#COLUMNASIMONETTI épica ESPERANZA

EL LARGO CAMINO DE LA ESPERANZA ESQUIVA

DATO MATA RELATO

“La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, la esperanza sobe lo que ignoramos, que es todo”

Maurice Maeterlinck, escritor belga

***Las apuestas del gobierno, casi todas, son a futuro. Necesita para ello que la esperanza de la sociedad se mantenga en niveles altos. No es lo que se advierte ni lo que indican los números. Crece el número de los pesimistas. Milei necesita que la economía de carne y hueso, la de los ciudadanos de a pie, detenga su caída. Caso contrario, será difícil despegar en los próximos meses. Cruzamos los dedos para que estemos mejor.

                   Todo gobierno tiene un relato, necesita tenerlo. El relato es la épica de una gestión, sin la cual los ciudadanos difícilmente adhieran de manera decisiva a un determinado rumbo.

                   Lo tuvo el kirchnerismo, lo tiene el mileísmo. Es ésa explicación, parte realidad-parte ficción, de aquello que nos ocurre. Sin relato, la política oficial sería un cuerpo sin alma, una mera administración burocrática.

                   Sin embargo, la cuestión principal, el nudo gordiano del relato, es el porcentaje de coincidencia con la realidad, cuánto del mismo es literatura motivadora y cuánto es contexto fáctico.

                   Si el porcentaje mayor está acorde con los hechos, tendremos el siguiente panorama: dato explica el relato. Si es puro “verso” (como decimos los argentinos), en cambio, será: dato mata relato.

                   En medio de ambas lecturas extremas, hay otra manera de falsificar los hechos o, por lo menos, de matizarlos: hacer decir a los datos lo que éstos no dicen. La famosa interpretación de los índices. La mitad del vaso lleno, o vacío.

                   La pregunta que aquí cabe es, ¿de qué manera los ciudadanos de a pie nos damos cuenta de si el relato gubernamental es falso, parcial o totalmente, o si es el reflejo de la realidad? La única: la de la realidad de cada uno, la propia, la de tu vecino, la del barrio, y, por qué no, la “sensación térmica” que percibimos.

“Para sostener su relato, el gobierno necesita que algunos buenos números de la macro, comiencen a permear hacia la micro, es decir hacia la economía de carne y hueso”

                   Si recurrimos a frases que están en la historia reciente, podremos preguntarnos: ¿estamos bien y vamos  mejor? ¿estamos mal pero vamos mejor? ¿estamos mal y vamos peor?

                   Para colmo, el de Javier Milei es un gobierno que no ayuda a la ciudadanía con una carta de navegación, una brújula, un método confiable para analizar la realidad.

                   En primer lugar, la grandilocuencia libertaria siempre es sospechosa. El mejor ministro de economía de la historia, la mejor administración en cien años, el tercer hombre más importante en el mundo. Todo grande, todo apocalíptico.

                   Festejan un buen número, como el repunte de la actividad económica en el mes de abril o la baja de la inflación, como un gol en la final del mundial, pero callan o interpretan benignamente el derrumbe del consumo.

                   Los que somos ignorantes o cuasi ignorantes del academicismo económico, tenemos que arreglarnos con la observación y la lectura. Y, como la economía no es una ciencia exacta, muchas veces la interpretación vulgar tiene más precisión que la interpretación técnica de los economistas, que erran en los pronósticos más que los meteorólogos.

                   ¿Cuántas veces escuchó decir a Milei o a Toto Caputo, que los siguientes 18 meses, o los próximos cincuenta años, o el mes que viene, o…, serán los mejores? Yo, muchas veces, ya perdí la cuenta.

                   Nuestro presidente estaría más cómodo en el mundo del debate económico que presidiendo un país. Todo lo sabemos. Lo preocupante es cuando, entusiasmado por el último libro que leyó, comienza a gestionar de manera delirante.

“No son buenos números los que indican que el pesimismo sobre un futuro mejor comienza a crecer de manera alarmante”

                   En una reunión de gabinete del mes de mayo, se apareció con el libro “La teoría del caos”, escrito por el economista estadounidense Robert P. Murphy, repartiendo un ejemplar para cada miembro del gabinete.

                   En el texto de la obra, se plantea la viabilidad de una sociedad sin Estado, regida exclusivamente por un sistema de seguros privados, que asumirían la provisión de justicia, seguridad, defensa, educación, salud. Anarcocapitalismo al palo, un delirio.

                   Lo verdaderamente desconcertante es que no estamos yendo hacia un estado mínimo (minarquismo) y menos a la sociedad sin estado (anarcocapitalismo). Todo lo contrario. Hay cada vez más concentración de poder y mayor intervencionismo en áreas clave. Haz lo que yo digo, no lo que hago.

                   La actuación del Banco Central, que debe ser el organismo número uno a desaparecer en la teoría libertaria, es decisiva en la administración Milei. El gobierno interviene en las condiciones de la economía, fija las tarifas de los servicios públicos, controla las paritarias salariales. Mayor intervencionismo no se consigue.

                   ¡Ah, eso sí! El precio de las hamburguesas lo establece el mercado, también el de las entradas al cine, y el de la leche, el pan, el arroz. Por eso están ¡pum para arriba!

                   Podría explicarme Ud., señora, señor, si las condiciones de la macroeconomía son tan geniales, ¿por qué razón, causa o circunstancia, no permean hacia la microeconomía, la economía de carne y hueso, la economía de la gente?

“Si es cierto que la esperanza es lo último que se pierde, crucemos los dedos para que comencemos a recuperarla”

                   Un partidario oficialista podría atribuirlo a la pesada herencia recibida, que no se puede arreglar en dos años y medio lo que destruyó en cien años, que falta tiempo, que en quince años estaríamos como en Suiza y en los siguientes cincuenta como Finlandia.

                   No tenemos tanto tiempo los humanos, vivimos el hoy, nos sacrificamos en el presente para vislumbrar esperanza hacia el futuro. Y es lo que comienza a escasear, la esperanza de un mejor futuro.

                   Según el último relevamiento de la consultora Worldpanel by Numerator, publicado por Clarín, las expectativas por un mejor futuro bajaron drásticamente. Por dar un número: hace un año, el 48% de las personas esperaba una mejora en sus finanzas personales, hoy ese optimismo cayó drásticamente al 31%.

                   Según el mismo matutino: “la profundidad de la crisis es tal que NielsenIQ detectó contracciones preocupantes incluso en productos de la canasta básica e indispensable, reportando caídas generalizadas en las ventas de arroz, azúcar, yerba, leches, harinas, fideos secos y productos de papel tissue”.

                   Otra encuesta, la de la Universidad de San Andrés, publicada en Infobae. El 44% de los consultados considera que la situación del país empeorará durante el próximo año, frente a un 26% que espera una mejora.

                   La esperanza es el motor invisible que impulsa el esfuerzo y la perseverancia. Si comienza a escasear, el problema deja de ser económico para convertirse en un problema social.

                   Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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