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PINOCHO

MELINDRES, MENTIRAS Y RONRONEOS

“El próximo miércoles que recordamos el día de la militancia, llenemos la Plaza de Mayo y celebremos este triunfo como corresponde”

presidente Alberto Fernández, 14.11.2021

*La vida no es una ficción, quién carece de la capacidad para ver los hechos como tales está en un grave problema de convivencia con la realidad. Si quién lo padece es el primer mandatario de un país, los que están en graves problemas son los ciudadanos.

**Antes que una patología médica o una posición filosófica (solipsismo), el déficit del gobernante parece ser de origen moral, una intencionada distorsión de los hechos para acercar agua para su molino.

***Qué tan lejos queda 2023 cuando el prestigio presidencial está tan comprometido. Es difícil plantear acuerdos serios de gobernabilidad con quién no resulta creíble.

                               ¿Quién le cree hoy al presidente?

                               Alberto sigue pensando que tiene la fórmula para crear ficción sin que se note, y además pretender no pagar las consecuencias por ello. Está convencido que cautiva al público, más allá de sus extravíos verbales, su mirada melosa y su tono de pastor.

                               Pero ya no, esa fórmula perdió eficacia hace más de un año, el cuerpo socia ya desarrolló anticuerpos, reconoce el virus albertiano de la mentira, del doble mensaje, de la moral bifronte, y lo ha neutralizado con la vacuna democrática.

                               El domingo pasado, luego de los comicios, el presidente dio un discurso a tono con lo que se lo conoce, alejado de los hechos y con la mejor cara de un gato ronroneando al dueño, con actitud melindrosa y almibarada. Por si ello no alcanzara, su temperamento lo llevó a lanzar en el bunker del Frente de Todos, su enésima mentira: “El miércoles llenemos la Plaza de Mayo y celebremos este triunfo como corresponde”.

                               El miércoles pretendió traducir su ficción al idioma albertiano: “el triunfo no es vencer sino nunca darse por vencido”. Tarde y mal.

                               ¿Qué parte de los resultados electorales no entendió el presidente? Las matemáticas, ciencia exacta si las hay, indica todo lo contrario: en las legislativas del domingo pasado el oficialismo perdió a manos de la coalición opositora, en Provincia de Buenos Aires (tradicional bastión del perokirchnerismo) 39,81% a 38,53%; en el país Juntos alcanzó el 41,89% contra un 33,03% del Frente de Todos (abajo por casi 9 puntos porcentuales), el gobierno cayó en 13 provincias, entre ellas en 6 de las 8 que elegían senadores nacionales, reduciendo las bancas senatoriales cristinistas de 41 a 35, perdiendo el quórum y la mayoría por primera vez desde 1985.

                               Además, hay que decirlo, los medios en general realizan una indebida comparación entre las Paso y las generales, dos meses en que nada puede cambiar, salvo por el ejercicio de un clientelismo descarado y el cuasi monopolio de los medios de transporte del día de la elección. La verdadera comparación debe realizarse con la primera vuelta de las generales de 2019, en la que el dúo Alberto-Cristina obtuvo un 48,24% de los sufragios, contra un 33,03% de 2021, lo que significa una sangría de más de 15 puntos porcentuales.

                               El objeto de esta nota no es analizar la caída casi estrepitosa del kirchnerismo, que de a poco se va convirtiendo en un partido del conurbano bonaerense, sino la actitud del primer mandatario, al que le quedan todavía dos años de gobierno.

                               Además de las pésimas condiciones objetivas de la economía, el panorama político institucional está en baja, sobre todo con la pérdida de las mayorías legislativas, lo que necesitará de un presidente creíble para encarar las negociaciones o los acuerdos necesarios para un tránsito medianamente normal hacia 2023.

                               Pero, si de algo carece hoy el primer mandatario es de credibilidad. ¿Cómo se puede gobernar sin ella?

                               El presidente tiene una relación enfermiza con la verdad, con los hechos, con la realidad. Sus vaivenes conceptuales son ya un clásico, también sus extravíos verbales.

