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NO JUGUEMOS A SER DIOS

PANDEMIA

*Me preguntó un médico: si tuviera un solo respirador y dos pacientes que lo necesiten, un anciano y un joven, ¿a quién se lo daría? como presuponiendo que debería dárselo al joven. Le respondí con otra pregunta: si en el mismo supuesto de un solo respirador, uno tuviera 20 años y el otro 30, ¿a quién se lo daría Ud.? El dilema ético sobre la potestad de las autoridades o de la ciencia médica de decidir entre la vida y la muerte, parece cercano a regresar.    

**El desborde de la demanda de servicios sanitarios no puede gestionarse a través de una arbitraria raya etaria, trazada para separar la vida de la muerte. Que el hombre no discrimine allí dónde Dios no lo hace.

***La vida es un bien individual, un bien con la misma trascendencia para cada quién, no un componente social cuyo peso axiológico pueda medirse con la vara del utilitarismo o de la cronología. En estos tiempos casi apocalípticos, es necesaria la palabra de la iglesia sobre el punto.

 

 “El derecho es en realidad el derecho de hacer morir o dejar vivir”

Michel Foucault

                               Si algún lado positivo puede encontrársele al coronavirus, ése es el de haber logrado bajar al ser humano de su palmera de omnipotencia.

                               Demostró que nuestro derroche de tecnología, consumo y dinero no son fundamento suficiente para sostener triunfante una civilización presuntuosa, que se ufana de sus propios logros sin mirar para los costados, menos aún para atrás.

                               Un gigante con pies de barro, que continúa rompiendo las barreras de los progresos tecnológicos y científicos, pero que cae estrepitosamente cuando debe enfrentar situaciones que parecieran un remake de problemas de antaño que creíamos superados.

                               En este tiempo del poderío científico, nos damos cuenta de que quedamos inermes para la protección de un componente esencial de la existencia humana, la salud del cuerpo, cuando somos atacados por nuevas pandemias que nos retroceden a la vulnerabilidad de los tiempos de la edad media. Ayer fueron la viruela, la fiebre amarilla, la peste negra, la gripe española, hoy son el Sars, el Mers, el Covid-19 y otros tantos que regresan.

                               El primer interrogante es si los estados y los gobiernos actuaron responsablemente en la prevención, investigación e inversión en vacunas, medicamentos e infraestructura sanitaria, respecto a estos brotes potencialmente mortales. Es cierto, el avance de la ciencia hoy nos puede posibilitar en un futuro la cura y la vacuna, pero obviamente ya con muchos muertos en el debe.

                               La propia Organización Mundial de la Salud alertó en 2019 la posible declaración de una pandemia que podría matar a millones de personas. Bill Gates, en 2015, expresó: “Invertimos mucho dinero en evitar guerras nucleares, y muy poco en detener epidemias, no estamos preparados para una pandemia.

                               Los sacrificados serían los mayores de 80 años, a los que se les dejará morir ante la saturación de las unidades de cuidados intensivos, dando preeminencia a personas más jóvenes y con mejores posibilidades de sobrevivir. En una dramática declaración, el presidente del comité técnico-científico de la región italiana de Piamonte, dijo: “Queremos llegar lo más tarde posible al punto en el que tengamos que decidir quién vive y quién muere”.

                               La situación, aunque todavía potencial en la mayor parte del mundo, nos muestra el regreso a los tiempos de plantearse nuevamente el dilema ético de la vida y de la muerte, ése que atribuía al estado, al rey, al soberano empoderado por los dioses, el poder de decidir quién vive y quién muere.

                                Recurrimos a la obra del pensador francés Michel Foucault, “Derecho de muerte y poder sobre la vida”, para desgranar algunos pensamientos.

                                La presión de lo biológico sobre lo histórico fue extremadamente fuerte en tiempos que el hambre y las epidemias hacían estragos en la población. De allí nació el concepto fundamental de la “biopolítica”, una asignatura que intenta desentrañar la existencia, y en tal caso el alcance, de la potestad del estado ante la vida y la muerte.

