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LA PARADOJA DEL CRECIENTE DESCONTENTO

PLANES SOCIALES

“Que preserven los ingresos populares porque si no esto se va a poner feo”

Roberto Feletti, Secretario de Comercio de la Nación

*La espiralización de la protesta social interpela a toda la clase política, pero en especial al oficialismo, que ha hecho de la dádiva su política principal de estado. Es que la entrega de mayor cantidad de planes sólo logra incrementar la insatisfacción. Tal como lo dijo Alexis de Tocqueville en el siglo XIX, en su notable paradoja del creciente descontento.

**La política de las ayudas sociales, que se incrementaron masivamente en el siglo XXI, no alcanza resultados satisfactorios. La pobreza no disminuye significativamente.

***Sin el sentido social del trabajo y el mérito, difícilmente nuestro país logre salir del pozo. El círculo vicioso de dádivas y pobreza lo envuelve todo.

                               Más planes sociales, mayor descontento. Parece una contradicción, pero es la realidad de esta Argentina que nos toca vivir. La dádiva no hace a la felicidad. Una paradoja populista.

                               Los cortes de calle, los piquetes, los acampes, si bien se constituyeron en una característica criolla del siglo XXI, hoy se repiten y se masifican, con imponentes obstrucciones de la vía pública.

                               Lo extraño es que la espiralización de la protesta social se produczca con un gobierno que ha hecho de la ayuda social uno de los pilares de sus políticas públicas.

                               Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se quejó y pidió que se quiten los planes sociales a los que participen de los piquetes. Parece lógico, no pertenece al populismo frentetodista y además tiene que soportar en su cuadra los problemas de la casa de Kicillof.

                               Pero, lo que está cambiando es la visión del gobierno nacional, que hoy ya habla de “extorsión” de los movimientos sociales para conseguir nuevos planes. La queja principal vino del Ministro de Desarrollo Social, el encargado de la ayuda social, que reclamó nuevas formas de protesta que no perjudiquen a la sociedad en su conjunto.

                               Seguramente las autoridades no tomarán ninguna medida efectiva para encauzar una práctica enraizada en el imaginario popular, permitida hasta el cansancio y hasta a veces fomentada por quiénes hoy ejercer el poder.

                               Dentro del mismo oficialismo se agudizan las contradicciones. Los que deberían ejercer el gobierno observan con preocupación la virtual paralización de la vía pública que afecta a todos, pero principalmente a los trabajadores.

                               El manejo de la calle también divide la interna. Los albertistas que intentan gobernar, desean ponerle un límite; los cristinistas que hacen la revolución desde las cajas del estado, la promueven. Lo dijo el heredero, como máximo exponente del utilitarismo camporista: “Hay que dejar de quejarse si cortan una calle”.

                               Alberto, que nunca ha gobernado, y Máximo Kirchner, que nunca ha trabajado, son los exponentes de esta parodia nacional que se debate entre la impotencia y la prepotencia, dejando en el medio a las víctimas reiteradas de la anomia gubernamental.

                               El patrón populista de gestión, inaugurado con Néstor Kirchner y que lleva ya veinte años moldeando la marcha económica, social y política, está dando señas inequívocas de su senectud y agotamiento.

                               La mecánica del reparto funciona cuando hay plata, así de sencillo, y la hay cuando la actividad privada crece y los puestos de trabajo también. El acuerdo con el FMI ya no permitirá, aparentemente, continuar con el ritmo alocado de la maquinita de imprimir billetes. Problema para el populismo, que no ha logrado bajar el gasto estatal, tampoco la pobreza, la indigencia ni el alto desempleo.

                               Hay un componente psicológico determinante en este proceso de deterioro. Lo llamaríamos “la paradoja del creciente descontento”, que fue formulada en el siglo XIX por el político y pensador Alexis de Tocqueville. Una paradoja es una aparente contradicción en el enunciado.

