXI envían influencers, artistas y celebridades. Ya no desembarcan con banderas. Llegan con lecciones morales.
El método cambió. La pretensión de superioridad, bastante menos.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
