#COLUMNASIMONETTI balance planificación

ESTAMOS MAL, ¿VAMOS BIEN?

TIEMPO DE BALANCE

“La vida es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes”

John Lennon

*2021 no fue un buen año. Si bien enfrentamos con relativo éxito las sucesivas olas del mutante virus, las heridas abiertas por la larga cuarentena son difíciles de cerrar. Agregándole nuestra importante cuota parte de desaciertos, el 2022 se presenta difícil.

**Sin plan económico a la vista y una errática política internacional en materia de alianzas, estamos frente a un difícil escenario para lograr un acuerdo razonable con los acreedores. El temido “ajuste” de las cuentas públicas parece inevitable.

***Con un escenario institucional que apunta a mejorar, la persistencia de la inflación le sirve al gobierno para licuar sus obligaciones internas, entre ellas los gastos previsionales. Salarios y jubilaciones a la baja.

                               ¿Qué respondería Ud. si le preguntaran como ve el 2022, mejor o peor que el 2021? La respuesta, para un optimista, parecería obvia: “la esperanza es lo último que se pierde”.  Un pesimista nos respondería corto y contundente: pulgar para abajo.

                               Pero pretendemos otear en lo que pensaría un realista, alguien que, aún con sus propios sesgos ideológicos y políticos, intenta encontrar razones entre la maraña de hechos, dichos y discursos, en un país tan contradictorio como sus gobernantes.

                               Parecería tonto hacer balances mientras la vida transcurre sin recreos ni postas: “es lo que sucede”, diría el beatle, “no lo que planificamos”. Tal vez un argento le respondería: en nuestro país es lo que sucede, “porque no planificamos”.

                               Pero, como parece claro, tenemos la rutina de hacer anualmente un balance entre la suma de aciertos y la resta de errores (me estoy refiriendo al balance de lo público), como si en política necesariamente aprendemos de nuestros errores, cuando parece ser exactamente lo contrario: tropezamos con la misma piedra reiteradamente.

                               ¿Cómo nos sentiríamos hoy y ahora, en nuestro mundo, en nuestro tiempo, en nuestra realidad, si los seres humanos tan sólo pensáramos por un momento que un millón de años es apenas un parpadeo de la historia?

                               La conciencia de la propia finitud a veces puede ser abrumadora y reenviarnos al profundo pozo del fatalismo. Definir a la vida cómo “lo que sucede”, es como encasillarnos en un determinismo opresor, inmodificable para nuestra condición humana.

                               Sin embargo, esa misma conciencia de nuestra condición finita, nos puede conducir a la actitud propositiva de aprovechar el suspiro del tiempo, para trascender de nuestras propias pequeñeces y tener la aspiración de dejar una marca apenas perceptible en el transcurso infinitesimal de nuestra vida.

                               Como fuese, la propia naturaleza humana nos impulsa a actuar como si el presente fuera eterno. ¿Hay otra forma de vivir?, quizás sea la única en tanto nos sacudamos los escalofríos del pensamiento sobre nuestra siempre presente pretensión de trascendencia.

                               Bajando de la estratósfera al aquí y ahora, si pretendemos hacer un balance político del año, normalmente deberíamos manejarnos comparando números e índices. No lo podríamos hacer en los tiempos de Cristina presidenta, por la falta de fiabilidad del INDEC, en esos tiempos que, en lugar de medir, “dibujaba”.

                               Creo, sin embargo, que en 2020 y 2021 la simple comparación matemática nos podría llevar a conclusiones engañosas, por lo menos parcialmente. Hacerlo en 2020 respecto a 2019, el efecto pandemia hubiera provocado lecturas distorsivas a la baja. Hacerlo hoy en relación al año pasado, la distorsión podría darse a la alta por el efecto “rebote”.

                               De cualquier modo, pretendemos hacer un modesto balance de conceptos y no de números, algo así como guiarnos por la sensación térmica y no por la temperatura, por el sedimento que dejó el año en el ánimo social antes que por los gráficos que formatean los números puros y duros.

