
RELACIONES PELIGROSAS
“Si un periodista quiere ser creíble y respetado, por el poder y por sus pares, debe evitar manifestaciones públicas que den cuenta de su militancia partidaria y de que comparten amistad y complicidad con los actores del poder en los mismos espacios sociales”
Mónica González, periodista ecuatoriana
***La pregunta es una: ¿se puede hacer verdadero periodismo a partir de una relación promiscua con el poder? En tiempos en que monopolizar el discurso público hace la diferencia entre ganar o perder las elecciones, el gobierno tiene a mano múltiples herramientas para salir ganancioso. La cuestión consiste en tener una sociedad educada, con los elementos suficientes para discernir el periodismo del panegirismo.
Las relaciones del periodismo con el poder político ha sido, en todas las épocas y gobiernos, un tema ríspido. No porque no estén claros los límites, sino porque reiteradamente se los violenta, obviamente siempre en beneficio de los gobernantes.
“El periodismo es y debe ser descontento”, decía el gran Dante Panzeri. Horacio Verbitsky tiene una genial definición: “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda”. Resalto al pecado, no al pecador, porque en la práctica, el dueño de “El cohete a la luna” siempre ejerció un periodismo militante.
Normalmente, en el ámbito público, los cuestionamientos periodísticos molestan y mucho. La diferencia está en que los gobernantes democráticos “se bancan” la parada como parte de las reglas del juego, los autocráticos, en cambio, realizan toda suerte de maniobras para torcer la muñeca del periodismo crítico.
Económicamente con la “pauta”, institucionalmente con la persecución fiscal, políticamente con el apriete u orgánicamente con la conformación de “su” propio sistema de medios afines, los poderosos intentan ganar en el ámbito de la discusión pública.
“Los gobiernos buscan siempre narrativa propia. las redes sociales, diluyen la frontera entre periodista, influencer y operador político”
Cristina con su “6,7,8”, Milei con su milicia digital, ambos pagados con dineros del estado, tienen a sus corifeos. En ambos casos, jamás dieron una conferencia de prensa, y sus entrevistas siempre fueron con “periodistas amigos” que preguntan de manera condescendiente.
Pero, vamos a analizar parados en el casillero del periodista, que es el objeto de este artículo.
Hay oficios que admiten un doble rol. El periodismo no es uno de ellos. No se puede ser, al mismo tiempo, fiscal del poder y aplaudidor oficial.
El problema no es ideológico. No se trata de ser liberal, peronista, kirchnerista o libertario. No se trata de simpatizar con Javier Milei, criticar a Cristina Fernández de Kirchner o reivindicar a Mauricio Macri. El problema es funcional. El periodismo nació para controlar al poder, no para protegerlo.
Cuando un periodista adopta como propia la narrativa oficial, algo se rompe. No porque esté prohibido coincidir con un gobierno. Coincidir es legítimo. Lo que no es legítimo es dejar de preguntar. Lo que resulta éticamente incompatible es suprimir la duda, relativizar los errores sistemáticos, minimizar los abusos y descalificar automáticamente a todo crítico como enemigo.
El panegirista no investiga: justifica. No interpela: celebra. No contrasta datos: repite consignas. Su lógica no es la del interés público sino la de la fidelidad. Y la fidelidad, en política, suele pagarse.
El mayor problema no es el “seguidismo” expuesto, ese que forma parte de los sistemas totalitarios: el Pravda de la URSS, la oficina de Joseph Goebbels con el nazismo.
“Se puede dar la batalla cultural, pero no con las vestiduras de periodista y a partir de una relación promiscua con el poder”
En las democracias, el asunto es más sigiloso, menos evidente, más diabólico. Los límites existen, están, se conocen y se sienten en las conciencias. Atravesar esos límites a veces se disimula con la originalidad de la maniobra o con la impiedad de la mentira.
La tentación propagandística no distingue sistemas. Atraviesa épocas e ideologías. Hubo periodismo militante durante el kirchnerismo, lo hubo durante el macrismo y los hay hoy bajo el gobierno libertario. Cambian los nombres; la lógica es la misma.
El fenómeno se agrava en tiempos de redes sociales. El periodista compite por audiencia, por clics, por cercanía con el poder que le abre puertas y le garantiza primicias. El riesgo es evidente: pasar de entrevistador a vocero informal. De analista a escudero. De profesional a operador.
La ética periodística no exige neutralidad emocional. Exige independencia intelectual. Puede haber columnistas con posiciones claras. Puede haber medios con línea editorial definida. Lo que no puede haber -si se pretende honestidad profesional- es ceguera selectiva.
El presidente Milei es quién ha atacado a la función periodística con mayor fiereza: “ensobrados”, “operadores”, “basuras”, “sicarios”, “mentirosos”, y un largo etcétera.

Es más, la profesión ha sido utilizada para uno de los mayores gritos de guerra del gobierno: “no odiamos lo suficiente a los periodistas”. La creación de un área de gobierno, diseñada especialmente para difundir la “verdad oficial”, Oficina de Respuesta Oficial (ORO), es una de las mayores manifestaciones autoritarias en contra del pluralismo.
Nada hemos escuchado del periodismo seguidista, sobre estos temas que son específicos de la profesión. Han mirado para otro lado y continuado manchando el papel con tinta tramposa.
El poder, cualquiera sea su signo, necesita ser incomodado. El gobernante que no es sometido a escrutinio tiende a expandir su margen de discrecionalidad. El periodista que abdica de esa función deja vacante un contrapeso esencial.
“La función periodística en la democracia es, esencialmente, ejercer el poder contrapoder. El resto es cartón pintado”
Hay algo más profundo aún. Cuando el periodismo se convierte en panegírico, pierde credibilidad. Y sin credibilidad no hay autoridad moral para denunciar corrupción, abuso o arbitrariedad. La sociedad termina atrapada en un sistema de relatos enfrentados y la verdad queda subordinada a la conveniencia política.
Si alguien quiere militar, está en su derecho. Si quiere ser vocero del gobierno, también. Lo que resulta éticamente problemático es presentarse como periodista independiente mientras se actúa como defensor sistemático del poder.
El periodismo no es una rama de la comunicación gubernamental. Es -o debería ser- una herramienta de control democrático. Y cuando esa herramienta se transforma en aplauso automático, la democracia se empobrece.
Cuando se cruza, el oficio deja de ser periodismo y se convierte en propaganda con credencial profesional. Y esa degradación no afecta solo a quien la ejerce: erosiona la confianza pública, que es el único capital real que el periodismo posee.
El poder es afrodisíaco para todos, aún para los periodistas. Pero no todos se acuestan con el poder, son muchos los que mantienen su virginidad ética.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
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