#COLUMNASIMONETTI covid-19 vacunas

RULETA RUSA

VACUNACIÓN A CUENTAGOTAS

“Mal de muchos, consuelo de tontos”

*La dinámica perversa que imponen los países centrales en la comercialización de las vacunas, demuestra que la globalización sirve sólo para que ellos hagan sus negocios. Cuando de solidaridad sanitaria se trata, el nacionalismo proteccionista es su único parámetro.

**En la pandemia, las autoridades gubernamentales han aplicado al ciudadano la lógica del párvulo, al que se lo cuida pero no se le informa. La postergación de la segunda dosis, agrega aún más incertidumbre al de por sí complicado panorama.

***Con parámetros inescrutables y cambiantes, con la segunda ola a la vista, continúa la lenta asignación de turnos de vacunación. Como en la ruleta rusa, cada cliqueo en la página gubernamental es una muerte psicológica en cuotas. Los afortunados se ufanan con fotos y comentarios en redes sociales, los otros a seguir participando.  

                               Vuelvo con el tema de la vacunación contra el covid. No es por impulso de un trastorno obsesivo compulsivo de este articulista, a mi juicio es el desafío sanitario, político y estratégico más grande que enfrenta el mundo, el que puede diezmar poblaciones y voltear gobiernos. ¿Qué exagero? Ojalá.

                               La lentitud en la fabricación de las vacunas, el cuasi monopolio de los países centrales en su aprovisionamiento, la incertidumbre de los países pobres o menos ricos que reciben a cuentagotas escasas remesas, sin dudas va configurando un panorama poco auspicioso para los tiempos que vienen.

                               No se conoce con precisión el lapso de protección que brindan las vacunas, pero es del todo probable, con el ritmo de inoculación que alcanza nuestro país, que hoy es del 7% de la población, en 2021 no alcanzaremos la inmunidad de rebaño (más del 70 de la población vacunada).

                               Es más, el Consejo Federal de Salud, con la presencia de la Ministra Vizzotti, decidió postergar la aplicación de la segunda dosis de todas las vacunas hasta la 12ª semana, con el objetivo de “proteger a la mayor cantidad de personas de alguna condición de riesgo, y reducir la mortalidad”. Esta medida, que se veía venir, trae consigo algunas certezas y nuevos interrogantes.

                               Confirma que no se contempla un aceleramiento en la recepción de vacunas, por lo que la proyección en el tiempo es extremadamente incierta, no sólo porque no incrementaría significativamente el número de vacunados sino además porque tampoco es del todo seguro el grado de inmunidad con una dosis.

                               Patear la pelota por 90 días obligará a definir, tarde o temprano, si se continúa con el plan de vacunar a la mayor cantidad de gente con la primera dosis y suprimir la segunda, o continuar como hasta ahora, colocando ambas en la medida de su disponibilidad.

                               Parecería que, con o sin segunda dosis y con la nueva ola de contagios en pleno desarrollo, sin haber alcanzado la inmunidad de rebaño, sería necesario sobre el fin de año recomenzar a revacunar al sector más vulnerable que ya estaría perdiendo la protección por el transcurso del tiempo, lo cual nos introduciría en un círculo vicioso de imprevisibles derivaciones.

                               Salvo Chile, Argentina se encuentra en la media latinoamericana en cuanto al ritmo de vacunación, y no parece que ello fuera a cambiar. Sería ingenuo esperar un salvataje externo, de un país de afinidades ideológicas con nuestro gobierno o de cualquier otro. Es un momento en el que todos miran hacia adentro.

                               Al calor de las realidades, tendremos que advertir que el coronavirus demostró que el verdadero paradigma de la globalización está marcado por los intereses de los países centrales. El “mercado” regula las transacciones globalizadas, el proteccionismo nacionalista la distribución de vacunas.

                                  En ese marco, el pueblo argentino es una víctima en dos dimensiones, aquella que deriva de la realidad geopolítica mundial de las vacunas y la otra, la propia, que deviene de la incapacidad de nuestras autoridades de escapar a esa lógica perversa.

