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EL LUGAR OSCURO DE LOS INCENTIVOS ARGENTINOS

LA SOCIEDAD REGULADA

“Para lograr que se mueva un burro, es necesario poner frente a él una zanahoria o golpearlo por detrás con un garrote”

Metáfora para inducir a adoptar la conducta deseada por medio del uso de recompensas y castigos

*El círculo virtuoso de una sociedad funcional debe estar dibujado con los mejores valores. Si es la ayuda social, y no el trabajo, la que permite la subsistencia, si son las prohibiciones y no las inversiones las que sustentan el entramado de intereses, difícilmente pueda existir progreso social y egreso de la pobreza.

**Cuando la vindicta pública recae sobre una persona pobre por ser beneficiario de un plan social, se está condenando a la víctima y no al victimario. Lo mismo sucede cuando se castiga al empresario que invierte. Los estímulos, del lado contrario

***En la medida que las decisiones del gobierno no cambien su matriz, seguramente la pendiente descendente seguirá su curso y nos seguiremos deslizando hasta topar con el duro piso de la realidad.

                               Una sociedad estable y justa es aquélla que funciona de manera autopropulsada, sin mayores regulaciones, al impulso de sus propios incentivos. Casi todo debe suceder de manera natural, las personas deben actuar mucho más por su autodeterminación que por el impulso de la autoridad. Las regulaciones, muchas veces necesarias, no pueden tender al infinito, porque ése es el principio del fin.

                               En la medida que el conjunto social se movilice por su propia fuerza motriz, seguramente los gobiernos tendrán menos posibilidades de intervenir en la vida de los ciudadanos, salvo para poner justicia dónde no la haya.

                               Sin embargo, la autoridad formal de una nación es parte de la direccionalidad de los incentivos, de los estímulos, de colocar los anzuelos sociales en función de los valores e instintos naturales de los seres humanos.

                               De allí la metáfora del comienzo. Desde el punto de vista político los burros son los ciudadanos y los gobernantes quiénes colocan la zanahoria o dan el garrote.

                               El primer condicionante del comportamiento humano es el instinto de supervivencia. Es esa conducta innata e inconsciente que se tramite genéticamente entre los seres vivos de la misma especie y que les hace responder de una misma forma ante determinados estímulos.

                               Visto desde otro ángulo, el instinto de supervivencia es la habilidad intrínseca que tienen todos los seres vivos de superar las agresiones o cambios del medio (interno o externo), con el objetivo de seguir vivos y, por ende, de preservar la especie.

                               Hay una teoría en el derecho que se denomina “la no exigibilidad de otra conducta”, que se traduciría en que a nadie puede exigírsele válidamente que vaya en contra de sus propios intereses primarios, y ese primer interés es la supervivencia, el progreso, el alcance de la felicidad.

                               El ser humano, cualquiera sea su posición social, se guía por el instinto de supervivencia. Va hacia dónde cree que puede estar mejor, ya sea empresario, trabajador, desocupado, profesional. A nadie puede exigírsele una conducta contraria a sus propios intereses, y éstos estarán colocados en dirección a su progreso y su felicidad, es decir adónde tiene incentivos para estar mejor.

                               La economía, al contrario de lo que pudiera parecer, no es una ciencia exacta, es una ciencia social que mucho tiene que ver con el comportamiento humano, y éste se guía por sus propios instintos. De modo tal que, cada hombre, cada mujer, como pertenecientes a una comunidad, dirigen su conducta adónde sea que estén los estímulos que sean acordes con sus instintos, intereses y a veces valores.

                               Tal como aparece, el primer deber de los gobernantes debe ser no interferir en el libre juego de valores y preferencias, antes bien deben ser los custodios para que los incentivos no se instalen, vía regulación, en los sitios equivocados.

                               Si de incentivos económicos hablamos, el trabajo regular y remunerado debe ser la preferencia, y no la ayuda caritativa. Si a la creación de riqueza nos referimos, la inversión rentable es el anzuelo para permitir que la torta económica sea lo suficientemente grande como para satisfacer las necesidades de fuentes de empleo y de progreso social.

                               Es aquí adónde los populismos han colocado a muchos países, en especial al nuestro, en situaciones antinaturales dónde los estímulos están del lado de la molicie y no del trabajo, de lado de la especulación y no de la inversión productiva.

