#COLUMNASIMONETTI Alberto Fernández causa Vialidad mentiras oficiales testigo falso

TESTIGO FALSO

CAUSA VIALIDAD

“No conozco a Báez. Lo cruce una vez en Calafate y recuerdo el dialogo. Me dijo “buenos días” y le contesté “mucho gusto”

Alberto Fernández, declaración testimonial causa Vialidad

*La presencia de Fernández para su declaración como testigo ante el Tribunal Oral Federal 2, cuando pudo haberlo hecho por escrito en virtud de sus privilegios presidenciales, fue un “acting” demagógico que no le salió bien. Su actitud desentendida, su fragilidad de memoria, su negativa a explicar contradicciones propias, sus mohines de profesor universitario sólo incrementaron el proceso de deslegitimación que padece su figura.

**Exponerse públicamente a dejar blanco sobre negro sus desacuerdos con la verdad, nos habla de un desentendimiento moral que profundiza el sentimiento de impunidad del poder.

***Muy difícil para los argentinos poder avizorar un futuro cercano mejor, cuando desde los sillones del mando se subestima la capacidad de comprensión de la sociedad.

                               En su declaración testimonial ante el Tribunal Oral Federal 2 Alberto cumplió con todos, con Cristina, con De Vido, con José López, con los kirchneristas, con los jueces, con su papel de equilibrista. Sólo le faltó cumplir con la verdad, nada menos, lo cual es ya un clásico para el presidente.

                               “Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas”, dijo Hannah Arendt en su artículo “Verdad y política” publicado en febrero de 1967 en The New Yorker.

                               La sentencia de Hannah Arendt, si la hubiera pronunciado en la Argentina de 2022, tendría un agregado personalizado: “más aún si el presidente es Alberto Fernández”.

                               El primer mandatario estuvo casi tres horas en Comodoro Py dando testimonio en la causa Vialidad, hubieran bastado tres minutos. “No recuerdo”, “no sé”, “no es de competencia de…” fueron las expresiones más escuchadas en la audiencia. Sin embargo, ese Alberto desentendido, silbador que mira hacia arriba, no pudo zafar de algunas preguntas que contestó en abierta contradicción con verdades conocidas.

                               Si no fuera por la importancia de las cuestiones que se investigan (licitaciones arregladas en la obra pública, direccionalidad hacia Lázaro Báez y Austral Construcciones del 80% de las obras de Santa Cruz, sobreprecios, pago de la totalidad contra obras no terminadas, asociación ilícita), el testimonio de Alberto nos hubiera resultado desopilante.

                               Hasta se dio el lujo de decir que “son cuestiones no judiciables”, como si los delitos contra el patrimonio público, especialmente cuando se consideran precedentes del delito de lavado de dinero, son actos caritativos propio de carmelitas descalzas.

                               Parodiemos la situación, aunque la parodia esté conformada por un 80% de verdad y sólo un 20% de imaginación para matizar una realidad tan cruda y patética:

– ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? -, interrogó el Secretario del tribunal.

-…Mmmm… ¡Sí juro! – respondió seguro Alberto con la mano derecha sobre la Biblia y la izquierda en su espalda cruzando los dedos.

-Si así no lo hiciereis, Dios y la Patria…bla, bla, bla, dijo el Secretario, aunque son varios los que parecieron escuchar del funcionario judicial: -Si así no lo hiciereis, no pasa nada, ya estamos acostumbrados a sus dobles discursos, a sus contradicciones-.

– ¿Conoce Ud. a Lázaro Báez? -, interrogó uno de los jueces.

-ehhh…mmm…esteeee…no, no lo conozco, bah, sí, lo saludé una vez, creo que se llamaba Lázaro López, ¿o era Cristóbal Báez?… no sé, no recuerdo-, respondió un Alberto flojísimo de memoria. El resto de la audiencia prosiguió con la misma impronta.

                               Alberto agregó, con estudiada actitud de pretendido profesor universitario, que la distribución de obra pública es discrecional, no está regulada -como si ello fuera una patente de corso-,   que no recibió instrucciones presidenciales para destinar obras a Santa Cruz, que no recuerda los detalles de algunas obras que le fueron preguntados, que no hubo irregularidades en las adjudicaciones a Lázaro Báez.

