#COLUMNASIMONETTI Cristina Kirchner intento de magnicidio

APAGAR EL FUEGO CON NAFTA

INTENTO DE MAGNICIDIO

“La convivencia democrática se ha quebrado por el discurso de odio que se ha esparcido desde diferentes espacios políticos, judiciales y mediáticos”

Presidente Alberto Fernández

*El intento de magnicidio contra la vicepresidenta, ha puesto una pesa casi insoportable para un país que ya se encuentra aplastado por la disolución de las instituciones y una crisis económica gravísima. Para colmo, el presidente no tiene el tino de conducir con prudencia la situación.

*No es echando culpas hacia terceros, decretando feriados inexplicables ni promoviendo movilizaciones, cómo el gobierno promoverá la paz social.

*Sólo los que apuestan a la anarquía se benefician con situaciones extremas como ésta.

                          El intento de magnicidio en contra de la vicepresidenta de la Nación, Cristina Kirchner, es objeto de repudio general. No puede ser de otra manera. Nos adherimos fervientemente, rechazando la violencia en cualquiera de sus formas.

                          Sin embargo, un hecho de extrema peligrosidad, sin antecedentes en el país, que debería haberse constituido en un catalizador de voluntades hacia un camino de paz y concordia, ha sido malversado principalmente por el primer mandatario.

                          Su mensaje debió ser claro y concreto, colocándonos a todos los argentinos de bien, sin distinción de banderías, de un mismo lado, el de paz y la institucionalidad. El dramático momento lo exigía, era un campo fértil para sembrar la semilla virtuosa del entendimiento.

                          Pero no, en su discurso del viernes por la noche, a su alocución de repudio al atentado, prefirió mechar veladas acusaciones hacia terceros (la oposición, la justicia y la prensa), mezclándolos arteramente con el atentado sufrido por su jefa política.

                          A sus desafortunadas expresiones le agregó un insólito feriado para propiciar concentraciones políticas que suman para el lado de la confrontación. Todo mal lo de Alberto, como siempre.

                          Si se tratara de una pifia más, pasaría a formar parte de su antología de disparates. Pero la situación le imponía máxima discreción, y el presidente la desaprovechó, pasó por alto la prudencia que las circunstancias aconsejaban, para agitar, él mismo, las banderas del odio y la confrontación.

                          Luego de un hecho de inusitada gravedad, ingresó muy orondo al polvorín haciendo chispear un encendedor, quiso hacer frente al incendio portando un bidón con nafta, sabiendo que el país hoy necesita más bomberos que incendiarios.

                          Si era archisabido que, apenas sucedido el atentado, se desarrollarían con la velocidad de un rayo las teorías conspirativas, con sospechas entre unos y otros, flaco favor le hizo Alberto Fernández a la paz y a la tranquilidad públicas.

                          Para colmo, el acto partidario oficialista de Plaza de Mayo tuvo un mensaje disolvente. Alejandra Darín, la portavoza, proclamó “la unidad nacional, pero no a cualquier precio”, que equivale a un drástico “con nosotros o contra nosotros”, mientras atrás se escuchaba tronar a la multitud, “si la tocan a Cristina, que quilombo se va a armar”.

                          Hace tiempo que en la Argentina se ha fracturado la convivencia. Los odios políticos han llegado al paroxismo, poniendo a los argentinos de uno y otro lado de un espectáculo dónde se juega el futuro de nuestra propia institucionalidad. Los poderes no existen, la autoridad no está asegurada, cada uno librado a su propia suerte.

                          El odio en la Argentina es un sentimiento de última moda, que se manifiesta a cada momento y que se esparce por las redes sociales con una capacidad de contagio impresionante, que deja al coronavirus reducido a un resfriado de morondanga comparativamente hablando. El verbo, en modo social argentino, sería: yo te odio como tu me odias, nosotros los odiamos como ellos nos odian. Pero ¿cuál es su origen?

