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CELAQUÍA

EL PODER ENFERMO

“La arrogancia desmesurada que suele aflorar en nosotros cuando hemos alcanzado cierto grado de poder, autoridad o superioridad, es el pecado de la “hybris”, una verdadera enfermedad, la enfermedad del poder”

Jorge Eduardo Simonetti, “Crítica de la Razón Idiota” (2018)

*La reunión de la Celac pasó con más pena que gloria. Maduro arrugó y no vino, Lula evitó reunirse con Cristina, Lacalle Pou definió a Argentina como Disneylandia. No se logró un solo acuerdo importante. Mientras tanto, la ONU formuló a nuestro país un fuerte reclamo por la independencia judicial. Un desgastado oficialismo se desliza por la pendiente, tanto en lo interno como en la política exterior.

**Massa ninguneó al Uruguay, tratándolo de hermano menor. Ni su carácter de hábil declarante lo salvó de las consecuencias de la “celaquía”, esa enfermedad que desconecta el cerebro de la lengua.

***Navegamos rumbo a una tormenta perfecta, con un no presidente que se parece demasiado a Francesco Schettino, el capitán italiano que huyó en bote mientras su barco se hundía con pasajeros adentro.

                          No, querido lector. No es un error. No le falta una “i” al título del artículo, no quise decir “Celiaquía”, que es una enfermedad intestinal consecuencia de una intolerancia inmunológica permanente al gluten que contienen la cebada, el centeno, el trigo y en algunos casos la avena.

                          El título es “Celaquía” (sin la  primera “i”), un neologismo de creación del autor que tiene su origen en las siglas de la Comunidad de estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), y que pretende representar una patología del discurso político, grave, muy contagiosa, sobre todo para los funcionarios argentinos en el ámbito de la Celac, y que genera una pérdida de la conectividad entre el cerebro y la lengua, de modo tal que el apéndice oral pierde toda referencia cerebral y se mueve a tontas y locas.

                          Esa enfermedad del habla y del razonamiento, es tan invasora y destructiva, que puede pulverizar la coherencia del discurso político, no sólo el de los idiotas modernos, también el de los hábiles declarantes, de los vendedores de buzones, de los vivos del año cero, de los funcionarios inescrupulosos. En la cúspide del poder, la presidencia, esta enfermedad se ha tornado ya incurable, los argentinos podemos dar fe.

                              El historiador Yuval Noah Harari, en su libro “21 lecciones para el siglo 21” (obra altamente recomendable), titula uno de los capítulos de la siguiente manera: “Nunca subestimes la estupidez humana”. Y cuánta razón tiene.

                          En la Grecia Antigua, la idiotez fue descripta tanto para hombres comunes como para gobernantes. Dije yo que “El desprestigio de la palabra en el ámbito de la política es una respuesta a la ambigüedad, el desconcepto, la inescrupulosidad y la vacía grandilocuencia con los que términos que representan valores trascendentes para la comunidad se utilizan de manera irresponsable y confusa” (Jorge Eduardo Simonetti, Crítica de la Razón Idiota, p.160).

                          Es que la estupidez humana es un poderoso vector social, económico, cultural y político. Esa torpeza notable, al decir del uruguayo Daniel Eskibel, puede iniciar guerras, hacer caer gobiernos, derrumbar empresas, perder oportunidades.

                          Obviamente, si ese modo de obrar está instalado en los inquilinos del poder político, el peligro para la sociedad se incrementa exponencialmente y deja caer sus efectos devastadores en las personas de a pie.

                          Es cierto que hasta los mejores líderes cometen tonterías, forma parte de la condición humana falible, pero cuando las mismas se multiplican y afectan gravemente la vida de quiénes dependen de dichos liderazgos, la cuestión pasa a tener interés público.

                          Si, como creo, la palabra puede construir realidad, mucho más lo hace el discurso político, el verbo de las personas con poder, porque detrás de ellas pueden estar la mentira, la manipulación, la negación de la realidad, el cinismo, la estupidez.