                                    A partir de la fantasía populista del gobierno nacional, que con una irresponsabilidad total anunciaba una y otra vez que lloverían dosis para todos y todas, pasado poco tiempo el viento caliente de las realidades inundó la escena nacional, y nos dimos cuenta de que no somos ni por cerca el ombligo del mundo. Como todos los países subdesarrollados, a la cola y en cuentagotas.

                               Mientras tanto, a las provincias y municipios les toca la tarea de administrar la escasez. Una vez recibida la valiosa y escasa carga, les corresponde crear la metodología de inoculación, estableciendo previamente el orden de prioridades en la población.

                               Esto, que parecería extremadamente simple a los ojos de cualquier observador, se ha transformado en algo intensamente complejo, por dos razones principales: pocas vacunas para muchas personas y ansiedad social extrema.

                               Nunca los gobiernos provinciales informaron con claridad el sistema de turnos, los rezos al buen Dios, los payés multiplicados, o simplemente la suerte sirvieron para dividir a los que ya obtuvieron el turno de los que no.

                               El peor daño al ánimo humano no es el conocimiento de un acontecimiento negativo sino la incertidumbre, la desinformación, la amenaza latente, el no saber a qué atenernos.

                               Casi desde el comienzo mismo de la pandemia, nuestros gobiernos nos trataron (¿o destrataron?) con un criterio paternalista, como si la gente tuviera el nivel de comprensión de un niño, al que se lo protege pero no se le informa. El típico slogan “te estamos cuidando, chamigo”, donde el “chamigo” somos todos nosotros, parecería creado por un publicista foráneo que piensa que los correntinos sólo entendemos de chamamé y de carnaval. ¡Por Dios!

                               Veo un parangón metafórico entre el juego de la ruleta rusa y la obtención del turno para inoculación de la vacuna rusa (u otra). En ambos casos la tensión es insoportable, el corazón se acelera, la adrenalina inunda el cerebro, el estrés alcanza picos inusuales, la ansiedad nos juega una mala pasada en los momentos previos a realizar cliqueo en la página oficial del turno, a las 00 horas de un día cualquiera, es casi como el gatillo que se aprieta en el juego de la ruleta rusa.

                               Cuando te toca en suerte (o en mala suerte) la bala que en la ruleta rusa mata, el jugador muere una vez. Un turno no obtenido, es la muerte psicológica en cuotas. ¿Se darán cuenta de ello los que poco explican?

                               Para colmo, somos todos los ciudadanos tan poco empáticos que cuando no tenemos el turno estamos preocupados y solidarios, en cambio cuando nos tocó en suerte vacunarnos, se lo restregamos impúdicamente al resto en la cara a través de las redes, con fotos y expresiones de júbilo, que hacen aún más pesaroso al ánimo de los que esperan.

                               La explicación por la gran cantidad de gente que, habiendo obtenido el turno, no se presenta al vacunatorio, debe buscar el gobierno hacia adentro. La edad de las personas, el poco manejo de la tecnología y la falta de notificación del turno al celular informado, seguramente son elementos importantes del fenómeno del ausentismo.

                               ¿Es todo para criticar? No, de ninguna manera. Hay mucho para reconocer, entre otras cosas el trabajo del personal sanitario, el funcionamiento correcto de los lugares de vacunación, la decisión política acertada de la instalación del hospital de campaña. Pero para ello está la oficina de prensa del gobierno, con muchos recursos y un repiqueteo constante.

                               Por mi parte, humildemente desde esta columna intento señalar lo que, en mi criterio, se hace mal o no lo suficientemente bien, con el declarado objetivo de contribuir con un granito de arena a la solución de los problemas más acuciantes.

                                                           Jorge Eduardo Simonetti

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

[contact-form][contact-field label=”Nombre” type=”name” required=”true” /][contact-field label=”Correo electrónico” type=”email” required=”true” /][contact-field label=”Web” type=”url” /][contact-field label=”Mensaje” type=”textarea” /][/contact-form]

 

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back To Top