
FUTBOL Y POLÍTICA
“Un buen líder no es un buscador de consensos, es un moldeador de consensos”
Martin Luther King Jr.
***Mientras la Selección demostró que es posible construir desde la ejemplaridad, el respeto mutuo y la cohesión, la dirigencia política insiste en perpetuar liderazgos tóxicos basados en la fractura permanente. Una mirada sociológica sobre la paradoja de un pueblo que sabe unirse en la pasión futbolera pero que se sumerge en las trincheras que abre la política.
Casi avergonzadamente me atrevo a contradecir al maestro Jorge Luis Borges, cuando dijera “El fútbol es lo único que le importa un carajo a la gente seria”.
Cada cuatro años, el Mundial vuelve a recordarnos algo que solemos olvidar cuando regresamos a la rutina de nuestras discusiones cotidianas: el fútbol es mucho más que un deporte. Es una pasión colectiva capaz de atravesar fronteras geográficas, culturales, económicas e ideológicas.
En esos días, el planeta pareció regirse por una lógica distinta. La emoción desplaza a la razón. Y acaso allí radique una de las claves de su enorme poder convocante. Porque la verdadera igualdad no se produce en el terreno de las ideas, donde inevitablemente aparecen diferencias, intereses y conflictos. La verdadera igualdad ocurre en el territorio de las emociones, donde todos celebran, sufren, esperan o se decepcionan de la misma manera.
En la Argentina, este fenómeno adquiere una intensidad singular. El fútbol posee una capacidad casi milagrosa para disolver fronteras internas. Disuelve las identidades partidarias, las posiciones ideológicas y las pertenencias sectoriales. Todos se abrazan por una misma camiseta.
Entonces surge una pregunta inevitable: si somos capaces de tirar tan decididamente para un mismo lado cuando juega la Selección, ¿por qué resulta tan difícil hacerlo cuando se trata de construir un proyecto común como sociedad?
La respuesta no es sencilla. Pero probablemente tenga que ver con una vieja verdad que resume el refrán: lo que natura non da, Salamanca non presta. El fútbol no puede darle a la política aquello de lo que ésta carece.
Son universos distintos, gobernados por lógicas diferentes. El primero moviliza emociones compartidas; la segunda administra intereses, distribuye poder y procesa conflictos. Pretender que ambos funcionen de la misma manera sería un error.
La historia argentina ofrece ejemplos elocuentes. Prácticamente todos los presidentes intentaron, en mayor o menor medida, apropiarse de los éxitos deportivos para obtener beneficios políticos. Y no lo lograron El entusiasmo popular por un campeonato raramente se transforma en adhesión política duradera.

Los ciudadanos suelen comprender intuitivamente esa diferencia. Saben que una victoria deportiva puede producir felicidad colectiva, pero no resuelve los problemas que preocupan todos los días. El bolsillo, la seguridad, la educación o la salud siempre estarán esperando a que termine el partido.
Sin embargo, sería un error concluir que el fútbol no tiene nada que enseñarle a la política.
La Selección Argentina de Lionel Scaloni constituye, precisamente, un ejemplo interesante para observar. No sólo por los títulos obtenidos, que son extraordinarios, sino por la forma en que fueron conquistados.
Este equipo logró representar valores poco frecuentes en ámbitos de altísima competencia: humildad, trabajo colectivo, disciplina, respeto mutuo y una notable ausencia de protagonismos destructivos.
Scaloni construyó liderazgo sin estridencias. Nunca necesitó gritar para imponer autoridad. Condujo desde el ejemplo, la coherencia y la serenidad. Messi, a pesar de haber sido puesto en el olimpo de los dioses, lo consiguió a través de la perseverancia, la humildad y una conducta consistente durante años.
Los integrantes de esta Selección siguen a sus líderes porque perciben autenticidad. Porque reconocen autoridad moral además de capacidad profesional.
No es una enseñanza menor.
La política argentina, especialmente durante este siglo, ha transitado un camino bastante diferente. Han predominado liderazgos construidos sobre la confrontación permanente, la división sistemática y la necesidad de identificar adversarios convertidos casi en enemigos. La lógica de la grieta terminó transformándose en una herramienta de acumulación de poder.
El problema es que los liderazgos que dividen pueden resultar eficaces para ganar elecciones, pero rara vez sirven para construir comunidades más cohesionadas.
La Selección demuestra que también existe otra forma de liderar. Una forma basada en la confianza antes que en el miedo; en la convocatoria antes que en la exclusión; en la ejemplaridad antes que en la agresión.
No se trata de idealizar al fútbol ni de exigirle a la política que funcione como un vestuario. Son realidades distintas y seguirán siéndolo. Pero tampoco conviene ignorar ciertas lecciones que surgen de experiencias exitosas.
Quizás sea demasiado optimista esperar que la dirigencia política aprenda de Scaloni o de Messi. Sin embargo, la esperanza sigue siendo un patrimonio que conviene preservar.
Porque si once jugadores lograron convencer a millones de argentinos de que es posible empujar para el mismo lado, no parece una utopía imaginar que algún día la política también pueda intentarlo.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
