
ANGURRIA
“Los marcos preventivos anticorrupción necesitan fortalecerse: los regímenes de declaraciones patrimoniales presentan verificación limitada, baja transparencia, publicación demorada y aplicación desigual”
FMI, informe Argentina mayo 2026
***La corrupción pública suele analizarse como un fenómeno homogéneo, una suerte de matriz única dónde el único factor variable es el monto de lo saqueado. Error de apreciación. Así como mutan los procesos políticos y alumbran nuevas faunas dirigenciales, el modo de asaltar las cajas del Estado también se renueva. Hoy tiene la cara del saqueo voraz de los hambrientos.
Días pasados leí un artículo periodístico dónde se señalaba que la sociedad había levantado su vara moral como consecuencia del gobierno de Javier Milei. ¿Es así?
A veces, los periodistas quedamos, voluntariamente o no, presos de nuestros propios sesgos, creemos en algo que queremos que suceda pero que está lejos de suceder.
Realmente, ¿piensan Uds. que los libertarios han hecho el milagro de levantar la métrica moral de la gente respecto a sus gobernantes? ¿hay más exigencia social? ¿se perdona menos la corrupción pública?
En primer lugar, no creo que el gobierno de Milei haya hecho méritos suficientes para trasmitir moralidad hacia abajo. Más bien, quedó sólo como el discurso oportunista del poder, que yace en el canasto de los papeles inútiles.
Segundo: el periodista no señala parámetros concretos de la pretendida elevación social de la vara moral.
“La corrupción es el mal endémico de la Argentina, que carcome el tejido social. Más aún, cuando, como ahora, se promete moralidad y se hace lo contrario”
Para tener algún valor mensurable, lo más aproximado es el Índice de Percepción de la Corrupción, elaborado anualmente por Transparencia Internacional. Este índice evalúa los niveles percibidos de corrupción en el sector público de cada país, asignando una puntuación en una escala de 0 (altamente corrupto) a 100 (muy transparente).
El diagnóstico de los especialistas: en la última medición, en 2026, Argentina obtuvo 36 puntos, cayendo cinco lugares en el escalafón mundial (104 sobe 182 países). El país se ubica hoy considerablemente por debajo del promedio de las Américas (42 puntos).
Significa ello que, en el tercer año del gobierno de Javier Milei, la percepción es que hay mayor corrupción. Las razones de ello, según Poder Ciudadano (capítulo local de Transparencia Internacional), principalmente son tres:
- Falta de interés gubernamental en construir o robustecer una agenda sistemática de transparencia y control preventivo de la corrupción dentro de la administración pública.
- Escándalos específicos sin respuesta contundente: #Libra, Andis, Adorni, etc.
- Hostilidad hacia los contrapoderes, lo que penaliza severamente la calidad democrática del país.
La corrupción no siempre nace del mismo lugar. No tiene una única psicología, ni responde siempre al mismo mecanismo político.
Hay corrupciones organizadas como un sistema de poder, corrupciones administradas como un método de construcción política y corrupciones improvisadas, ansiosas, casi desesperadas, propias de quienes llegan al Estado como quien entra por primera vez a un supermercado después de años de privaciones.
“La corrupción estructural del kirchnerismo, la confusión de intereses del macrismo, y la oportunista del mileísmo son, en última instancia, tres cepas del mismo virus”
La Argentina ha conocido todas sus variantes. Que se distribuyen en, al menos, tres grandes tipologías que conviene distinguir con precisión.
La primera es la corrupción estructural, el modelo kirchnerista por antonomasia. No se trata aquí de funcionarios que delinquen por su cuenta y riesgo, aprovechando una oportunidad o cediendo a una tentación. Estamos ante una organización, ante una arquitectura del delito meticulosamente diseñada.
Hay jerarquías, hay intermediarios, hay porcentajes sobre la obra pública que se liquidan con la puntualidad de un convenio colectivo de trabajo. Los cuadernos del chofer Centeno no son la excepción; son el manual de procedimientos de un sistema que funcionó durante años con la eficiencia que nunca tuvo la administración pública. Es la corrupción como política de Estado. La más grave, porque institucionaliza el delito.

El resumen podría ser así: el kirchnerismo no tuvo funcionarios corruptos, tuvo corrupción con funcionarios.
La segunda es la corrupción de pertenencia, la del ciclo macrista. Aquí el dolo no siempre es explícito ni la intención necesariamente delictiva. Es algo más sutil y por eso mismo más difícil de perseguir judicialmente, aunque no menos dañina en sus efectos sobre el Estado de Derecho.
Es la puerta giratoria entre el sector privado y el público; es el directivo de una empresa regulada que pasa a regular su propio sector; es el amigo que gana la licitación; es el primo que construye la obra. Es la incapacidad congénita de separar lo propio de lo ajeno cuando lo ajeno es el patrimonio del Estado.
En pocas palabras: en el macrismo, se diluyó la frontera entre lo público y lo privado.
La tercera es la que me ocupa hoy con particular atención, porque es la más novedosa en su expresión aunque tan antigua como el poder. Es la corrupción de los nuevos, la de los libertarios, la voracidad de los que llegaron con hambre acumulada.
No es la del jerarca que organiza un sistema ni la del empresario que confunde sus intereses con los del Estado. Es una voracidad visceral, casi animal, que se desata al verse repentinamente ante las llaves de la tesorería.
“Los nuevos corruptos no tienen paciencia para la organización. Se abalanzan sobre los manjares del Estado, como si fuera la última cena”
El fenómeno no se traduce en sofisticados entramados financieros internacionales, sino en el desquite inmediato de las carencias del pasado. Se manifiesta en la desesperación por obtener créditos privilegiados, en la impudicia de utilizar los recursos del Estado para saldar deudas personales que arrastraban desde sus vidas civiles precarizadas, y en el acceso frenético a lujos exprés que antes les estaban vedados.
Observar la conducta de estos “nuevos” en la gestión pública es asistir a un espectáculo de rapiña desordenada. Carecen de los modales y de la prudencia de la vieja política; se abalanzan sobre los contratos, los nombramientos de parientes y las cajas chicas con la ansiedad del náufrago que encuentra un botín en la playa. Es el síndrome del muerto de hambre que confunde la administración de la cosa pública con una mesa de bufet libre donde hay que llenarse los bolsillos antes de que apaguen la luz.
La síntesis podría ser: no roban para construir poder, roban para saldar frustraciones. El estado convertido en supermercado emocional de consumos postergados.
La tragedia es que el Estado argentino, devastado por décadas de saqueo, ya no distingue demasiado entre unas corrupciones y otras. Todas terminan produciendo el mismo efecto: descreimiento, cinismo social y destrucción de la confianza pública.
Cambian las formas, cambian los modales, cambian los discursos morales. Pero las cajas siguen abiertas.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