                               El periodista y politólogo Jonatan Viale, concluye sus ya tradicionales editoriales televisivos, con la siguiente frase: “hechos sagrados, opiniones libres”. Para Fernández, también los hechos son libres, los manipula “a piacere”. Es como si hubiera desarrollado una inmunidad muy marcada contra el virus de la verdad.

                               Soy abogado, no psicólogo ni psiquiatra, pero me animo a plantear un dilema: ¿la íntima relación de Alberto con la mentira tiene origen psicológico o es un problema moral?

                               Una visión benigna nos puede llevar a calificarlo de “solipsista”, la otra, menos condescendiente, de “mitómano”.

                               El “solipsismo” es una teoría filosófica que postula que la realidad externa sólo es comprensible a través del “yo”. No existen los hechos objetivos, la aprehensión de la realidad siempre está filtrada por el ojo del que la mira. Alberto sería, entonces, un “solipsista filosófico”, sus propios ojos filtran los datos externos, convirtiendo las derrotas en triunfos.

                               Puede ser también una patología médica, una psicosis, Alberto puede tener falsas creencias acerca de lo que está sucediendo o de quien es (delirios), ver o escuchar cosas que no existen (alucinaciones).

                               También puede sufrir de un trastorno de despersonalización, un desorden mental que hace que las personas no sientan que forman parte de la realidad.

                               La “mitomanía” es la mentira patológica, se ha definido como una invención inconsciente y demostrable de acontecimientos muy probables y fácilmente refutables. Miente repetidamente pero no tiene conciencia de ello.

                               Una u otra explicación nos conducen a determinar que el problema de Alberto puede ser de origen filosófico o patológico, del “solipsismo” a la “mitomanía”. En cualquier caso, un problema grave para un presidente.

                               Pero no, me temo que su problema es moral, constituye un trastorno de personalidad, un antivalor, una conducta consciente del sujeto (Alberto) que no duda en valerse reiteradamente de la mentira como mecanismo de supervivencia. O sea, miento porque me conviene.

                               Si Alberto sólo fuera un abogado y profesor universitario, las consecuencias de sus mentiras la tendrían sus alumnos, sus clientes y las personas cercanas. Pero no, él es el presidente de los argentinos, todos sufrimos su falta de compromiso con la realidad, sus dislates verbales, sus embustes reiterados.

                               Un cuento clásico, Pinocho, enseña a los niños lo que ocurre cuando dicen mentiras. Pinocho aprenderá a obedecer, a hacerse responsable, a dar valor a la escuela, pero lo más importante: enseña el valor de la verdad.

                               Pinocho era un niño, y pudo aprender. Alberto no sólo es un adulto sino además presidente, difícilmente aprenda ya.

                                La cuestión es grave, porque para un primer magistrado la credibilidad es esencial. Volvemos a la pregunta del principio: ¿quién le cree hoy al presidente? ¿le creen los ciudadanos, o una mayoría de ellos por lo menos? ¿le cree la oposición, con los que tienen que enhebrar acuerdos para gobernar? ¿le cree el FMI, con los que tiene que negociar la deuda pública? y, aunque más no fuera, ¿le cree Cristina? En este último caso pareciera que no, porque el último domingo no estuvo a su lado en el bunker para escucharlo decir “ganamos”.

                               Entonces, la profundidad del problema argentino es la de un agujero negro galáctico, no tiene piso, porque la ineficiencia, la ignorancia, la psicosis, pueden de algún modo subsanarse o disimularse, en cambio la ausencia de moral tiene el sabor amargo de lo incorregible, y no hay pueblo que pueda prosperar si sus mandatarios no tienen una base mínima de moral en sus decisiones y mensajes.

                               El acto de Plaza de Mayo, finalmente, no alcanzó para revertir la tendencia derrotista, Cristina sigue enferma, Máximo lo vio de lejos, la Cámpora llegó tarde. Con los colectivos no alcanza.

                                               Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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