                               Nunca fui de aquéllos que aprecian los sectores sociales con suposiciones negativas. Entre aquéllos menos favorecidos por las condiciones económicas y necesitados de ayuda social, no es el ocio improductivo el que los mueve, sino la certeza de que están mejor recibiendo planes sociales que buscando trabajo casi inexistente.

                               En el otro lado de la cadena, la de los empresarios, no es la pura codicia su motor principal, sino la necesaria rentabilidad que deben tener en sus inversiones. A nadie puede pedírsele que arriesgue su capital allí dónde no se configuran las mínimas condiciones de seguridad legal y estabilidad económica.

                               Es más, el “estado de bienestar” que se instauró luego de la segunda guerra mundial, en el que la redistribución de la riqueza es su basamento moral y material, de manera tal que los beneficios del progreso económico lleguen a todos los estamentos, es una institución esencialmente capitalista, que hace funcionar a las principales democracias del mundo.

                               Con el fracaso de los colectivismos, hay que decir que el libre funcionamiento del mercado siempre necesitó de un estado que cumpliera con las funciones mínimas de solidaridad social, imponiendo a los que más tienen y redistribuyendo vía empleo y ayuda social momentánea, a los menos favorecidos.

                               Es decir que el “estado de bienestar” es una institución que llegó hace setenta años para quedarse en el marco de las democracias capitalistas del mundo.

                               Sin embargo, hay que decir que para que éste funcione, debe darse un delicado equilibrio entre recursos y gastos, entre inversión y mercado laboral, entre el universo de aportantes y el de los beneficiarios.

                               En tal sentido, los beneficios sociales deben tender hacia la temporalidad, si son permanentes, el incentivo estará puesto del lado contrario al progreso social. Para darle una corporización metafórica, el estado social debe tener un hospital y no un hotel.

                               La rentabilidad razonable y la seguridad jurídica es el contexto ideal para la inversión, las fuentes laborales en cantidad y calidad lo son para el hombre de a pie. Si ello se configura, seguramente habrá movimiento económico y empleo suficiente, no impuestos impagables y ayuda social cómo única salida.

                               Si ello debe suceder en una sociedad que se mueva por su propio impulso, al ritmo de los incentivos correctos, en la Argentina sucede exactamente lo contrario, los estímulos están del lado de la ayuda social sin trabajo productivo, y de la persecución a la inversión y rentabilidad razonable.

                               Tal como lo expresara, los populismos terminan fracasando cuando la distribución constituye el elemento unívoco de la relación social, dónde la direccionalidad de los esfuerzos depende del rigor estatal. Cuando la caja está vacía de recursos consistentes, la maquinita de fabricar dinero sólo coloca a los trabajadores y desocupados en el eslabón principal de la cadena de víctimas, la inflación es el impuesto a la pobreza.

                               Es más, si en nuestro país continuamos sin una visión de conjunto y no corregimos el pedestal de los incentivos, difícilmente saldremos adelante, porque la especulación será más productiva que la inversión y la ayuda social que el trabajo. Y, obviamente, las personas dirigirán sus acciones hacia dónde los incentivos le indican.

                               Cada quien defiende lo suyo, y ese es el motor natural de las cosas. Los gobiernos, entonces, si algo deben procurar es que la zanahoria habite el mismo lugar que los valores de la libertad, de la solidaridad y de la autodeterminación. Lo contrario, es artificial y termina sucumbiendo.

                                         Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI

*Los artículos de esta página son de libre reproducción, a condición de citar su fuente

 

 

 

Jorge Simonetti

Jorge Simonetti es abogado y escritor correntino. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste. Participó durante muchos años en la actividad política provincial como diputado en 1997 hasta 1999 y senador desde 2005 al 2011.

Se desempeñó como convencional constituyente y en el 2007 fue mpresidente de la Comisión de Redacción de la carta magna. Actualmente es columnista en el diario El Litoral de Corrientes y autor de los libros: Crónicas de la Argentina Confrontativa (2014) ; Justicia y poder en tiempos de cólera (2015); Crítica de la razón idiota (2018).

https://jorgesimonetti.com

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