                               Ese es el camino para intentar obtener de entre la madeja de hechos, palabras y actitudes, el sentido de la pendiente, si es en ascenso o en descenso. Algo así como el dicho de Carlos Menem de “estamos mal pero vamos bien” o, parafraseándolo, “estamos mal y vamos peor”.

                               En materia económica, todos los análisis indican que el 2022 será un año en el que seguiremos conviviendo con nuestra caprichosa amiga, la inflación, que no bajará del 50%. Ergo: inestabilidad económica, terreno árido para inversiones externas, caída del salario, obviamente con la secuela de pobreza, desinversión y falta de empleo regular.

                               No nos favorece el doble estándar que permanentemente llevamos adelante en materia de alianzas en el marco internacional. Mientras ponderamos o miramos para otro lado cuando se trata de los “aliados sentimentales” del gobierno, como Venezuela, Nicaragua, Rusia, China, paralelamente queremos abrazarnos con las democracias del mundo libre a las que necesitamos para salir del entuerto económico. No somos confiables ni para los unos ni para los otros, y así nos va.

                               En materia institucional, algunos avances hemos logrado, principalmente por obra y gracia del voto de la última elección, mediante la cual se disminuyó la concentración del poder y se visualiza, aún con idas y vueltas, un mayor ejercicio republicano, mejores controles y debate de los grandes temas.

                               Comienzan a tomar relevancia la conformación de las mayorías legislativas, como lo sucedido con el presupuesto rechazado o la ley de impuestos a los bienes externos aprobada, que significó derrota y victoria, como debe ser en una democracia participativa.

                               La justicia, con subes y bajas, da inequívocas señales de una autonomía incipiente, fundamentalmente en las decisiones de los más altos tribunales de la nación. Es un lugar clave para tener esperanzas hacia futuro.

                               Al contrario de lo que debería, continúa un profundo descontento con el sector político, una desconfianza social casi genética, cómo si los políticos vinieran de otro mundo y no fueran el subproducto de la sociedad. Tal vez sea el momento que la sociedad deba mirar hacia adentro de ella misma, para mejorar hacia afuera, para tener mejores representantes, y dar los castigos, pero también los premios, dónde corresponda.

                               Hay que reconocer que la persistencia de la pandemia, con la repetición de olas virósicas, ha puesto a los gobiernos del mundo en serio entredicho. De un primer momento del idilio “cuarenténico”, hasta un presente dónde la caída de la actividad económica ha hecho estragos, no hay dirigente gubernamental en el mundo que no haya bajado su imagen.

                               Sin dudas, en nuestro país le agregamos nuestros propios ingredientes, con la disolución de la autoridad presidencial, la repetición de errores históricos, y un andar económico que no deja de dar “barquinazos” que nos impiden acomodarnos con una previsibilidad razonable.

                               Temo que por las condiciones externas pero fundamentalmente por las deficiencias de origen, el año 2022 seguirá en pendiente descendiente, aunque se observen recuperaciones estacionales producto de los rebotes.

                               Es que, si no empezamos a coincidir en un conjunto de políticas públicas que apunten a objetivos comunes independientemente del sector político de pertenencia, para lo cual hay que crear las condiciones objetivas para un diálogo fructífero, que hoy no se configuran, difícilmente cambiemos la tendencia a la baja.

                               En ello estamos todos involucrados, tanto oficialismo como oposición, y quizás no se trate de grandes decisiones o “soluciones mágicas”, sino de la persistencia en el reconocimiento de los valores auténticos.

                               “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”, al decir de Benjamín Franklin.

                               Hagamos que ocurran las pequeñas cosas en el sentido virtuoso, que seguramente su persistencia nos llevará a que ocurran los grandes cambios que necesitamos. No hay otro modo.

                                        Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

 

 

 

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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