
AMENAZAS Y MISILES
***A comienzos de los noventa, entusiasmado por la disolución de la URSS, Francis Fukuyama escribía sobre el fin de la historia ideológica del mundo. La democracia liberal sería el sistema final. Treinta años después, la situación ha cambiado tan drásticamente, con la proliferación de líderes mesiánicos y autoritarios, que han propuesto repartirse el mundo y conquistar territorios con la fuerza de las armas. El armamento nuclear como amenaza final.
A fines de los ochenta y principios de los noventa, con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, el liberalismo democrático se presentó ante el mundo con la tranquilidad de quien cree haber ganado la partida definitiva.
Francis Fukuyama puso palabras a ese estado de ánimo en El fin de la historia y el último hombre: la democracia liberal, sostenía, había demostrado ser la forma final de organización política. No perfecta, pero sí la última estación del viaje ideológico de la humanidad.
Tres décadas después, esa tesis suena menos a diagnóstico que a epitafio prematuro. La historia no terminó. Apenas estaba tomando aire.
El contraste entre aquella euforia liberal y el clima político actual resulta difícil de ignorar. Hoy vivimos lo que podría llamarse el gran momento de la contestación populista: un festival global de crispación, identidades enfrentadas y liderazgos que prosperan precisamente erosionando los principios que Fukuyama daba por consolidados.
Desde Washington hasta Budapest, desde Roma hasta Buenos Aires, una constelación de movimientos heterogéneos comparte un mismo impulso: cuestionar el orden liberal nacido tras la Segunda Guerra Mundial y reformarlo -o demolerlo- en clave iliberal.
La paradoja es evidente. Cuanto más se consolidaba la democracia liberal como modelo dominante, más crecían las grietas en su interior.
“Fukuyama, con la disolución de la URSS, anunció el fin de los tiempos ideológicos en el mundo, siendo la democracia liberal la que se mantendría vigente indefinidamente”
El primer gran golpe llegó con la crisis financiera de 2007. Durante décadas, el capitalismo democrático había prometido prosperidad y movilidad social. Cuando el sistema financiero colapsó, esa promesa se quebró frente a millones de ciudadanos que vieron desaparecer empleos, viviendas y ahorros. En ese vacío crecieron los demagogos. A río revuelto, ganancia de populistas.
Pero la economía no fue la única grieta. Durante la última década, las democracias liberales se embarcaron en ambiciosas agendas normativas: cambio climático, igualdad de género, diversidad, sostenibilidad. Fue el ideal ilustrado de una humanidad capaz de gobernarse racionalmente.
Sin embargo, ese impulso moral generó también reacciones inesperadas. En muchas sociedades apareció una sensación de saturación ideológica. La llamada cultura woke -con sus rituales de pureza moral y sus dinámicas de cancelación- alimentó una contraofensiva igualmente identitaria.
El resultado fue una polarización simétrica: puritanos frente a anti-puritanos, dogmas enfrentados, tribus ideológicas que apenas se escuchan.
La invasión rusa de Ucrania en 2022 fue un recordatorio brutal de que la geopolítica no había desaparecido. Europa descubrió que su proyecto normativo -Pacto Verde, multilateralismo, gobernanza global- coexistía con un mundo donde los tanques todavía cruzan fronteras. De repente, la idea de un planeta pacificado bajo democracias liberales parecía más ingenua que visionaria.
Esto fue confirmado de manera contundente con el acceso a su segundo mandato como presidente de los EEUU de Donald Trump.
“Treinta años pasaron para que el mapa político, ideológico y de seguridad mundial diera una vuelta de campana y comenzara a consolidarse el autoritarismo guerrerista”
La amenaza del muro con México quedó como un poroto ante la andanada de amenazas, chantajes disuasorios y acciones directas. No sólo volvió la doctrina Monroe, “América para los americanos”, sino también el primer ataque directo a un país de Sudamérica, Venezuela.
De la amenaza a Cuba, México, Canadá, Groenlandia, Irán, el magnate inmobiliario mostró que no “jugaba”, su disposición a actuar se mantenía presente, con las únicas reglas que le dictaba su propia moralidad.
De pronto, el bombardeo a Irán en conjunto con Israel, el involucramiento de otros países del área, víctimas del contragolpe persa, ha puesto al mundo, según los analistas, al borde de una tercera guerra mundial. Algunos, como el sinólogo francés Jean’Yves Heurtebise, piensan que ya estamos en ella.
El fantasma del armamento nuclear se mueve por lo pronto de manera disuasoria, aunque en cualquier momento puede cambiar el modo, teniendo en cuenta el temperamento cambiante de los líderes de las potencias que lo tienen.
En el marco de la escalada bélica en Medio Oriente, Argentina, siguiendo la línea de fidelidad canina a Trump, ha suscripto la Declaración Multilateral de combate al narcoterrorismo, impulsado por el Comando Sur de los EEUU, y que involucra a 15 países del continente.
Definitivamente, nuestro país se encuentra alineado de manera incondicional a la política del grande del norte. “Vamos a ganar la guerra”, dijo Milei en una charla que dio en la Universidad Jeshiva de Nueva York, como si nuestro país hubiera declarado la guerra a Irán y/o integre la coalición armada.
“Milei, totalmente desapegado a la Constitución, se ató al carro guerrerista de Trump, involucrando en la contienda a nuestro país. “Vamos a ganar la guerra”, dijo”
De tal modo, de la democracia eterna de Fukuyama, hoy hemos pasado al autoritarismo guerrerista de democracias formales que han aprendido a utilizar las herramientas del propio sistema -elecciones, redes sociales, propaganda- para vaciarla de contenido e imponer la visión mesiánica de demagogos de distinta ideología.
La teoría del eterno retorno parece burlarse de aquella confianza de los años noventa. Y, sin embargo, conviene evitar el pesimismo fácil. La historia nunca avanza en línea recta. Lo hace a través de quiebros, retrocesos y zigzags, como recordaba Hannah Arendt cuando escribía que “ser libre y actuar son la misma cosa”.
La democracia liberal no está garantizada, pero tampoco está derrotada. Sigue siendo el único sistema que permite corregirse a sí mismo sin recurrir a la violencia.
La pregunta, ahora que el calendario avanza hacia la segunda mitad de la década, no es si Fukuyama se equivocó del todo. Quizá la cuestión más urgente sea otra: si las sociedades abiertas serán capaces de reformarse antes de que quienes desprecian la verdadera libertad logren vaciarla por completo.
Porque la historia, está claro, nunca se fue. Y todavía no ha decidido cómo termina este capítulo.
Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI
