
¿Trump puede hacer todo esto solo? ¿Dónde está el resto del estado?
No, Trump no puede hacer todo esto solo. Precisamente por ello, es lo que más me inquieta. En esta parte de nuestra época, lo que estamos viviendo no es la locura aislada de un individuo, es la degeneración progresiva de un Estado y de un orden mundial que decidió tolerar, normalizar y proteger la barbarie cuando esta sirve al poder y al capital.
Trump es el rostro, no el cuerpo. Es la voz, no el coro. Detrás de él hay instituciones que cedieron, élites económicas que financiaron, aparatos de seguridad que obedecieron, tribunales que retrasaron, medios que han banalizado y sociedades que han sido y siguen siendo anestesiadas por el crimen, la violencia, el miedo, el odio o simplemente por el espectáculo. El Estado no desapareció: se reconfiguró para servir a intereses cada vez más concentrados y violentos.
¿Dónde está el resto del Estado? Está fragmentado, capturado y, en muchos casos, corrompido por diseño. El Congreso se volvió un campo de chantajes, miedo y parálisis; el sistema judicial, era lento, selectivo y ahora coersionado; los organismos de control, débiles frente al poder económico; y el aparato de seguridad, hipertrofiado y deshumanizado.
Cuando un presidente acumula poder sin consecuencias reales, no es porque sea invencible, es porque las barreras que debían contenerlo fueron erosionadas y bien planeadas durante décadas.
Este fenómeno no empieza con Trump. Él es el producto que padecemos hoy de un largo proceso: la conversión del Estado en empresa, la política en marketing, la guerra en negocio, el dolor en estadística. Cuando la rentabilidad sustituye a la ética, el resultado inevitable es la deshumanización.
Por eso hoy vemos agentes con licencia para matar, niños convertidos en presas, en pretextos de secuestradores con uniformes federales y los llaman “daños colaterales”, pueblos enteros tratados como obstáculos para proyectos económicos, y la paz reducida a un concepto administrativo.
Existe un factor clave: la impunidad estructural de las élites. Trump ha sido juzgado, investigado, expuesto, y aun así protegido. No porque el sistema no sepa lo que hizo, lo hacen porque saben perfectamente lo que representa: un instrumento útil para deshumanizar, intimidar, dividir y finalmente quebrantar la voluntad.
Es un nuevo campo experimental, donde se busca doblegar a los ciudadanos estadounidenses, ahora convertidos en las ratitas del laboratorio de sus propias élites, por primera vez en su historia, estos ciudadanos están sintiendo en carne propia, en su propia casa, lo que han sufrido y lo que les han hecho a lo largo de la historia a otras naciones.
Cuando el poder económico encuentra a un líder sin escrúpulos, no lo detiene: lo impulsa.
A esto súmale la complicidad internacional; gobiernos que callan, aliados cobardes que miran a otro lado, países que firman acuerdos por mediocridad o avaricia. La degradación moral se vuelve contagiosa. La barbarie se globaliza cuando nadie quiere ser el primero en decir: basta. Así, lo que antes era impensable hoy se vuelve “polémico”, luego “discutible” y finalmente “normal”. Y esto no podemos permitirlo.
Por eso hablo de una degeneración de la humanidad, no como metáfora exagerada, lo hago como diagnóstico histórico.
Degeneramos cuando aceptamos que la manipulación esté por encima de nuestra conciencia. Degeneramos cuando la vida vale menos que el capital. Degeneramos cuando el verdugo puede proclamarse pacificador sin que el mundo se levante indignado. No nos pueden romper, ni arrodillar, ni quebrar nuestra conciencia, nuestro instinto de supervivencia. Tenemos que entender que Trump no actúa solo. Actúa porque puede. Porque el sistema se lo permitió. Porque su mustia madre Inglaterra se beneficia. Porque otros tuvieron miedo. Porque muchos prefirieron el silencio cómodo a la confrontación ética
La pregunta correcta, entonces, no es solo “¿dónde está el resto del Estado?”, es ¿cuántos Estados están hoy dispuestos a convertirse en cómplices? Y esa es la pregunta que definirá a nuestro tiempo.
Nombrar esto, escribirlo y denunciarlo no es exageración: es una forma mínima de resistencia frente a la normalización del horror. Porque cuando el poder se descompone, el silencio no es neutral: es parte del crimen. Y eso, hoy, el mundo entero tiene que asumirlo. Un profundo abrazo.
*Texto no propio, encontrado en Facebook, cuyos conceptos comparto plenamente.
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