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CUATROCIENTOS ABRAZOS Y TREINTA AMANECERES

CONTROL DE DAÑOS

                              Un mes es un tiempo suficiente para realizar un control de daños en este tiempo de aislamiento obligado por el silente enemigo. Seguramente en el haber estarán la vida y la salud, nada menos; en la resta las penurias de los impedidos de trabajar.

                               Pero al control de daños lo quiero inmaterial, aquello que hemos perdido, que postergamos, que nos ha dañado o que extrañamos, aquello que nos ha afectado el ánimo, pequeñas cosas de todos los días o, más profundamente, otras que nos están dejando marcada el alma.

                               Y comienzo:

                               Me están faltando varios cafés con chipas como ritual diario con mi compañera de vida, la charla con los mozos y mozas, el regreso divertido con mis nietos de la escuela, el saludo a la distancia con el cobrador del estacionamiento medido, con mi amiga sentadita en su kiosco de revistas, y con el sereno nocturno de mi cuadra.

                               Me entristece la lejanía de los seres queridos, a los que quisiera haber podido visitar más, abrazar más, besar más, aunque ello lo compenso con mis afectos más cercanos, los que comparten conmigo la cuarentena, me apoyan cuando decaigo, atienden mis diarias necesidades, disimulan mis miserias, afrontan mis impaciencias.

                               He perdido bastante en este trance de la vida, tanto como todos, algo así como cuatro mil abrazos, otros tantos besos, unas cuantas disculpas, varios cientos de saludos, muchos amaneceres frescos y atardeceres rojos.

                               Extraño secarme el sudor de los soles de marzo o la piel erizada con los fríos tempranos, esas corridas bajo la lluvia sorpresiva, comprarle el paraguas al vendedor callejero, lustrarme los zapatos en el cajoncito.

                               Añoro extraviar la mirada en la lejanía, sumar los containers en las barcazas que surcan el río, cansarme con el infatigable ir y venir de los vehículos sobre el puente, sentir el olor del chipá o la torta frita de los vendedores, saludar a los barrenderos municipales, admirar el trabajo de los artesanos.

                               No he podido internarme en las ferias callejeras, buscar precios en el super, apresurarme a cruzar la calle para ganarle al semáforo, esquivar los pozos perennes de nuestras veredas, visitar a mi dentista para completar el tratamiento, hablar con mi vecino en la cola del cajero.

                               Nos quedan también culpas colectivas, daños en el alma que debemos asumir: la puerta que no le abrimos al necesitado, el plato de comida que negamos al que tenía hambre, o el agua que no le dimos al que tenía sed, nuestra pasividad con el médico o la enfermera escrachados por su trabajo, los aplausos hipócritas que les dimos en nuestros balcones que no se reflejaron verdaderamente en nuestros corazones.

                               Definitivamente, estoy empachado de tecnología y hambriento del contacto directo. La cuarentena me convenció que con las redes sociales no lograremos nunca suplir nuestras carencias afectivas, que la amistad no se mide en likes, que el amor no circula en la red y que el millón de amigos no se alcanza aumentando los usuarios.

                               También la cuarentena me enseñó que los abrazos que no damos son abrazos que se pierden, que el buen día, el gracias, el disculpe, son inversiones en el banco de la vida; que el caminar sin rumbo, conversar sin propósito, reír sin vergüenza, constituyen la parte principal de la existencia.

                               Me he dado cuenta que la libertad no es un insumo de segundo orden en la escala de los valores humanos, que es tan importante la libertad para vivir como -Rodríguez Larreta mediante- la libertad para morir, que la salud no debe pagarse nunca con monedas de libertad ni con billetes de dignidad.

                               He aprendido que, viviendo, se puede morir cuando se muere el alma, y que se envejece sólo cuando el espíritu de vuelve viejo, no antes, nunca antes.

                               El día que cumplamos la condena, que salgamos libres de todo encierro, de toda esclavitud, de toda protección mal entendida, el día que definitivamente abramos las puertas que permanecieron cerradas por ese virus inasible que como el viento se cuela en las rendijas, ese día sabremos si fuimos capaces de aprender de las experiencias vividas.                                         Y ese mismo día, querido lector, cuando nos encontremos en la calle, quiero que me recuerdes el abrazo que te debo y el que tú me debes.

                                                                            Jorge Eduardo Simonetti

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Jorge Simonetti
<p>Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.</p> <p>Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).</p>
https://jorgesimonetti.com

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