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¿HAY NEUTRALES EN LAS TRINCHERAS?

BATALLA CULTURAL

“La conquista del poder cultural es previa a la del poder político y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados “orgánicos”, infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”

Antonio Gramsci

***No se trata sólo de política ni de gobiernos. Es algo más profundo, que llega al núcleo de la convivencia humana. No hay sociedad sin normas. Pero éstas son establecidas y controladas por seres humanos. Pero, ¿quiénes controlan a los que controlan? Los que controlan y los que controlan a los que controlan, ¿juegan en terreno neutral?, o la vida se desarrolla entre la ilusión de la neutralidad y la lógica de la trinchera.

                   Pocas veces como en estos tiempos de gobierno libertario, tuvimos conciencia de la relación entre la política y la cultura implantada, entendida ésta como la ideología dominante.

                   Es que desde la generación de los baby boomers en adelante, los argentinos nos acostumbramos a vivir en un contexto cultural al que consideramos “normal”, que no admitió casi discusiones.

                   La justicia social, la distribución de la riqueza, la presencia inmanente del estado, la solidaridad como política de gobierno, fueron todas concepciones que nacieron con nosotros y que consideramos normales, sin cuestionarnos más que los instrumentos y los protagonistas.

                   Más allá de la calidad y la eficiencia de sus políticas públicas, el libertarismo vino a mostrarnos la otra cara de la luna: existe otra manera de pensar y de vivir, que no es nueva, pero que puede volverse actual.

                   No todo lo que piensas, tú lo decidiste.
Algunas de tus ideas más firmes -sobre el Estado, la justicia, la igualdad- ya estaban ahí antes, esperando ser aceptadas como obvias.

                   En la Argentina contemporánea, la política se ha vuelto estridente. Declaraciones altisonantes, polémicas fugaces, discusiones que se consumen en el vértigo de las redes.

“La batalla cultural no es sino la pretensión de establecer la propia visión cómo el sentido común de una sociedad. Si lo que pienso parece obvio, allí se habrá ganado la batalla”

                   Pero detrás de ese ruido se desarrolla una disputa más profunda y menos visible: la batalla cultural. No es una consigna vacía. Es una lucha por el sentido común. Por definir qué es lo normal, lo justo, lo posible. Quien logre imponer ese marco, condiciona todo lo demás.

                   Ya lo había advertido Antonio Gramsci: el poder más eficaz no es el que se ejerce por la fuerza, sino el que se naturaliza. Cuando una idea deja de discutirse porque parece obvia, ha triunfado.

                   Durante años, la Argentina vivió bajo climas de ideas que parecían estables. El rol del Estado, la noción de igualdad, ciertas lecturas de la historia: todo se fue configurando como un consenso difícil de cuestionar.

                   Pero ninguna hegemonía es eterna. El gobierno de Javier Milei decidió explicitar esa disputa. Nombró la batalla cultural y la colocó en el centro del debate público. Al hacerlo, produjo un efecto inmediato: lo que antes parecía natural empezó a discutirse. Y cuando lo obvio se discute, la cultura se mueve.

                   Y aquí viene el asunto: la ilusión de la neutralidad. La pregunta importante para hacernos en tiempos como éstos, de verdadera confrontación cultural, es si en la sociedad existen ámbitos o instituciones que pueden operar al margen de valores o ideologías.

                   Estamos hechos para suponer que en el ámbito educativo, en la justicia o, por cierto, en el periodismo, se puede operar al margen de valores o ideologías. Que es posible la dinámica de “nicho”.

“Las personas que ejercen determinada función social, como la de juez, periodista, docente, ¿están en condiciones de pregonar “neutralidad”, o tienen los mismos condicionantes personales que el resto de los mortales?”

                   Cuando advertimos que hay periodistas que “operan” -término de moda si los hay- en favor de determinada ideología, o -para ser más directos- son meros instrumentos del gobierno de turno, nos preguntamos si la “neutralidad” es un valor para defender, un presupuesto de determinadas funciones sociales.

                   No lo sé, aunque haya veces que me parezca saberlo. Tiendo a pensar que la neutralidad no existe, que no es cualidad humana, que al pretender actuar fuera del marco de las ideologías en juego, nos estamos arrogando la cualidad o calidad de dioses.

                   Los jueces, los educadores, los periodistas, ¿tienen algún chip escondido que les permita escapar de la dinámica que significa la interacción entre la condición humana y su entorno?

                   Toda práctica implica decisiones: qué enseñar, qué interpretar, qué destacar, qué omitir. Y cada decisión responde a una visión del mundo. Lo que se presenta como neutral suele ser, en realidad, una mirada que ha logrado volverse invisible.

                   Esa es su verdadera fuerza. Cuestionarla obliga a explicitar. A mostrar los supuestos. A reconocer que nadie habla desde un lugar puro. Pero también tiene consecuencias.

                   Cuando todo se vuelve explícito, el espacio público se tensiona. Las posiciones se endurecen. Y la batalla cultural corre el riesgo de degradarse. Deja de ser un intercambio de ideas para convertirse en una lógica de trincheras.

                   En ese punto, el objetivo ya no es comprender ni persuadir, sino derrotar. El adversario se convierte en enemigo. Y al enemigo no se lo escucha.

“Cuando se participa en la batalla cultural con la lógica de la verdad indiscutida e indiscutible, el debate se empobrece y el pensamiento crítico comienza a morir”

                   La dinámica binaria simplifica: de un lado y del otro, certezas cerradas. En el medio, cada vez menos lugar para la duda. Y, lo sabemos, sin duda no hay pensamiento.

                   La trinchera no solo empobrece el debate. También desgasta. Cuando todo se convierte en conflicto, cuando cada gesto es leído como una toma de posición, una parte de la sociedad se retira. No por indiferencia, sino por saturación. Porque ya no hay espacio para participar sin ser encasillado.

                   La discusión continúa, pero con menos voces reales. Y en ese proceso, el pensamiento crítico -invocado como bandera- se debilita. Porque pensar críticamente no es alinearse, sino revisar incluso las propias certezas. Algo difícil de sostener cuando se habita una trinchera.

                   La Argentina enfrenta un doble reto. Sostener la vitalidad de la discusión cultural, evitando que ciertas ideas vuelvan a naturalizarse sin debate. Pero también impedir que esa discusión derive en un enfrentamiento permanente que vuelva imposible el diálogo.

                   La batalla cultural es inevitable. Incluso necesaria. Pero cuando deja de abrir preguntas y se limita a imponer respuestas, pierde su sentido.

                   Una sociedad puede convivir con el conflicto.
Lo que no puede sostener es la imposibilidad de procesarlo.

                   Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

 

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Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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