
SOCIEDAD RESPONSABLE
“Democracia: cuántas cosas hemos hecho los hombres invocando tu nombre”
Jorge Eduardo Simonetti, “Las zonas oscuras de la democracia” (2020)
***La democracia liberal enfrenta una amenaza que ya no llega con uniformes militares ni con golpes de estado. Puede avanzar desde las urnas, mientras sus propios beneficiarios debilitan las instituciones. Pero la responsabilidad no es solamente de los líderes: también alcanza a los ciudadanos que los siguen incondicionalmente. Demasiados “seguidores”, pocos ciudadanos.
La pérdida de calidad democrática es un fenómeno que se repite con frecuencia en muchas naciones del mundo, nuestro continente no está exento.
Cuando sólo el ropaje es democrático, tiene un nombre: hipocresía democrática. Se la reivindica como principio abstracto, pero se relativiza cuando el poder está en manos de quién expresa nuestras preferencias políticas.
Abro el debate con un interrogante que formulo a los lectores: ¿cuál de estos factores incide principalmente para que un país, a pesar del voto, se vuelva antidemocrático: los dirigentes políticos, el gobierno, los periodistas, los jueces, los ciudadanos?
Yo les doy mi respuesta, la mía: los ciudadanos, nosotros. No es que el resto de la nómina esté exento de responsabilidad, es que el votante tiene el arma más poderosa para fortalecer pero también para debilitar el sistema. Es esto último lo que está sucediendo con llamativa frecuencia.
La paradoja es evidente: millones de personas manifiestan adhesión al sistema democrático y, al mismo tiempo, respaldan a dirigentes que atacan sus instituciones, descalifican adversarios o pretenden convertir su voluntad en la única razón de gobierno.
“El primer peligro de la democracia no es que sus ofensores la ataquen, sino que los ciudadanos naturalicen conductas del poder que la debiliten”
La democracia liberal sólo puede salvarse si hay demócratas suficientes para defenderla. La advertencia es sencilla e inquietante. El problema de nuestro tiempo no es que falten ciudadanos que se declaren demócratas, sino que abundan quienes, en nombre de la democracia, justifican comportamientos que la erosionan.
Durante mucho tiempo, el autoritarismo estuvo asociado a la ruptura violenta del orden constitucional. Hoy puede adoptar formas menos espectaculares y, por eso mismo, más difíciles de reconocer.
Los nuevos “erosionistas” llegan al poder mediante elecciones y, una vez instalados, avanzan sobre los controles institucionales, deslegitiman a la prensa, cuestionan a la Justicia y alimentan la polarización. No necesitan clausurar el Congreso ni suspender los comicios: pueden deteriorar la democracia desde adentro.
La Argentina ofrece ejemplos que merecen una reflexión sin anteojeras partidarias.
El kirchnerismo protagonizó prolongados enfrentamientos con medios críticos, en un clima que convirtió al periodismo en una trinchera política. En 2013, el proyecto de “democratización de la Justicia” impulsado por el gobierno de Cristina Fernández terminó con aspectos centrales invalidados por la Corte Suprema. Las reformas institucionales no deben juzgarse solo por sus objetivos declarados, sino también por sus efectos sobre la independencia judicial.

Años después, el gobierno de Javier Milei ofrece motivos distintos, pero también atendibles, de preocupación institucional.
“Un Congreso del “toma y daca”, jueces adictos al que manda, panegiristas del poder disfrazados de periodistas, son los elementos complementarios de una ciudadanía que vota una y otra vez por los autoritarios”
No sólo la utilización de herramientas de excepcionalidad como los DNU, que dejan al Congreso de lado en el legítimo ejercicio de sus atribuciones, sino además el constante ataque a la prensa y la descalificación continua del que piensa distinto, del adversario político.
También preocupa el trato dispensado a la prensa. FOPEA registró 278 ataques contra periodistas durante 2025, un récord desde el inicio de su monitoreo en 2008, y atribuyó 119 de esos episodios al presidente Milei.
Son datos que merecen atención más allá de la orientación editorial de los medios afectados. La libertad de prensa no es un privilegio de los periodistas: es una garantía ciudadana para conocer, cuestionar y controlar a quienes gobiernan.
En ambos casos, con diferencias de contexto, protagonistas y gravedad, aparece la misma pregunta: ¿estamos dispuestos a exigir a nuestros dirigentes el respeto de las reglas que reclamamos cuando gobiernan los otros? Y la pregunta decisiva: ¿estamos dispuestos a no votar a quiénes tienen un comportamiento antidemocrático?
Y la respuesta es no. Persistimos en practicar el “seguidismo” no obstante las pruebas que se nos aparecen a diario. Claro que, la conducta autodestructiva no es un componente aislado, también contribuyen a la misma la falta de opciones electorales.
Y, obviamente, nuestro país no es el único. Hasta en las democracias que consideramos avanzadas, caso de los Estados Unidos, sus votantes reincidieron en el voto a Trump, de triste recuerdo por el ataque al Capitolio. O Jair Bolsonaro, que protagonizó un episodio similar.
Esto tampoco significa confundir una política equivocada con una amenaza autoritaria. Como advierte la politóloga Susan C. Stokes, no hay que identificar los partidos que no nos gustan con aquellos que destruyen la democracia. La alternancia, el desacuerdo y la confrontación son inherentes al sistema. El problema comienza cuando se debilitan las condiciones que permiten competir en libertad y ejercer derechos sin represalias.
Obviamente que el Congreso con el “toma y daca” y la justicia, con demasiados jueces adictos al poder, aportan su cuota parte.
“Los gobernantes autoritarios tienen seguidores, nunca ciudadanos. Lo más preocupante es que esa dinámica se repite demasiado en los últimos tiempos”
Ni que decir de muchos hombres de prensa que, tras la fachada de “periodistas”, son verdaderos “panegiristas del poder”, que hasta se indignan cuando son puestos en evidencia.
“La democracia nace de la voluntad de la ley, se consolida con el cumplimiento de los estándares republicanos y se prolonga en el tiempo a través de la práctica social. Necesita de líderes democráticos, los autócratas sólo pueden generar seguidores, nunca ciudadanos”, dije en la obra de mi autoría citada más arriba.
Lamentablemente, en esta Argentina de hoy, está comprobado, hay demasiados “seguidores”, en ambos bandos, pocos ciudadanos, y ello constituye el núcleo de nuestras trincheras.
Ser ciudadano no exige neutralidad frente a los conflictos, sino coherencia frente a los principios. No alcanzan los discursos sobre democracia, hacen falta los comportamientos.
Ahora bien, cuando el fanatismo reemplaza al juicio crítico y la conveniencia partidaria se impone sobre los valores, la democracia puede conservar sus elecciones, sus discursos y sus rituales. Pero corre el riesgo de haber perdido, silenciosamente, una parte esencial de su razón de ser.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
