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LA DEMOCRACIA CAMIONERA

MODELO ARGENTINO

“Señor Macri señora Bullrich, si se meten con la reforma laboral van a tener cada quilombo”

Pablo Moyano

“Conmigo los aprietes no van, en mi gobierno si violás la ley vas preso”

Patricia Bullrich

*La amenaza de Pablo Moyano a Macri, sobre los “quilombos” que le van a armar si incursiona en una reforma laboral, no es sino la manifestación de una realidad, la vigencia de la “democracia camionera” que hace de la extorsión su principal instrumento de acción política. Voluntad, poder e inteligencia para enhebrar acuerdos serán los elementos para cambiar el futuro.

**La política de hacer la plancha y cuidar reservas, es el signo más evidente de un gobierno agotado, que se conforma con llegar al final de su mandato con la cabeza fuera del agua.

***Cualquiera sea su signo político, la futura administración deberá enfrentar a los factores internos del poder corporativo y a la falta de credibilidad internacional.

                          Pasa el tiempo y la Argentina conserva el modelo de los últimos setenta años, el modelo de los intereses corporativos. Empresarios que trabajan en las sombras, se guarecen en sus entramados con el gobierno de turno, sindicalistas perpetuados en el mando de sus corporaciones gremiales, clausurando toda posibilidad de cambios profundos.

                          Suma y sigue con los nuevos resortes del poder corporativo, los líderes piqueteros, los que se escudan tras el ampuloso nombre de las organizaciones sociales, para ser privilegiados operadores e intermediarios de miles de millones de pesos entre el estado y los beneficiarios.

                          Es ese modelo el que ha hecho “crac” definitivamente, pero nadie se anima a sepultarlo. Es decir, los distintos sectores políticos se mueven entre el “nadie quiere” y el “nadie puede”. El kirchnerismo se aprovecha de él porque es su instrumento para manejar el poder, el macrismo no pudo y prefirió negociar.

                          Fuera de micrófono, no hay dirigente que no reconozca la necesidad de cambios profundos en el futuro próximo, bajo la amenaza de continuar una espiral descendente más violenta, que nos termine estrellando contra el suelo.

                          Pero también, no hay uno sólo que no sepa que, hoy y en el futuro próximo, nadie tiene el suficiente poder como para saltear con éxito las presiones sectoriales y hacer lo que hay que hacer.

                          Es cierto lo que afirmaba Albert Einstein: “locura es hacer la misma cosa una y otras vez, esperando obtener diferentes resultados”. Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién se anima o quien puede, sin riesgo de desestabilización, hacer una reforma laboral, reformular el estado, poner en caja el déficit monstruoso que tenemos, cambiar el subsidio generalizado por un seguro de desempleo, modificar la ley de obras sociales que es la “caja” de los gremialistas, proponer una reforma impositiva progresista?

                          Por lo pronto, este gobierno no. El triunvirato gobernante, Cristina, Massa y Fernández, no obstante discursos variados para la tribuna, es consciente que hacer la plancha es mejor que hacer algo. Sus metas son modestas, ya no apuestan a grandes planes, lo que deja pendientes las reformas necesarias.

                          A pesar de contar con un hándicap muy importante en el modelo corporativo, con la mirada complaciente de sindicalistas y piqueteros, un poco por ineficacia, otro por demagogia clientelística, otro por peleas de poder y mucho por el superior objetivo de blindar penalmente a Cristina, perdió tiempo y mucha autoridad para llevar adelante un cambio que haga la diferencia.

                          La oposición, que es a la que, pareciera, le tocará el próximo turno de gobierno, además de carecer de un liderazgo potente que unifique posiciones para encarar una muy difícil reconstrucción de un país devastado, necesitará seguramente variados anclajes de acuerdos para poder encarar, con medianas chances de éxito, las reformas que impidan el precipicio.