                          Es difícil escribir sobre lo obvio con algún grado de originalidad, por ejemplo sobre la estupidez humana cuando está muy expuesta, muy evidente, a la luz del día. Es que está allí, no necesita explicaciones.

                          Pido, entonces, auxilio al humor, para referenciar realidades que vivimos los argentinos, por ejemplo la enfermedad del poder, la “celaquía”, que desconecta la lengua del cerebro del gobernante. Hacer un listado de las “albertadas” sería muy largo y tedioso, es producto de quien pretende ser “alberstuto” pero termina siendo “albertudo”.

                          Me queda claro que la inflación rompe el ánimo y el bolsillo de la sociedad. Nadie cuerdo lo puede negar. Tanto es así que el propio presidente de la nación, anunció con bombos y platillos el día 15 de marzo de 2022, que “El viernes arranca la guerra contra la inflación, vamos a terminar contra los especuladores y vamos a poner las cosas en orden”. Seguro el hombre, hasta fijó fecha. Pasaron diez meses, y no ganó siquiera una batalla.

                          Entonces, muy propio de Alberto, volvió sobre sus pasos y cambió de enemigo, los culpables no son ahora los especuladores, es la cabeza de la gente la que genera la inflación. “Gran parte de la inflación es autoconstruida, está en la cabeza de la gente”, dijo el primer mandatario días pasados.

                          Que le hace una mancha más al tigre presidencial, estamos acostumbrados a oírlo, una y otra vez, a pronunciar conceptos que sólo la “celaquía” puede generar. No me obliguen, estimados lectores, a hacer un listado de errores y dislates del poder ejecutivo.

                          Pero la sensación de “estar en el horno” nos invade cuando advertimos que la patología discursiva ha afectado también a un alguien que creíamos la cara opuesta del presidente, Sergio Massa.

                          De pronto, en una conferencia conjunta con su par brasileño, creyendo que pronunciaría una frase histórica que lo haría ser aplaudido por nuestros hermanos orientales, lanzó un condescendiente “Uruguay es el hermano menor de Argentina y Brasil y tenemos que cuidarlo”. Lo único que le faltó, para completar la imagen de hermano mayor, fue la de acariciar los rizos de Lacalle Pou.

                          Tamaña ninguneada al país vecino, que tiene mucho que enseñarnos, sobre todo en materia de gestión de gobierno, con números económicos que Massa debería envidiar, sólo es explicable a partir de un súbito y agudo contagio de “celaquía” de nuestro Ministro, que lo llevó a lanzar colosal descalificación en modo paternalista. “Argentina es Disneylandia”, respondió cauto el mandatario oriental ante la requisitoria periodística.

                          Y ello no es todo. La Celac no sólo es un ámbito que enferma a los gobernantes argentinos, además es un “club de amigos”, una “cofradía ideológica”, como la calificó el presidente uruguayo, que carece de utilidad práctica y que quedó como una rémora del chavismo.

                          No sirvió, por ejemplo, para anudar convenios concretos que sirvieran a los países, antes bien quedó como un acto fallido del kirchnerismo, que ni siquiera pudo conseguir la foto completa del socialismo siglo XXI, ante un Maduro que reculó ante el temor de ser detenido.

                          Lula, que no tiene un pelo de zonzo, repartió sonrisas pero no se reunió con Cristina, desesperada por ser visitada por el mandatario brasileño. Prefirió ir al Uruguay, reunirse con Lacalle Pou y visitar en su casa al expresidente el Pepe Mujica.

                          Si vamos mal en política interna, tanto o más lo hacemos en política exterior, un país que en los foros internacionales cosecha papelones, posiciones cambiantes o ambiguas y llamados de atención.

                          Un botón basta de muestra. Pietragalla, el Secretario kirchnerista de Derechos Humanos, fue con una gruesa carpeta al plenario de la ONU y denunció el “lawfare” en la justicia argentina. La queja gubernamental siquiera fue considerada, a cambio recibió un reclamo para que “asegure la plena independencia del poder judicial y de los fiscales”. Papelón, tirón de orejas y vuelta a casa.

                          Urgente, un médico para tratar la celaquía oficialista.

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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