                          Tiene como razón y causa a la política. Es un odio que ha nacido y propagado desde arriba hacia abajo, desde el líder hacia las masas. Si el líder es autoritario, las masas tendrán comportamientos autoritarios, si el líder sigue la lógica de amigo-enemigo, las masas amarán a los iguales y odiarán a los distintos.

                          Es la naturaleza del cristinismo que, a diferencia del kirchnerismo, no es tanto un movimiento político sino una alienación de masas que replica las características psiquiátricas de su conductora.

                          En la tarea de reparto de culpas, debe quedar claramente establecido que los titulares del poder tienen mayor responsabilidad en el cuidado de la paz social. En este caso, es el presidente y la vicepresidenta, y de allí para abajo, custodiar la tranquilidad pública, escogiendo sus palabras con prudencia y sus conductas públicas con sensatez.

                          No puedo invitar a mi adversario a sentarse a la mesa de la concordia con un discurso agresivo. Es el método de este gobierno,  que ha hecho de la confrontación su modo de gestión, echando culpas hacia terceros de su propia ineficacia. Consecuentemente, cuando las papas queman y es necesario la colaboración del adversario político, no es el gobierno un interlocutor confiable.

                          En éstos últimos treinta días, todo el país ha sido puesto en vilo por la suerte judicial de la vicepresidenta. El gobierno mismo se convirtió en un agitador político, al cuestionar a la justicia y disolver la autoridad en el manejo de la situación. Muchos alertamos por su potencial descarrilamiento.

                          ¿Qué podría esperarse entonces? No digo un ataque artero como el sufrido por la vicepresidenta, pero estuvimos y estamos caminando por la cornisa de nuestra propia disolución como país, de nuestra paz, de nuestra institucionalidad. La violencia es la consecuencia lógica del peligroso silogismo que empecina al gobierno.

                          Quizás resulte redundante hablar de las responsabilidades funcionales de la custodia vicepresidencial, pero resulta patético presenciar el espectáculo de Recoleta con una lenidad manifiesta de los encargados de disolver potenciales situaciones peligrosas y de custodiar a Cristina. Muchos efectivos de la Policía Federal, ninguna medida de seguridad para con sus autoridades, propias de un país en serio.

                          Ella, diariamente, hacía sus apariciones repartiendo besos y saludos a sus acólitos, como si se tratara de una estrella de cine y no de la segunda autoridad de la nación. La custodia, era visible, nunca fue la adecuada, pero no tanto por impericia sino por decisión política.

                          La pregunta ahora es ¿cómo encarrilar la situación? Y la respuesta es simple, está en manos del gobierno, de nadie más. El oficialismo debe dejar que las instituciones funcionen, principalmente la justicia, no embarcarse en el juego peligroso de la anarquía, no organizar marchas políticas que tensen los ánimos, poner las cosas dónde la Constitución determina.

                          Probablemente, la causa Vialidad que debe continuar con los alegatos de la defensa sea suspendida. Un tiro más para el lado de la paralización institucional.

                          Descartando las teorías de uno y otro lado acerca de la responsabilidad del atentado, de una supuesta puesta en escena, de las conveniencias e inconveniencias políticas y judiciales para los protagonistas y víctimas de este desafortunado incidente, temo que los hechos puros y duros conocidos hasta ahora suman para el lado de aquellos que se benefician con el no funcionamiento de los poderes del estado.

                          El mensaje presidencial atribuyendo culpas, el inexplicable feriado, los bombos y movilizaciones, constituyen exactamente lo contrario de aquello que debería suceder en un país que padece las consecuencias de un intento de magnicidio. Es más, con ello sólo contribuyeron a abonar el ancho e intrincado campo de las suspicacias.

                          Si las instituciones fallan, falla la democracia, la república decae, y la nación se constituye en campo minado para las personas de bien. La situación de anarquía sólo beneficia a los delincuentes y a los que medran con ella. ¿Se saldrán con la suya?

                    Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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