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ESTE GOBIERNO SE AUTODESTRUIRÁ EN…

MISIÓN IMPOSIBLE

“Todavía queda un mes de batalla, yo quiero que se salve de la cárcel”

Hebe de Bonafini

*Recuperar este gobierno parece misión imposible. Camina hacia el precipicio de su fracaso. Su autodestrucción es cuestión de tiempo, como lo es la suerte judicial de su mentora. En su caída, tratan de arrastrarnos a todos.

**La escalada de violencia en los alrededores de Juncal y Uruguay, está dirigida y organizada por la propia autoridad nacional.

***No recuerdo que los argentinos alguna vez hayamos consentido atar nuestra suerte al carro de una persona, por más poderosa que ella fuera.

                          Que el objeto principal del gobierno de Alberto Fernández es “salvar” a Cristina, no es novedad para nadie. Que no lo está logrando, tampoco. Que están dispuestos a todo para que la justicia no actúe, menos. Y lo siguen demostrando.

                          Lo último que generaron es la pantomima de un 17 de octubre de cartón, una flaca pueblada encabezada por ministros y funcionarios de gobierno e integrada en su mayoría por militantes rentados, que no lavaron sus “patas” en la fuente de la Plaza de Mayo, sino que transitaron en sus zapatos por las selectas arterias de Recoleta.

                          No se trató de rescatar al coronel de su encierro político en la isla Martín García, sino de impedir la actuación de la justicia en causas por corrupción pública, parapetando el elegante departamento de Juncal y Uruguay.

                          Es que, tal como lo escribe Marx en su 18 de Brumario, “la historia se repite, la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

                          Y lo del copamiento de la esquina de Recoleta es la miserable farsa de un supuesto pueblo pidiendo por su conductora, que puede llevar, eso sí, a una gran tragedia colectiva teniendo en cuenta que quienes protagonizan los “alzamientos” e inducen a la violencia son quiénes, legalmente, deberían prevenirlos.

                          Cristina sabe que detrás de ella no está la razón, la ley, la justicia, sino una militancia cada vez más escuálida y un gobierno nacional que no gobierna sino juega a defenderla en sus causas penales. Un juego peligroso, porque demuestra un desentendimiento casi suicida del estado de derecho y del rol constitucional que debería cumplir.

                          Con Massa y las graves cuestiones económicas en segundo plano, la autodestrucción del gobierno parece un proceso ya imparable, una especia de “que se pudra todo”, que arrastrará como avalancha al país si Cristina no es “salvada” de una más que probable condena.

                          Nada es más importante hoy en Argentina, nada existe, nada debe ser objeto de atención de los responsables de gobernar el país más que el “operativo impunidad”, que comenzó con argucias legales y terminará, si es necesario, con un estado de anarquía y violencia que puede llevarnos puestos a todos.

                          Y en ese proceso, quienes primero caerán son los que hoy promueven una violencia jamás vista en el país, la violencia promovida desde el centro del poder, desde la autoridad misma, que disuelve su propio destino en el destino de una persona.

                          Tal vez debamos ponerles el precio justo a los movimientos de los Montoneros de escritorio, revolucionarios con las cajas del estado, cuya impronta no debiera derivar en cuestiones realmente graves para la tranquilidad pública. Están cómodos en sus sillones y no querrían perderlos.

                          Sin embargo, cuando la protesta callejera y la violencia no sólo es tolerada sino promovida por altos funcionarios gubernamentales, la omisión de la presencia estatal en el contralor de la seguridad ciudadana comienza a transitar por un andarivel cercano al precipicio del desgobierno.

                          Los argentinos pasamos por muchas instancias, desde los gobiernos democráticos hasta los golpes militares, desde presidentes que abandonaron el cargo obligados por revueltas populares hasta otros que se retiraron anticipadamente para conjurar una crisis.

                          Pero nunca tuvimos un gobierno que se desestabilice a sí mismo, que disuelva su propia autoridad, que de manera consciente y voluntaria abra la puerta a su propio cataclismo. Ya no sólo se trata de un presidente que ha abjurado del ejercicio de sus obligaciones constitucionales, sino de uno que resulta organizador de su propia violencia.

                          Da la impresión de que el kirchnerismo no tuvo nunca el objetivo principal de gobernar cuando ganó la presidencia, ello fue secundario. La de Néstor ha sido generadora de una formidable organización de canalización de fondos públicos hacia bolsillos privados y hacia la política. Las de Cristina, mantener la dinámica creada por su marido. La de Alberto, oficiar como tapadera de lo que sucedió antes.

                          Y en eso están, pero no les resulta fácil. El “cristinocentrismo” al que ha sido conducida toda la sociedad, dejando en segundo plano a los verdaderos problemas de los ciudadanos, no deja saldos neutros. O se salva ella o se salva la república, las dos no pueden, es una ecuación imposible.

                          El oficialismo sabe que recomponer la gestión de Alberto Fernández es misión imposible. El Frente de Todos, colocando el carro de Cristina por delante de los caballos del país, ha desatado un proceso de autodestrucción, con plena conciencia de que es imposible salvar la ropa en los próximos comicios, y que un estado de anarquía es lo único que podría salvar a la “jefa”.

                          La tendencia autodestructiva de las personas con esa patología psiquiátrica puede llevarlas al suicidio. El gobierno, conscientemente, ha puesto en marcha ese proceso, el de la propia destrucción, que sin dudas es una apuesta fuerte al suicidio, con la gran diferencia que en su caída puede arrastrar a la libertad, a la seguridad, a la justicia y a la propia república.

                          Ni el “supermassa” puede aliviar esa sensación de desgobierno, su impronta parece haber quedado a años luz, arrollado por un tren militante al borde del descontrol, cuya maquinista prefiere chocarlo a tener que saldar las cuentas pendientes con la justicia.

                          Mientras tanto, la inflación, la pobreza, la inseguridad, y todo aquello que nos está socavando el futuro, deben esperar su turno pacientemente, para cuando alguien en nuestro bendito país se decida gobernar con seriedad.

                          ¿Qué hará el gobierno y sus militantes si Cristina, tal como parece, resulta condenada? ¿Promoverán puebladas? ¿Dejarán sin protección a los jueces y a merced de las propias hordas oficialistas? ¿Desconocerán los fallos y negarán la fuerza pública para ejecutar las sentencias?

                          Las declaraciones de sus propios funcionarios, de piqueteros de alcurnia, de organizaciones adictas, de personajes de su propia historieta, no dejan lugar para la duda. No conciben la condena a Cristina, ellos ya la declararon impune y no sujeta a la autoridad judicial.

                          Pero, no están seguros de nada. El miedo se les nota, la pavura de un futuro incierto les invade. No saben ni si ellos mismos serán capaces de jugar al todo o nada por el futuro de la “jefa” o la dejarán en la estacada del desencanto. El tradicional apotegma peronista de “muerto el rey, viva el rey”, podría comenzar a hacerse espacio. Y Cristina lo sabe y quiere apurar la cosa.

                          Para el país, no cabe ninguna posibilidad más que mantener la vigencia de las instituciones cueste lo que cueste. Dejar que avance la impronta cristinista, sería el principio del fin de todo aquello que conocemos como un sistema civilizado de vida.

                          No podemos, no debemos, sujetarnos al carro de la soberbia, de la impunidad, del descontrol, de la clausura del estado de derecho.

                          La mecha de la autodestrucción está encendida, como en Misión Imposible, ya sólo es cuestión de tiempo. ¿Llegará alguien para apagarla?

                          Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

 

 

 

 

 

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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