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EL CERTIFICADO “VIDELA”

EL

UN RÉGIMEN DERECHO Y HUMANO

“Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”

Groucho Marx

* “En Formosa no pasa nada”, gritó voz en cuello Pietragalla, el Secretario de Derechos Humanos de la Nación, luego de concluir la visita guiada por los campos sanitarios de internación. Con la autoridad conferida por los Fernández, blanqueaba así los cuestionados procedimientos de las autoridades de la provincia norteña.

*Los derechos humanos en la Argentina del siglo XXI, tienen una lógica bifronte desde la óptica gubernamental. Para los amigos una mirada condescendiente, para los enemigos ni justicia. Los organismos de derechos humanos, bien gracias.

*La pandemia sirvió para generar una “cuarentena todo terreno” que empoderó a la autoridad gubernamental para ejercer el control sanitario y político de la población. El caso del “Highlander” formoseño lo prueba.

                                “En Formosa no se violan sistemáticamente los derechos humanos”, atronó fuerte la voz de Horacio Pietragalla, Secretario de Derechos Humanos de la Nación, en la conferencia de prensa ofrecida en la misma provincia norteña, luego de compartir la visita guiada que le prepararan los funcionarios. Una declaración que, por esperada, no dejaba de parecer espeluznante.

                               Seguramente, quién puso la boca y quien dio la orden política son cultores de los métodos maquiavélicos, en los que “de vez en cuando las palabras deben servir para ocultar los hechos”.

                               Con ello, Pietragalla (un nieto de desaparecidos) le confería a Gildo Insfrán el certificado de “gobernador derecho y humano”, que le permite blanquear sus desmadres autoritarios y sentirse infranqueable en su propio feudo.

                               No sé por qué razón (en realidad sí sé) me vino a la mente la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, cuando la dictadura militar de Videla, con el eslogan “los argentinos somos   derechos y humanos”, intentaba ocultar, tras un juego de palabras convertido en campaña publicitaria, las graves violaciones a los derechos humanos.

                               Es que la declaración exculpatoria formulada por Pietragalla tiene el mismo alcance que las calcomanías pegadas en los Falcon verde en los tiempos de Videla, aunque ahora estarán en los vidrios de los autos formoseños para destacar a un gobernador “derecho y humano”, que como podrá suponerse no es lo mismo que un gobernador respetuoso de los derechos humanos.

                               Gildo Insfrán ha recibido un cheque en blanco por parte del gobierno nacional, al que podríamos llamar el “certificado Videla” en honor a su inspirador, que le permitirá seguir actuando impune como hasta ahora, pero con un papel que así lo acredita, entregado por Pietragalla con el sello de agua de los Fernández.

                               Seguramente, no estarán de acuerdo los cientos de formoseños que tuvieron que pasar meses acampando a las puertas de su provincia porque el régimen les impedía el ingreso, tampoco el Juez Federal que ordenó su entrada,  o las decenas de “internados” a los que se los retiene en los campos sanitarios de internación, o las concejalas detenidas por protestar, o los pastores evangélicos formoseños cuando declararon que “no estamos dispuestos a seguir pasivos viendo cómo se avasallan los derechos de las personas”.

                               Habría que anoticiarlo a Francisco porque el silencio de la autoridad católica es atronador, también a los organismos de derechos humanos, que están dedicados más a la historia setentista que a las realidades del siglo XXI.

                               Pero todo tiene una lógica, nada es por casualidad en política, el del “Highlander” formoseño es un caso paradigmático de una situación sólo posible en un contexto general que lo permite.

                               Las ideas de las personas deben respetarse, como consecuencia natural de un sistema de libertad y democracia, cada uno tiene el sagrado derecho de pensar y opinar sin que por ello pueda ser censurado o sancionado.

                               Pero cuando las ideas de una persona o de un grupo de personas (partidos, movimientos políticos) son instrumentadas a través del poder público con grado de obligatoriedad legal, los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de juzgar, y censurar o aprobar.

                               Los gobernantes en la Argentina son más leales con ellos mismos que con sus propias ideas. No exageran cuando de defender principios se trata. En ese aspecto, son marxistas fanáticos, pero no de Carlos sino de Groucho.  Si son del palo, tienen otros principios.

                               Patético y demoledor, porque ya no se trata del aspecto material del saqueo de las arcas públicas, con todo lo lamentable que ello supone, sino de la sustracción descarada de una mínima cultura ética, de un básico propósito moral, de una condición elemental de la dignidad humana.

                               Blanquear dinero producto del delito es grave, pero utilizar el poder del estado, como hizo Pietragalla, para blanquear decisiones autoritarias e inmorales, es además inconducta de “lesa humanidad”, mal que le pese

                               Peor aún resulta el comportamiento de los organismos de derechos humanos y de las personas que sobrevuelan esa temática, que con su silencio demuestran una incoherencia absoluta. No hay peor baldón que ser impostor de las propias ideas, traicionándose a sí mismos, de eso no se vuelve.

                               “Hay dos maneras de difundir la luz, ser la lámpara que la emite o el espejo que la refleja”, dice Edith Wharton.  Pero también el espejo es eficiente para compartir las sombras.

                               El efecto “espejo” es consustancial con la política, es un comportamiento casi natural, en todo tiempo y lugar, porque el poder casi siempre se parece a sí mismo. Y el “instinto de conservación” es la regla número uno y el de “autojustificación” es su deriva lógica.

                                La misión de Pietragalla fue la de autojustificación del régimen político argentino ordenado por los Fernández, consecuencia lógica del instinto político de preservación. Lo contrario hubiera sido pegarse un tiro en el pie. ¿Por qué habría de importarles, entonces, quedar una vez más al descubierto con las inconsecuencias de un andar sinuoso, dónde los principios son sólo la pantalla de los intereses?

                               Esto mismo sucedió con el ex Jefe del Ejército de Cristina, César Milani, que fue librado de su acusación de desaparición, tortura y asesinato del soldado Ledo y de desaparición forzada y tortura de Pedro Olivera y Verónica Matta. Y también con lo de Donda, que distribuye pureza antidiscriminatoria al resto de los mortales, mientras ella discrimina en su propia casa. Ambos fueron defendidos por el régimen kirchnerista y los organismos de derechos humanos fijaron la vista en otro lado.

                               Nada de ello es nuevo para el régimen político imperante, una cosa son los derechos humanos aplicados en función del oportunismo político que les permitió incorporarse a un relato que nunca les perteneció, tampoco ahora, y otra muy diferente cuando están en juego los amigos políticos.

                               Por ello es que a los militares les aplicaron la rigurosidad de su oportunista bandera de los setenta, pero a los propios les entregaron, en cambio, el “certificado Videla”, ése que les permite circular por todos los andariveles de la cuarentena autoritaria sin tener que rendirle cuentas a nadie.

                               Teorizar sobre los genocidios y la violación de los derechos humanos de otros tiempos, parece conferir una pátina de progresismo a los políticos que lo hacen, pero cierto es que nada se escucha en estos lares sobre lo que está ocurriendo a la vuelta de la esquina, hoy mismo, en el propio vecindario de nuestra provincia.

                               Y así, nuestra amada Argentina se está pareciendo progresivamente a sus autoridades, se mira al espejo y éste le devuelve las sombras de una imagen con bigotes canosos, con sus idas y vueltas, su doble discurso, su moral bifronte.

                             Jorge Eduardo Simonetti

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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