                               Foucault acuñó dos fórmulas que distinguían la soberanía (poder del soberano) de la biopolítica. La primera se aplica sobre la potestad del estado como derecho de “hacer morir y dejar vivir”, en cambio el ejercicio biopolítico del poder como “hacer vivir y dejar morir”.

                               De hecho, decía, la soberanía no se ejerce sobre la vida y la muerte biológicamente consideradas, sino sobre el “derecho” de vida y de muerte: “el principio de poder matar para poder vivir se ha vuelto un principio de estrategia de los estados”.

                               Pasó el tiempo y parecía que la muerte dejó de hostigar directamente a la vida, como antaño, lo biológico ya no formó parte esencial de lo histórico, el hecho de vivir ya dejó de ser un albur que sólo emergía de tanto en tanto en el azar de la muerte y su fatalidad. Lo biológico ya no presionó sobre el poder del estado para promover políticas públicas sobre la vida y la muerte.

                               Pero el coronavirus trajo de vuelta el dilema filosófico esencial: ¿tiene el hombre potestad para administrar la vida y la muerte de sus congéneres? ¿puede jugar a ser dios y decidir quién vive y quién muere?

                               Ello, y no otra cosa, es lo planteado por el presidente del comité técnico-científico de Piamonte: dejar en mano de la burocracia, llámense organizaciones públicas, reunión de expertos, autoridades, científicos, el trazar la raya etaria entre los que viven y los que mueren.

                               En tiempos primitivos, en los que no existía la organización común, regía la “ley de la selva”, el derecho sin estado, que imponía una selección natural a través del ejercicio de la fuerza. Para impedir ello y establecer normas de convivencia nació el estado.

                               Hoy, ante la posible decisión de dejar morir a los mayores de 80 años en el supuesto de tener que optar ante la insuficiencia de recursos sanitarios, volveríamos a la ley del más fuerte, que condena a los eslabones más débiles de la cadena, los mayores, a sufrir el peor de los castigos: la muerte por desatención.

                               La vida y la muerte son hechos naturales. Vivir y morir son derechos humanos inalienables de las personas, que la burocracia del estado no puede ni debe interferir negativamente en su desarrollo autónomo.

                                A nadie, repito a nadie, le fue atribuida la potestad de establecer un orden sobre el valor de cada vida. La vida es un bien individual, un bien con la misma trascendencia para cada quién, no un componente social cuyo peso axiológico pueda medirse con la vara del utilitarismo o de la cronología.

                              Me preguntó un médico: si tuviera un solo respirador y dos pacientes que lo necesiten, un anciano y un joven, ¿a quién se lo daría? como presuponiendo que debería dárselo al joven. Le respondí con otra pregunta: si en el mismo supuesto de un solo respirador, uno tuviera 20 años y el otro 30, ¿a quién se lo daría Ud.?

                               Ante la posibilidad de la saturación de los servicios sanitarios, hay que advertir desde ya que no existe norma constitucional alguna que faculte a la autoridad para oficiar de dios en la tierra, menos aún la de establecer parámetros de preeminencia sobre los que tienen el derecho de utilizar los respiradores o las instalaciones de terapia intensiva por sobre otros.

                               En su versión de 1566, el catecismo romano decía que Dios había confiado a las autoridades civiles el poder “sobre la vida y la muerte”. Hoy, eso es historia, lo repite el propio Francisco. Por ello, es necesario la palabra de la Iglesia, para que aquí, en Italia, o en cualquier parte del mundo, los mayores de 80 años no sean abandonados a su suerte.

                               El paroxismo sobre el poder disciplinario de intervenir en el proceso natural de la vida y la muerte murió con el nazismo. No lo revivamos.

                                                           Jorge Eduardo Simonetti

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

 

Jorge Simonetti
<p>Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.</p> <p>Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).</p>
https://jorgesimonetti.com

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