                               En su monumental obra “Democracia en América”, describe que la disminución objetiva de la desigualdad aumenta la frustración subjetiva asociada con los deseos insatisfechos de igualdad. Más sencillamente expuesta la paradoja: “más igualdad, más frustración”. En términos de la sociedad populista argentina: “más planes sociales, más reclamos”.

                               Esto parece verse en la realidad argentina de este siglo. En los últimos veinte años, los planes sociales se han multiplicado por diez, más de veinte millones de personas están asociadas a esos beneficios. Sin embargo, la pobreza y la indigencia no disminuyen, y los reclamos se incrementan casi geométricamente.

                               Es sabido que la costumbre genera derechos. Si el estado entrega un plan social, ya no será una ayuda temporal al necesitado, sino un derecho que se reclama y que se masifica.

                               Más se da, más se reclama. El plan social es como un impuesto en el sentido de su temporalidad:  nace siendo transitorio pero se convierte en un permanente. Es lo que decía Marx en su Crítica al Programa de Gotha: “una necesidad, un derecho”, que el populismo ha convertido en “una necesidad, un plan social”, siendo éste un derecho de carácter permanente.

                               Desconociendo la lógica de la paradoja tocquevilliana, el gobierno populista incrementa la entrega de planes sociales con el objetivo de disminuir las necesidades y calmar el descontento social, pero el resultado es el opuesto, los reclamos se incrementan, la sensación de insatisfacción es creciente.

                               Masivamente, el plan social nació durante la presidencia de Raúl Alfonsín, con el Plan Alimentario Nacional dispuesto por ley, cuya vigencia era de dos años y consistía en la entrega de alimentos.

                               En la década de los noventa, los alimentos se convierten en plata con el Plan Trabajar de Menem, con una contraprestación laboral. La crisis de 2001 se intenta conjurar con una disparada del subsidio, creándose el Plan Jefes y Jefas de Hogar desocupados, en tiempos de Duhalde. De allí en adelante, el ascenso de las ayudas fue geométrico.

                               Durante el gobierno de Mauricio Macri se otorgaron planes sociales a razón de 256 por día, Alberto Fernández entrega hoy unos 1.000 diarios.

                               El gobierno nacional no tiene en cuenta la paradoja psicológica que empuja a los seres humanos al mayor descontento aun cuando reciben mayor cantidad de beneficios, piensan en una “mano negra” interna que trabaja para su desprestigio.

                               La sociedad toda, el gobierno, oficialismo y oposición, se ven interpelados duramente por un país con signos de derrumbe económico y una creciente demanda popular de ayudas dinerarias.

                               Lo que se advierte, es que los que manejan los resortes del estado no atinan a componer y proponer un plan de contingencia inmediata y otro a mediano plazo que tienda al crecimiento. Están muy preocupados y ocupados en sus peleas internas y en la continuidad de un populismo que se cae a pedazos.

                               Estamos ante un gran interrogante: ¿cómo recuperar el sentido del trabajo, del esfuerzo, del mérito, como motor social y de satisfacción económica, cuando durante largos años la sociedad fue estimulada en sentido contrario? Y, además, ¿cómo hacerlo sin afectar la gobernabilidad en un país acostumbrado a la satisfacción inmediata?

                               Está claro que el modelo que la Argentina adoptó desde hace ya veinte años, nos muestra hoy su peor cara con la falta de financiamiento. Un esquema, el de la paradoja de Tocqueville, en el que los reclamos e insatisfacciones tienden a alcanzar la estratósfera, en el marco de una caja agotada y un gobierno sin ideas.

                               La finitud de los recursos contrasta con la infinitud de los derechos. La pregunta es ¿hasta dónde los ciudadanos de a pie estamos conscientes de la situación y hasta dónde estamos dispuestos a ceder en nuestras legítimas aspiraciones?

                               Finalmente, esta debacle en cuotas que se cierne sobre nuestra nación sólo es posible parar con un gobierno con autoridad moral y un reparto justo de las cargas, que es precisamente lo que hoy no existe.

                        Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

 

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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