                          No es sólo saber lo que hay que hacer, sino fundamentalmente tener una relación de fuerzas que posibilite hacerlo. Raúl Alfonsín, con toda la fortaleza que le confirió su triunfo electoral y su liderazgo democrático, naufragó en la reforma laboral intentada en comienzo de su gobierno para democratizar los sindicatos. La reforma Mucci fracasó y finalmente los gremios lo acorralaron con trece paros generales y más de cuatro mil sectoriales.

                          El apriete y la extorsión parecen ser los instrumentos ideales en lo que doy en llamar “la democracia camionera”. Esa metodología llevó a los Moyano y compañía a ser los “mandamás” de la república. El gobierno camina a su ritmo, y las autoridades no tienen la enjundia ni la intención de enfrentarlos.

                          Esa democracia del camión ha hecho que en la Argentina no manden necesariamente los que han sido elegidos por el voto ciudadano, sino los enquistados por décadas en sus puestos corporativos. La alternancia, como a los políticos, no los comprende, son el elemento invariable de nuestro sistema político.

                          Por ello, hay que creerle a Pablo Moyano cuando amenaza a Macri y a Bullrich con el “quilombo” por una hipotética reforma laboral, porque manejan los “fierros” de la democracia camionera, los piquetes, las obstrucciones a las empresas, las huelgas paralizantes, y también, porque no decirlo, la violencia. Bullrich le contestó: “en mi gobierno, si violás la ley vas preso”. Punto.

                          En la futura contienda electoral, el ciudadano debe pensar detenidamente su voto, me refiero al sector del electorado que quiere un cambio de modelo y que es consciente que con éste nos estamos consumiendo lenta y persistentemente.

                          No son sólo las propuestas de gobierno, también las personas que van a llevarlas a cabo. Es necesaria la autoridad suficiente, la enjundia de una gestión sólida y, fundamentalmente, la “muñeca” en el manejo de las variables de poder.

                          Nuestro país tiene un grave problema de credibilidad. Allí está, sin dudas, el talón de Aquiles de cualquier gestión gubernamental, cargar con nuestra historia de incumplimientos e inconstancia.

                          Invitado a unas jornadas organizadas por el BCRA, el economista estadounidense Jeffrey Sachs expresó que el problema de nuestro país no es su realidad, sino su reputación. “Nadie confía en la Argentina” fue su lapidario diagnóstico.

                          Es decir que, además de los graves problemas internos que padecemos, el contexto internacional es absolutamente negativo. “El país no tiene credibilidad, no puede recibir un préstamo, entonces empeora su reputación porque no puede refinanciar sistemáticamente sus deudas. Eso es una crisis financiera autocumplida”, agregó el economista del norte.

                          El círculo vicioso del drama argentino comienza a cerrarse casi definitivamente con la amenaza de Pablo Moyano, no tanto por que los futuros gobernantes sean timoratos, sino porque saben que la misma puede cumplirse en el contexto de debilidad de un futuro gobierno.

                          Si, como se intuye, los pésimos indicadores económicos y sociales continúan, seguramente el que viene será un gobierno de signo político distinto. Asumirá con dificultades en el Congreso para obtener mayorías, sobrantes del peronismo podrán aportar algún voto que otro a cambio de beneficios regionales o ventajas impositivas, pero no querrán cambios de fondo que les sustraiga los beneficios del modelo actual.

                           Jimmy Hoffa fue un sindicalista camionero estadounidense que por más de treinta años condicionó las administraciones gubernamentales de ese país. Sus relaciones con la mafia y una telaraña de complicidades, lo constituyeron en un poderoso dirigente que marcaba los ritmos políticos. Finalmente, acusado por manipulación de jurado, soborno y fraude en 1964, fue condenado a trece años de prisión.

                          Los paralelismos son notables, porque el estadounidense, al igual que los Moyano, con tácticas extorsivas, pudo constituir al gremio camionero en el más grande de los Estados Unidos. Lo propio sucede aquí, aunque el final esté abierto.

                          Finalmente, para cambiar este modelo perimido y autoritario, hay que tener el convencimiento que es el camino, el propósito para hacerlo y la inteligencia para construir una alternativa y enhebrar los acuerdos necesarios. Difícil, pero no imposible.

                          Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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