Alberto Fernández Columna Simonetti Cristina Kirchner kirchnerismo

FERNÁNDEZ DE KIRCHNER

PRESIDENTE DE CUARENTENA

*El desplazamiento del centro del poder hacia el lado opuesto de la Avenida de Mayo, está determinando cada vez más dos polos de decisiones: uno, el del presidente, a cargo de la cuarentena. Otro, el de su vicepresidenta, responsable de las medidas importantes de gobierno. Lo dramático es la pasividad del primer mandatario.

**La direccionalidad de las políticas públicas sin dudas nos llevan a la “venezolización del país”. Pero, los votantes sabían que ello iba a ser así, por lo que en democracia las quejas deben formularse hacia adelante, proponiendo mejores caminos.

***Camuflados tras el secretismo de la pandemia, el operativo impunidad avanza sin prisa pero sin pausa, con los juicios orales paralizados, las querellas retiradas, y las reformas judiciales en marcha.

“¿Quién tomó la decisión de expropiar Vicentín, Ud. o Cristina? Yo”

Presidente Fernandez

                               Hasta hace no muchos años atrás, las mujeres tenían no sólo una “capitis diminutio” social, también legal. No compartían la patria potestad de sus propios hijos con el esposo, y, una vez en matrimonio, su identidad de ser humano libre y autónomo se perdía en su patética transformación de sujeto en objeto.

                               Ya no eran ella y su dignidad, sino ella y su transformación en posesión, lo que se manifestaba hasta en el cambio de su nombre, con el agregado de un pronombre posesivo, “de”, que indicaba pertenencia de otro.

                               Este machismo retrógrado, superado en el ámbito de las leyes felizmente, en la Argentina de nuestro tiempo vuelve de manera incomprensible, pero no ya en el ámbito civil sino en las entrañas mismas del poder. Podríamos decir un machismo a la inversa, pero con los mismos efectos, la mujer sometiendo al hombre a sus designios, o, para mejor decir, una vicepresidenta ordenando a un presidente.

                               La naturalidad con que el presidente Fernández contestó a la pregunta periodística sobre quién había tomado la decisión de expropiación de Vicentín, con un lacónico “yo”, está demostrando hasta dónde están los equilibrios institucionales en nuestro país, y la manera casi subrepticia, pero no menos carnívora, con que el eje de las decisiones importantes se trasladó al extremo opuesto de la Avenida de Mayo.

                               En un contexto de normalidad republicana, sugerirle a un presidente que sus decisiones le son dictadas desde un ámbito externo, constituiría un agravio lindante con el delito. En este caso no, es así y punto.

                               Debo confesar que, como otros, creí que Alberto Fernández, una vez en el sillón presidencial, intentaría construir poder propio para neutralizar al cristinismo y así poder gobernar el país con mayor autonomía. Me equivoqué. No sólo no lo está haciendo, sino que demuestra, a cada paso, que cada vez es más prisionero de “la pasionaria del Calafate” al decir de Fernández Díaz.

                               Esa simpatía que generaba el presidente en sus docentes conferencias de prensa acerca de la pandemia, comienza a diluirse a medida que se conocen, detrás del telón de su sanitarismo militante, el movimiento de los poderes reales con objetivos no tan santos como el de terminar con el flagelo del virus.

                               Es que la pandemia le vino al kirchnerismo extremo como anillo al dedo, la gente preocupándose por su propia salud, quitándole el  foco a las peripecias judiciales de la expresidenta, y ella y sus adláteres trabajando en silencio para instrumentar el operativo impunidad y dejar su sello autoritario en algunas medidas que el presidente debe firmar.

                               Y cómo si ello no fuera suficiente, cuentan además con la complicidad de una oposición fragmentada que, salvo honrosísimas excepciones, mira la escena con una ingenuidad o complicidad increíble. El “desaparecido” Macri, que cree que su invisibilidad contribuye, definitivamente está perdiendo el tren de un liderazgo a esta altura bastante deshilachado.

                               Por ello no es raro que el cristinismo, desde las sombras paradójicamente haya tomado el centro de la escena hablando poco y haciendo bastante. Deja que el presidente se entretenga casi a tiempo completo con la ya desgastada cuarentena y que Macri sea un soldado cumplidor del #quedateencasa.

                               El pacto de impunidad, firmado cuando Alberto acepta la candidatura que le ofrece Cristina, sigue sin prisa pero sin pausa. Ya no es sólo que la Oficina Anticorrupción haya retirado las querellas contra ella en las causas de Hottesur y Los Sauces, tampoco que los tribunales competentes hayan suspendido “sine die” los juicios orales que deberían estar en plena marcha, sino además se avanza también con medidas orgánicas de envergadura, como la constitución de un Consejo Asesor para la reforma judicial, en la que ella estará representada por su abogado defensor Beraldi, un verdadero “kamikaze” converso.

                               El sorpresivo anuncio oficial de la expropiación de la empresa aceitera Vicentin, tiene el sello inconfundible del “machismo viceverso” con que se ejerce el poder en la Argentina, no sorprendió por eso el “yo” expresado casi con naturalidad por el presidente. Pero además, tiene el sello ideológico del kirchnerismo, ése que se identifica con el “laclausismo” populista y con el “socialismo siglo XXI” de Venezuela que se cae a pedazos.

                               Pero nadie tiene derecho a quejarse, así es la democracia, y los que votaron a favor de Fernández, sabían a ciencia cierta que lo hacían, primero por el modelo “a la venezolana” que se iba a implantar en la Argentina, y segundo, por la obligación albertiana de ir construyendo la impunidad para la dueña del espacio político que le diera la posibilidad de sentarse en el sillón de Rivadavia. Ni más ni menos.

                                Y los que no lo votaron, fracaso de Macri de por medio, no desconocían que se iniciaba un proceso en el sentido opuesto a sus preferencias, que iba a ir paulatinamente incrementando su fogosidad. Lo que no sabían es que el gobierno iba a tener un aliado impensado: la pandemia.

                               No son tiempos fáciles para nadie, ni para la gente ni para los gobernantes de todos los niveles. La economía en caída libre, ya malherida desde los tiempos del macrismo, el cierre de comercios e industrias, la pérdida de miles de puestos de trabajo, el terrible desierto laboral para los cuentapropistas, un futuro impredecible pero ciertamente negro, una deuda que no se arregla, un default parcial que nos perjudica en la posibilidad de inversiones, nos erizan la piel y nos secan los bolsillos.

                               Para colmo, como decía al comienzo de la nota, el desplazamiento del centro del poder del estado hacia lugares con intereses propios, que no son los del conjunto de la sociedad, ciertamente configuran un panorama desalentador.

                               Por ello el título de esta nota, porque la Argentina, además de las peripecias propias de la pandemia, de la cuantiosa deuda y de la crisis de la economía, debe lidiar con un esquema que está por fuera de las normas y de la normalidad: el poder real detrás del poder formal.

                               No hay albertismo, tampoco peronismo, ni siquiera kirchnerismo, la pandemia nos ha depositado sin escalas en el cristinismo puro y duro.

                               Decir Fernández de Kirchner no es decir Cristina, es decir Alberto, porque el presidente se debe a la vicepresidenta, el presidente Fernández es “de” la vicepresidenta Kirchner, y aunque ello parezca un juego de palabras, es una triste realidad.

                               Un presidente víctima consciente del machismo en reversa.

                                                                        Jorge Eduardo Simonetti

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

 

 

 

 

Jorge Simonetti
<p>Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.</p> <p>Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).</p>
https://jorgesimonetti.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back To Top