                               Cuando el fiscal Diego Luciani quiso recordarle sus declaraciones en sentido opuesto, efectuadas en 2016 a un medio periodístico y propuso que se escuchara en la audiencia el audio de entonces, los defensores de Cristina se opusieron con uñas y dientes. Finalmente, el tribunal denegó la formulación de la repregunta y Alberto zafó.

                               Si uno se pone a pensar en la impunidad de un presidente en ejercicio, que presta declaración testimonial en una causa en la que se acusa de delitos a quien es su vicepresidenta, con actitud desentendida, con pretendidas fallas de memoria, con falta de veracidad evidente, con su negativa a aclarar sus propias contradicciones, con sus generalizaciones incomprobables, con su indolencia declarativa, cualquier otro ciudadano hubiera tenido un encausamiento por falso testimonio, no Alberto.

                               Fernández fue “el testigo de Cristina”, y tal como lo esperaba su mandante, hizo una cerrada defensa de la misma, en abierta e injustificable contradicción con las duras críticas públicas que le dedicó entre 2008 y 2019, críticas que cesaron ante la decisión de la ex presidenta de nominarlo como candidato a la Casa Rosada.

                               Y lo hizo con la tranquilidad del inocente. El testigo falso transpira, a Alberto se lo veía sequito y perfumado. ¿Es porque decía la verdad? No, es porque está acostumbrado a no decirla, ése parece ser su estado natural, su conducta normal.

                               La mentira es la mentira, supone el ocultamiento de la verdad, pero además conlleva un elemento doloso: la intención de engañar a otros. En el caso de un presidente, en una causa en la que se investigan irregularidades con fondos públicos, esos “otros” somos nosotros, los argentinos.

                               Podría pensarse en la gradación de la mentira, por un lado ésa que es fríamente calculada, premeditada, es la mentira del testigo que debe ensayarla para hacerla creíble a ojos de terceros. Pero por el otro está la mentira compulsiva, aquella del sujeto que abre la boca y miente.

                               Frida Kahlo pudo decirle irónicamente: “que ninguna verdad manche tus labios, Alberto”; o el paisano presidente, aquel del cuento de Landriscina, que era tan, pero tan mentiroso, que cuando decía una verdad pedía perdón. Está también el príncipe maquiavélico y su ajedrez del poder, la mentira cínicamente urdida.

                               ¿En qué lugar ubicamos a Alberto? En ambos extremos, en el de la compulsividad embustera y también en el del embuste planificado.

                               Para el mentiroso la mentira le pide memoria, para el inmoral no. Al primero le interesa no ser descubierto, mantiene un cierto dejo de vergüenza ante la publicidad de su inconducta. Al inmoral, en cambio, no le importa si lo descubren, le da lo mismo, están poseídos del frenesí mentiroso, que lo lleva a decir cosas que la gente sabe en las esquinas cotidianas que no son verdad.

                               Ese es Alberto Fernández, el presidente que será recordado en la historia por haber devaluado más el valor de la palabra que el de la moneda, al decir del filósofo Santiago Kovadloff. Habrá un antes y un después de Fernández en la historia de la mentira política, un antes con la mentira edulcorada con el almíbar de la demagogia, y un después dónde el desentendimiento moral del mentiroso no tiene límites.

                               “Quiero recuperar el valor de la palabra” dijo el presidente Fernández ante la Asamblea Legislativa el 1° de marzo de 2020.

                               Lo hizo pasando de crítico de la reforma judicial a reformista converso, de denunciar a Amado Boudou a defenderlo, de hablar de negocios turbios en la obra pública a declarar ignorancia total sobre el tema,  de exigir explicaciones públicas sobre irregularidades al gobierno de Cristina   a endiosar la teoría del lawfare y de los perseguidos políticos, de sepultar a la ex presidenta en toda la línea a pronosticar un futuro con Máximo presidente, de asegurar que el fiscal Alberto Nisman había sido asesinado a concluir de que se había pegado un tiro en la cabeza, de…etc.

                               Esos son los principios de Alberto, si no le gustan, tiene otros.

                                    Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

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Alberto Fernández y Cristina Kirchner

 

 

 

 

 

 

 

 

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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